Un clásico del cine de terror esconde el riesgo más valiente de Hollywood

El actor canadiense Donald Sutherland en el plató del clásico del cine de terror Los usurpadores de cuerpos, basada en la novela de Jack Finney y dirigida por Philip Kaufman. (Foto de United Artists/Sunset Boulevard/Corbis vía Getty Images)
El actor canadiense Donald Sutherland en el plató del clásico del cine de terror Los usurpadores de cuerpos, basada en la novela de Jack Finney y dirigida por Philip Kaufman. (Foto de United Artists/Sunset Boulevard/Corbis vía Getty Images)

ATENCIÓN: este artículo contiene spoilers del final de la novela y películas de Los usurpadores de cuerpos.

Finales inesperados hay muchos en la historia del cine. Algunos más efectivos que otros. O más impactantes. Inolvidables. Desde El bebé de Rosemary a La bruja de Blair, La raíz del miedo (también conocida como La verdad desnuda), Los sospechosos de siempre, Los otros, La isla siniestra o Sexto sentido, entre muchos más. Sin embargo, personalmente, el primer final que me dejó boquiabierta durante mi formación como amante del séptimo arte, sin dudas fue el de Los usurpadores de cuerpos (la versión de 1978). Es más, se lo comenté a Donald Sutherland la primera vez que lo entrevisté y mis palpitaciones cinéfilas subieron a cien cuando me regaló el famoso gesto que definía, sin diálogos, uno de los mejores desenlaces en el cine de terror y ciencia ficción. Un final que esconde la historia de un riesgo tan valiente que hoy sería impensable en la industria de Hollywood.

Como este 2023 celebraremos el 45 aniversario de su estreno (fue el 22 de diciembre de 1978), decidí comenzar el año viéndola de nuevo. Y no me esperaba volver a disfrutarla tanto como la primera (y segunda) vez. Dirigida por un cineasta independiente y versátil como Philip Kaufman, esta adaptación de la novela de Jack Finney era la segunda en dos décadas. Don Siegel ya la había adaptado con éxito en 1956, haciendo que Kaufman tuviera una dura tarea por delante a la hora de igualar, o superar, el clásico inicial. Y lo hizo, no solo respetando el tono y terror de la película previa, sino convirtiéndola en un clásico de culto por derecho propio gracias a una ejecución elegante y auténtica. Incluso casi poética, y gracias a la creación de una atmósfera paranoica que todavía traspasa la pantalla. Los usurpadores de cuerpos es, en otras palabras, de los mejores remakes de la historia del cine.

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Sin embargo, Philip Kaufman cambió muchos aspectos de la película de 1956. Desde los protagonistas al tono, dejando de ser una historia de ciencia ficción para convertirse en una de terror y, por supuesto, con un final apocalíptico que nada tenía que ver con el final feliz original de la novela y la primera película. Me explico. Para quienes no lo recuerden, la trama de Los usurpadores de cuerpos se centraba en la paranoia colectiva ante una invasión extraterrestre que usurpaba cuerpos de seres humanos. Se trataba de una especie de alienígenas que invadían planetas en forma de semillas, creciendo y reemplazando a la humanidad duplicando a las personas mientras dormían. Podían mantener los mismos conocimientos pero eran incapaces de sentir emociones o sentimientos. -ATENCIÓN SPOILERS DE LOS FINALES- En la novela, los extraterrestres terminaban abandonando nuestro planeta al no poder tolerar la resistencia de los seres humanos, y en la primera película se terminaba dando la alarma al FBI. Dos finales muy diferentes al que tuvo la magnífica película de 1978.

