El antídoto para combatir la frustración y evitar agredir a los demás

Si tenemos una baja tolerancia a la frustración, cualquier adversidad vital nos resultará insoportable, terrible e intolerable. [Foto: Getty Images]
Si tenemos una baja tolerancia a la frustración, cualquier adversidad vital nos resultará insoportable, terrible e intolerable. [Foto: Getty Images]

 

La vida no siempre sigue nuestros planes.

Las cosas pueden torcerse a mitad del camino.

Y el desenlace se aleja de nuestras expectativas.

Nuestros deseos no siempre se cumplen y terminamos viviendo situaciones que nos parecen injustas porque no encajan con nuestras expectativas. Sin embargo, siempre habrá cosas que nos molesten o disgusten. La manera en que lidiemos con esos reveses determinará nuestro grado de satisfacción y felicidad en la vida.

Si tenemos una baja tolerancia a la frustración, cualquier adversidad vital nos resultará insoportable, terrible e intolerable. ¿El resultado? Sufriremos más de la cuenta y nos convertiremos en auténticas bombas de tiempo emocionales que estallan cada dos por tres.

La baja tolerancia a la frustración nos convierte en bombas de tiempo emocionales

“La agresión siempre es una consecuencia de la frustración” - Neal Elgar Miller [Foto: Getty Images]
“La agresión siempre es una consecuencia de la frustración” - Neal Elgar Miller [Foto: Getty Images]

En 1941, un grupo de psicólogos observó cómo jugaban unos niños con edades comprendidas entre los 2 y 5 años. A algunos les permitieron jugar con todos los juguetes que quisieran, pero a otros les retiraron los juguetes nuevos - aunque los dejaron a la vista de los niños - y solo les permitieron jugar con los juguetes viejos. Como era de esperar, esos niños se frustraron.

Esa frustración no tardó en expresarse. Los niños jugaron de manera menos constructiva mostrando una regresión de su nivel intelectual. También dieron muestras de estar más inquietos e infelices. Y se mostraron más agresivos, de manera que aumentaron los conflictos en el grupo.

Dos años antes, el psicólogo Neal Elgar Miller había afirmado que “la agresión siempre es una consecuencia de la frustración”. No hablaba por hablar. En uno de sus experimentos, Miller reclutó a un grupo de estudiantes universitarios y les dijo que tendrían que pasar despiertos toda la noche, pero les prometió una cena, juegos y cartas durante esas horas de insomnio.

Sin embargo, las promesas eran falsas e incluso les prohibió fumar. Aquello hizo que los jóvenes se sintieran irritados y frustrados. Al día siguiente, expresaron esa frustración con frialdad emocional, indiferencia, hostilidad, quejas y comportamientos poco cooperativos. Algunos incluso increparon a Miller preguntándole si todos los psicólogos estaban locos.

Esos experimentos nos demuestran que, sin importar la edad, cuando no somos capaces de aceptar las circunstancias desagradables de la vida, las emociones negativas se multiplican. La baja tolerancia a la frustración es el terreno donde germinan la irritación y el enfado.

Cuanto más crezcan esas emociones negativas, más disminuirá capacidad para analizar las cosas de manera racional. Eso nos convierte en auténticas bombas de tiempo emocionales que estallan ante la menor adversidad o contratiempo.

Cuando estamos frustrados, cualquier cosa puede hacernos perder los estribos. De hecho, muchas de nuestras reacciones exageradas en realidad no se deben al hecho en sí, sino a la frustración que está hirviendo en el fondo. Eso, obviamente, daña nuestras relaciones y nos condena a vivir en un estado de insatisfacción permanente.

Cuando sentimos que el mundo nos ha defraudado y creemos que no nos merecemos lo que nos ocurre, también es fácil caer en el bucle de la autoconmiseración. Nos convertirnos en víctimas de las circunstancias y tendemos a buscar chivos expiatorios sobre los cuales depositar nuestro malestar.

Reducir la frustración añadiendo frustración a la vida

La frustración puede ser constructiva, dependiendo de nuestro nivel de tolerancia a la misma. [Foto: Getty Images]
La frustración puede ser constructiva, dependiendo de nuestro nivel de tolerancia a la misma. [Foto: Getty Images]

El estilo de vida moderno no nos ayuda a desarrollar una elevada tolerancia a la frustración. La gratificación casi inmediata de nuestros deseos conduce a un hedonismo cortoplacista que disminuye nuestro autocontrol y destierra la paciencia.

