Cómo despejar las dudas patológicas antes de que te consuman

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Las dudas que se repiten en bucle dañan nuestra salud mental. [Foto: Getty Images]
Las dudas que se repiten en bucle dañan nuestra salud mental. [Foto: Getty Images]

 

 

En la era de la posverdad, la duda impera. Desde hace casi una década nos hemos sumido en una realidad donde los hechos objetivos influyen menos en la opinión pública que las emociones y las creencias personales. La nefasta gestión de la pandemia le ha dado el golpe de gracia empujando a gran parte de la sociedad en los brazos de un relativismo donde los límites entre la verdad y la mentira se difuminan peligrosamente para hacernos dudar de todo y de todos.

Dudar es humano. De hecho, es un ejercicio que nos permite reflexionar sobre los acontecimientos, ponerlos en tela de juicio, verlos desde otra perspectiva e incluso cambiarlos. Sin embargo, existe una línea sutil entre la duda funcional que proviene de la curiosidad y conduce al crecimiento y la duda patológica que nace del miedo y genera parálisis. Traspasar esa línea puede ser dañino para nuestra salud mental.

La diferencia entre la duda útil y la duda patológica

Las dudas patológicas nacen del miedo y generan malestar e inseguridad. [Foto: Getty Images]
Las dudas patológicas nacen del miedo y generan malestar e inseguridad. [Foto: Getty Images]

La duda siempre ha acompañado a los grandes filósofos. Descartes la sistematizó y los escépticos se instalaron en ella. Incluso Nietzsche decía que “toda convicción es una cárcel”.

Dudar de lo establecido, de las viejas maneras de hacer las cosas e incluso de nuestras convicciones más arraigadas puede ayudarnos a crecer. La duda es un potente motor impulsor del cambio. Es un detenerse en el camino para pensar. Despojarnos de los automatismos cotidianos para cuestionarnos algunas cosas. Alejarnos de las normas y las costumbres para asumir una nueva perspectiva.

No hay nada de malo en cuestionarnos lo que hacemos o pensamos, lo que nos hace felices o lo que consideramos correcto o incorrecto. Tampoco hay nada de malo en dudar de los discursos oficialistas. O en dudar de nuestras decisiones o de las intenciones de los demás. Sin embargo, hay un momento en que esa duda traspasa el límite y se convierte en patológica.

La duda disfuncional es aquella que no nos lleva a ninguna parte, sino que genera malestar e inseguridad, ya sea a nivel psicológico o físico. Ataca nuestras certezas y genera una sensación de incertidumbre permanente en la cual es fácil perderse.

A diferencia de la duda funcional, la duda patológica nace y se alimenta del miedo. Si nos demoramos en ella, llegaremos a un callejón sin salida donde experimentaremos más inseguridad y malestar. Obviamente, este tipo de duda no nos ayuda a crecer, descubrir nuevos horizontes o comprender mejor los acontecimientos; simplemente nos bloquea.

La duda patológica puede conducir a una disminución de la confianza y de nuestra capacidad para tomar las decisiones. Las convicciones y las certezas son importantes para lograr un nivel de funcionamiento adaptativo pues nos proporcionan asideros a los cuales aferrarnos cuando las cosas se tuercen. El deterioro sistémico de esas certezas puede poner a dura prueba nuestra salud mental.

La incapacidad para lidiar con la incertidumbre asociada a la duda puede desencadenar diferentes problemas psicológicos, como ansiedad o trastorno obsesivo-compulsivo. De hecho, investigadores de la Universidad Johns Hopkins postularon que la duda podría encontrarse en la base de los trastornos obsesivo-compulsivo ya que las personas que los padecen necesitan confirmaciones externas permanentes porque carecen de las certezas necesarias. No es casual que también se le conozca como el “trastorno de la duda”.

La duda nos tiende una trampa. Lo habitual es que cuando nos encontramos ante un problema o conflicto, dudemos durante un tiempo prudencial y luego tomemos una decisión o simplemente nos demos por vencidos cuando nos damos cuenta de que no tenemos los medios para llegar a una respuesta.

Sin embargo, cuando nos obsesionamos con la duda, nuestra mente se queda en bucle. Nos hace creer que, si le damos más vueltas, podremos encontrar la pieza que falta o descubrir la respuesta correcta. Así terminamos destinando una cantidad de recursos cognitivos excesiva a una búsqueda infructuosa.

Esas dudas son bastante comunes en la vida cotidiana y suelen generar un gran malestar. Es la duda lacerante que nos queda cuando una persona amada nos deja para siempre. O cuando nos preguntamos si nuestra pareja es nuestra alma gemela. O si la decisión que tomamos hace años era la correcta.

