Club de lectura: La perla de John Steinbeck

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Photo credit: Matthias Steinbeck / EyeEm - Getty Images
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"Mi hijo leerá y abrirá los libros, y escribirá, y escribirá bien. Y mi hijo hará números, y eso nos hará libres porque él sabrá... Él sabrá y por él sabremos nosotros". Un buen deseo. Lo escribe John Steinbeck en La perla, una novela corta que es un clásico de la literatura. Ya sólo con haber puesto esta palabra, clásico, habrá un montón de gente que parará de leer o que de ninguna manera se sumará a la lectura de este mes. Sigamos los que sí.

La perla es una joya (chiste fácil, lo sé). La historia es sencilla, casi una parábola, y está inspirada en la tradición oral. Un escorpión pica a Coyotito, el hijo de Kino y su mujer, Joana, dos pescadores pobres. El médico no los quiere atender, porque no tienen dinero, y ellos desean con todas sus fuerzas encontrar una perla que cambie su suerte, una muy cara que pudiera darles la atención que el pequeño necesita. Y así sucede, encuentran en el mar la más bonita del mundo. Pero el interés que suscita su nueva riqueza trastoca su vida. "Todo el mundo se sintió íntimamente ligado a la perla de Kino, y esta entró a formar parte de los sueños, las especulaciones, los proyectos, los planes, los frutos, los deseos, las necesidades, las pasiones y los vicios de todos y de cada uno, y sólo una persona quedó al margen: Kino, con lo cual se convirtió en el enemigo común".

Muchos hemos estudiado esta novela en el colegio. Habla de cómo la pobreza y la riqueza crean dos mundos separados entre sí, donde faltan cuerdas que los unan y se pueda transitar hacia una vida mejor, sin ser diana del deseo de los demás, de su incomprensión, su envidia y su codicia. Dos mundos con distintas posibilidades que tampoco comparten siquiera los deseos.

Por eso, hay algo con lo que no estoy de acuerdo con el libro. Esta idea, que en realidad recorre toda la novela: "Es la suerte, siempre atrae malos amigos", escribe Steinbeck. En nuestro idioma sería un "Ten cuidado con lo que deseas que se puede hacer realidad" o un "Virgencita, que me quede como estoy". Pues no, mira, para nada. Lo único que faltaba es no poder desear.

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