Cuando nos acostumbramos a obtener las cosas de manera rápida y fácil, nos cuesta soportar la sensación de incomodidad que generan los fiascos y contratiempos. Nunca llegamos a madurar. Nos seguimos comportando como niños pequeños que reaccionan con una rabieta cuando no se cumplen sus deseos.

El antídoto no es la evitación experiencial - huir de esas sensaciones que nos incomodan - sino aprender a sentirnos relativamente cómodos con ellas. El malestar, la incomodidad y las emociones negativas son una advertencia de que algo nos desagrada. Por tanto, la solución no es ignorarlos ni distraernos con gratificaciones instantáneas. Si evitamos el problema, no aprenderemos a controlar nuestras reacciones ni buscaremos soluciones.

La frustración no se combate con hedonismo sino aprovechando el poder transformador de la adversidad. De hecho, un estudio clásico demostró que la frustración puede ser constructiva, dependiendo de nuestro nivel de tolerancia a la misma. Si tenemos una elevada tolerancia a la frustración, podemos sacar provecho de esas situaciones que en un primer momento parecían obstaculizadoras porque enfocarnos en las oportunidades o enseñanzas que encierran.

Exponernos más a menudo a escenarios frustrantes puede parecer de locos, pero en realidad nos ayudará a darnos cuenta de que esas situaciones no nos van a matar. Solo tenemos que elegir de vez en cuando la cola más larga en el supermercado o aprovechar un atasco para hacer las paces con la frustración. Poco a poco, mediante la exposición controlada, iremos aprendiendo a mantener la calma en situaciones incómodas o adversas.

No obstante, también es importante permitirnos desahogar o procesar esas frustraciones para que no se queden enquistadas. La frustración que no se libera, se acumula. Desarrollar una elevada tolerancia a la frustración no significa no frustrarse, sino frustrarse por menos cosas y durante menos tiempo.

No pasa nada si reconocemos que algunas cosas nos deprimen, frustran o enfadan. Es completamente normal. Somos personas que sienten y padecen. Pero no tenemos que quedarnos atascados en esos sentimientos durante más tiempo del estrictamente necesario. El simple hecho de etiquetar la frustración y aceptar su presencia nos ayudará a liberarnos de su influjo.

Cambiar las expectativas para que todo cambie

Creer que el mundo debe cumplir nuestras expectativas, satisfacer nuestros deseos y seguir nuestros planes es irracional. [Foto: Getty Images]
Creer que el mundo debe cumplir nuestras expectativas, satisfacer nuestros deseos y seguir nuestros planes es irracional. [Foto: Getty Images]

Para desarrollar una elevada tolerancia a la frustración también es fundamental aprender a lidiar con nuestras expectativas. A fin de cuentas, nos sentimos frustrados cuando no conseguimos lo que queremos o lo que obtenemos no corresponde al esfuerzo realizado.

Si nos sentimos frustrados a menudo, sería conveniente repasar nuestras expectativas. ¿Qué espero de la vida? ¿Qué espero de las personas que me rodean? ¿Mis metas son realistas y alcanzables? Si nos sentimos decepcionados con frecuencia, es probable que estamos alimentando expectativas irreales.

En su lugar, necesitamos reconocer que no podemos vaticinar con un 100% de certeza lo que sucederá, de manera que debemos dejar un resquicio para lo incierto e imprevisible. Creer que el mundo debe cumplir nuestras expectativas, satisfacer nuestros deseos y seguir nuestros planes es simplemente irracional.

Necesitamos aceptar que las cosas no siempre son como nos gustaría. La resistencia a la realidad solo provoca más estrés, malestar y frustración. Por tanto, debemos aprender a diferenciar entre lo que deseamos que ocurra, lo que probablemente ocurrirá y lo que finalmente sucede.

Cuando la realidad desafía nuestros planes, tenemos dos opciones: aceptarlo y seguir adelante o estancarnos en la frustración y la negatividad. Aceptar no significa asumir una actitud derrotista ni que no podamos intentar mejorar la situación, sino tan solo constatar que muchas veces las cosas no salen según lo previsto.

Cuando caemos en la frustración nos cegamos. Cuando aceptamos la realidad podemos ver la situación desde una perspectiva diferente y valorar alternativas. De hecho, a veces lo más inteligente es desistir para dedicar nuestros esfuerzos y energía a algo más productivo que nos brinde más satisfacción y felicidad.

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