Esas dudas generan una doble atadura psicológica porque, cuanto más nos esforzamos por encontrar una respuesta, más nos perdemos en las cavilaciones. Carcomen nuestra estabilidad psicológica, dejándonos al borde del precipicio, arrebatándonos la paz que necesitamos para seguir adelante con nuestra vida.

En algunos casos, el nivel de incertidumbre es tan grande que no logramos soportarlo durante mucho tiempo. Nuestro cerebro, especialista en encontrar patrones y construir sentidos, buscará explicaciones alternativas que nos tranquilicen, sin importar si son ciertas o no.

Entonces corremos el riesgo de precipitarnos en un mundo paralelo que nos brinde las certezas que hemos perdido. Esa explicación alternativa puede ser reconfortante por un tiempo, pero más temprano que tarde nos creará problemas en diferentes ámbitos de nuestra vida porque conduce a comportamientos desadaptativos.

3 preguntas para identificar la duda patológica y deshacerse de ella

¿El secreto para no caer en lo patológico? Dudar con lógica y desde la calma. [Foto: Getty Images]
¿El secreto para no caer en lo patológico? Dudar con lógica y desde la calma. [Foto: Getty Images]

1. ¿Esa duda nos ayuda a estar mejor?

A veces complicamos mucho las cosas. Todo se vuelve más sencillo si lo vemos desde una perspectiva: hay creencias, comportamientos, pensamientos o emociones que nos hacen sentir mejor y hay otros que nos hacen sentir peor. Aferrarnos a la duda, ¿cómo nos hace sentir?

Si se trata de una duda funcional, es probable que nos haga sentir curiosidad y nos llene de una energía inusitada que nos anime a buscar respuestas. Por supuesto, a veces las dudas pueden hacernos sufrir porque implican desprenderse de algunas certezas que nos brindaban seguridad. Sin embargo, nos permiten crecer y recorrer nuevos caminos.

En cambio, la duda patológica no nos ayuda a estar mejor, sino que nos hunde sin ninguna perspectiva de futuro. Nos genera nuevos problemas, afecta nuestro desempeño y nos aleja del mundo, haciendo que respondamos de manera desadaptativa a sus demandas. Comprender que esa duda no nos ayuda, es el primer paso para deshacernos de su influjo.

2. ¿Estamos siendo racionales?

Hay que dudar y hay que pensar. La duda puede partir de la intuición, pero debe estar guiada por la razón. La razón es la mejor herramienta para atravesar ese proceso y no quedarnos estancados en la duda. Frente a los impulsos y el apelo a las emociones tenemos la posibilidad de pensar y no dejarnos arrastrar por las circunstancias.

El pensamiento autónomo es lo que nos permite convertirnos en capitanes de nuestra vida. Por tanto, cuando le estemos dando demasiadas vueltas a una idea o un problema, debemos preguntarnos hasta qué punto estamos siendo racionales y cuánto nos estamos dejando llevar por las emociones.

Si descubrimos que las emociones han tomado el mando y nos están arrastrando, podemos recuperar el control imaginando que las dudas son un reloj que hemos perdido en el fondo del lago. Cuanto más agitemos el agua para buscar el reloj, más se moverá la arena del fondo y menos veremos. La agitación nos impide alcanzar nuestro objetivo. En cambio, si nos calmamos, el agua se volverá cristalina. Entonces podremos encontrar el reloj y despejar nuestras dudas.

3. ¿Podemos encontrar una respuesta?

La duda debería conducirnos a un descubrimiento. Sin embargo, las dudas que no podemos resolver se quedan flotando en el aire como un fantasma. Si buscamos una respuesta racional a una pregunta que no tiene solución, caeremos en una trampa de la que no podremos escapar. En ese caso, el problema no es la duda, sino el deseo irrefrenable de encontrar una certeza, cuando muchas veces no existe.

Cuando se activa nuestro pensamiento dicotómico, creemos que solo existe lo correcto o lo incorrecto, sin matices. Pensamos que solo existen dos posibles respuestas para una pregunta, una de ellas verdadera y la otra falsa. Sin embargo, esa rigidez puede generar una falta total de perspectiva que nos mantiene atrapados en el bucle de la duda.

En ese caso, es conveniente preguntarnos hasta qué punto es saludable seguir dudando. De hecho, hay momentos en los que tenemos que elegir entre la duda y nuestro equilibrio mental. Quizá descubramos que es mejor pasar página o simplemente aceptar que no llegaremos a conocer algunas cosas, y no pasa nada por ello. A fin de cuentas, también tenemos que aprender a convivir con la incertidumbre, la vacilación y la inseguridad.

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