Colapso psicológico, cuando el peso del mundo nos hunde

Jennifer Delgado
·7 min de lectura
El problema no es el problema, sino nuestra respuesta ante el evento. [Foto: Getty Creative]
El problema no es el problema, sino nuestra respuesta ante el evento. [Foto: Getty Creative]

A veces no caemos por debilidad sino por haber sido demasiado fuertes. Por haber cargado sobre nuestros hombros un peso emocional excesivo. Haber resistido contra viento y marea. Haber entregado demasiado de nosotros mismos. O haber soportado estoicamente lo que nunca debimos tolerar.

Sin embargo, llega un punto en que ese peso nos aplasta. Literalmente. Nos venimos abajo y colapsamos psicológicamente. Entonces sentimos que el suelo se abre bajo nuestros pies, la fuerza nos abandona y caemos en un abismo emocional.

Gota a gota nuestros recursos psicológicos se agotan

Nuestros recursos mentales no son infinitos, necesitamos "recargarlos" de vez en cuando. [Foto: Getty Creative]
Nuestros recursos mentales no son infinitos, necesitamos "recargarlos" de vez en cuando. [Foto: Getty Creative]

Durante la Primera Guerra Mundial muchos pilotos de aviones de combate sufrieron un colapso nervioso. Muy pronto los médicos y psiquiatras se dieron cuenta de que no era una crisis nerviosa convencional de origen físico sino psicológico. ¿Cuál era la causa? Aquellos hombres estaban sometidos a una presión excesiva que terminaba quebrándolos emocionalmente.

La mayoría de nosotros no nos exponemos a ese tipo de situaciones límite, pero el estrés y la tensión que experimentamos en nuestro día a día pueden tener un efecto acumulativo que termine rompiendo el frágil equilibrio psicológico con el que lográbamos mantenernos a flote.

El colapso psicológico se produce cuando se rompe ese equilibrio, es un punto de ruptura en el que nos quedamos sin fuerzas para seguir afrontando con normalidad nuestra vida. Es como si se rompieran las compuertas y de repente estallarán la tensión, el sufrimiento y la ansiedad contenidos durante demasiado tiempo.

Por tanto, el colapso psicológico o nervioso, como también se le ha llamado, implica un patrón de pérdida del control emocional, como comprobó un estudio de la Universidad de Columbia. Perdemos la capacidad para gestionar nuestras emociones y estas toman el mando.

Vivir un colapso psicológico

El colapso psicológico es una "explosión" que nos drena emocionalmente. [Foto: Getty Creative]
El colapso psicológico es una "explosión" que nos drena emocionalmente. [Foto: Getty Creative]

Uno de los detalles que más llamó la atención de los médicos que atendían a los pilotos de guerra era que mostraban síntomas muy diferentes. Algunos se mostraban nerviosos y tenían problemas para dormir, pero otros caían en una apatía total y no podían levantarse siquiera de la cama.

En realidad, cada persona reacciona de manera diferente ante las situaciones estresantes porque todos no contamos con los mismos recursos psicológicos. Por eso los síntomas de un colapso psicológico varían.

Lo más común es que experimentemos una enorme fatiga, tanto a nivel físico como emocional. Sentimos que no tenemos fuerzas para nada, ni siquiera para pensar. En ese estado, cualquier tarea nos parece una misión titánica.

También podemos desarrollar síntomas depresivos. Podemos empezar a creer que nada tiene sentido. Hundirnos en la desesperanza y sentirnos derrotados. No es raro que experimentemos una profunda sensación de indefensión alimentada por la creencia de que nada de lo que digamos o hagamos servirá para cambiar las cosas.

No obstante, uno de los síntomas más difíciles de sobrellevar es la anhedonia. Después de periodos de gran tensión, sufrimiento, ansiedad y/o preocupación, de repente nos quedamos drenados emocionalmente. Buscamos dentro pero solo encontramos un enorme vacío. Esa desconexión puede llegar a ser tan grande que podemos alienarnos de nosotros mismos.

La incapacidad para sentir y la despersonalización son el resultado de un mecanismo de defensa, una especie de “interruptor diferencial” natural que “desconecta” el sistema para proteger nuestra cordura cuando la tensión o el sufrimiento alcanzan niveles demasiado elevados.

¿Por qué nos derrumbamos psicológicamente?

El colapso psicológico se produce cuando cuerpo y mente dicen “basta”. [Foto: Getty Creative]
El colapso psicológico se produce cuando cuerpo y mente dicen “basta”. [Foto: Getty Creative]

El colapso psicológico es el resultado de la acumulación de muchas emociones que no hemos sabido canalizar adecuadamente. Cuando esa situación se alarga en el tiempo, llega un punto en el que tanto el cuerpo como la mente dicen “basta”. En ese momento nos venimos abajo.

Sin embargo, el colapso psicológico no surge de la nada. Tiene una historia. Es importante entenderla para superarla y evitar cometer los mismos errores en el futuro. Esa historia será diferente para cada persona, aunque lo más habitual es que confluyan diferentes factores.

En el caso de los pilotos de combate, por ejemplo, no solo estaban sometidos al estrés que implicaba dominar una tecnología nueva para la época, sino que también veían morir constantemente a sus compañeros en el cielo. Y tenían que mantener una fachada de fuerza porque la sociedad los catalogaba como “superhombres” con “nervios de acero”, lo cual añadía una tensión adicional.

Hoy, la vida agitada que llevamos es el telón de fondo que excita hasta niveles insospechados nuestro sistema nervioso, de manera que cuando surgen situaciones más estresantes y complicadas ya llevamos meses o incluso años funcionando prácticamente al límite de nuestra capacidad.

En ese estado, cualquier experiencia vital puede convertirse en la gota que colma el vaso y haga que nos derrumbemos. Puede tratarse de un trabajo extenuante, una ruptura de pareja conflictiva, una larga lucha contra una enfermedad o asumir el cuidado de otra persona.

Sin embargo, los estresores que conducen al colapso psicológico no siempre son eventos negativos. La gota que colma el vaso también puede ser “positiva”. Una mudanza, una boda o la llegada de un bebé a la familia también pueden ser situaciones desestabilizantes emocionalmente.

En sentido general, cualquier situación que cumpla con estos requisitos puede ponernos al límite:

  1. Reducen la sensación de control que tenemos sobre la vida generando incertidumbre y angustia.

  2. Restringen nuestras posibilidades de acción, de manera que podemos llegar a sentirnos atrapados, sin encontrar una vía de salida.

  3. Generan una gran fatiga que nos deja destrozados mentalmente.

En cualquier caso, e independientemente del evento desencadenante, el colapso se produce tras habernos exigido demasiado sin darnos un respiro.

Cuidarse, la única manera de evitar el colapso

Sintonizar con nuestro cuerpo y nuestros estados interiores nos permitirá detener la "tormenta" antes de que sea demasiado tarde.  [Foto: Getty Creative]
Sintonizar con nuestro cuerpo y nuestros estados interiores nos permitirá detener la "tormenta" antes de que sea demasiado tarde. [Foto: Getty Creative]

No podemos evitar la adversidad, pero podemos decidir cómo reaccionar. El primer paso para evitar derrumbarnos consiste en aprender a sintonizar con nuestro cuerpo y nuestros estados interiores.

El colapso psicológico es el punto final de un camino marcado por una angustia, un sufrimiento y/o un estrés enormes. Si aprendemos a distinguir las primeras señales de malestar emocional, podremos poner en marcha diferentes estrategias para mitigar su impacto antes de que se vuelvan incontrolables.

Darnos un descanso de la situación que nos está drenando, por ejemplo, nos ayudará a recuperar energía. Por desgracia, no siempre podemos “escapar” físicamente de la situación, pero podemos salir mentalmente de ella.

Prácticas milenarias como el yoga y la meditación mindfulness nos ayudarán a relajarnos y establecer una distancia psicológica de lo que nos preocupa que actúe como una barrera protectora de nuestro equilibrio mental. De hecho, un metaanálisis de 209 estudios en los que participaron 12 145 personas concluyó que la meditación mindfulness “es especialmente eficaz para reducir la ansiedad, la depresión y el estrés”.

Por último, pero no menos importante, debemos reflexionar sobre cómo nuestras creencias, formas de pensar y hábitos están alimentando el problema. Quizá nos estamos exigiendo demasiado. O estamos realizando más tareas de las que podemos gestionar. Tal vez estemos asumiendo responsabilidades ajenas que no nos corresponden. O nos obligamos a poder con todo y escondemos nuestra fragilidad.

Lo cierto es que, si queremos sentirnos bien, debemos tomarnos tiempo para escucharnos. Necesitamos reconocer, aceptar y expresar nuestros sentimientos. Encontrar espacios para sacar esas emociones a la luz, sin hacernos daño y sin dañar a los demás. Y si es necesario, aplicar cambios en nuestro día a día que nos permitan vivir de manera más equilibrada y tranquila. Si no lo hacemos, el colapso psicológico podría estar acechándonos a la vuelta de la esquina.

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