Porque ese final esconde el riesgo del que les hablaba al principio de esta anécdota. En esta segunda adaptación, Donald Sutherland interpretaba al inspector de sanidad Matthew Bennell y Brooke Adams era su compañera, Elizabeth Driscoll. Junto a los personajes de Jeff Goldblum y Veronica Cartwright, representan la paranoia colectiva y la sed de supervivencia de la humanidad, siendo ellos los que están convencidos de que algo está pasando en el planeta mientras son testigos de las usurpaciones que van ocurriendo poco a poco su alrededor. Enamorados pero acorralados, Matthew y Brooke se mantienen unidos hasta que ella sucumbe a la usurpación, derivando en un desenlace que nos mantiene al filo del sofá preguntándonos si Matthew padeció el mismo destino o si logró sobrevivir. Pero es entonces, cuando después de varios minutos haciéndonos creer que tal vez vive disfrazado entre los usurpadores al haber aprendido a esconder sus emociones para pasar desapercibido, se revela su identidad extraterrestre señalando y gritando como hacen los usurpadores al detectar que una amiga sigue con vida entre ellos. No hay diálogos, solo un gesto y un grito, dándonos un final inesperado y apocalíptico que consigue elevar la tensión de la historia aún más todavía. Y hacerla, literalmente, inolvidable.

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Sin embargo, lo que muchos no sabíamos es que ese mismo impacto lo vivieron los propios inversionistas y jefes de estudio que entregaron el proyecto a Philip Kaufman. Porque el director rodó la película sin decirle a nadie cómo pensaba terminarla. Solo él y los guionistas, W.D. Richter y Bob Solo, lo sabían. Y si tenemos en cuenta que tanto la novela como la primera adaptación tenían un final positivo, imagino que tanto los actores como los productores, esperaban lo mismo. Pero no. Kaufman se arriesgó de lleno, diseñando un final trágico, apocalíptico e intenso, con un amor jamás consumado y un desenlace desesperanzador.

Kaufman rodó la película sin comentarle el final a nadie en la producción y recién compartió el desenlace con Donald Sutherland la noche anterior a rodar la secuencia. “Podía haber rechazado [la idea] y hubiéramos tenido un problema” dijo a The Hollywood Reporter en 2020. “Pero Donald la aceptó. Al día siguiente cuando fuimos a rodarla, no recuerdo si siquiera se lo contamos a Veronica hasta que Donald se daba la vuelta y hacía el grito”.

Es decir, Donald Sutherland rodó la película sin saber el final icónico que iba a protagonizar, tampoco sus compañeros sabían cómo iba a terminar la historia, ni tampoco los ejecutivos del estudio. Ellos recién lo descubrieron cuando vieron la película terminada en la casa de George Lucas. “Aquellos eran los grandes días del cine”, recordaba el director. “Había una libertad que tenían los cineastas que ciertos directores de estudio entendían. Nos arriesgamos”.

Evidentemente la libertad creativa era diferente en los años 70s. Porque me resulta imposible imaginar que en la actualidad, con la presión del streaming y la urgencia que impone la taquilla, un estudio o productor se atreva a dar luz verde a una producción e invertir millones de dólares, sin saber todos los entresijos de la historia, el target comercial y cómo promocionarla. Por ejemplo, en Marvel impera el secretismo con cada una de sus producciones, pero ¿se imaginan que Kevin Feige no sepa cómo termina cada una? Impensable.

American actress Brooke Adams on the set of Invasion of the Body Snatchers, based on the novel by Jack Finney, and directed by Philip Kaufman. (Photo by United Artists/Sunset Boulevard/Corbis via Getty Images)
La actriz estadounidense Brooke Adams en el plató de Los usurpadores de cuerpos, basada en la novela de Jack Finney y dirigida por Philip Kaufman. (Foto de United Artists/Sunset Boulevard/Corbis vía Getty Images)

Philip Kaufman jugó sus cartas, se arriesgó y el estudio también. Apostó por un final de puro terror siguiendo la estela de finales oscuros que venían imponiendo otros clásicos como Los pájaros (1963), El bebé de Rosemary (1968), La noche de los muertos vivientes (1968), El planeta de los simios (1968), The Wicker Man (1973) o Atrapado sin salida (1975), siendo fiel al tono claustrofóbico, siniestro y de continua tensión que había logrado a lo largo de toda su adaptación. Un tono que se palpita en el diseño de sonido creado por Ben Burtt (de Star Wars), en la fotografía ensombrecida de Michael Chapman y en las interpretaciones de sus protagonistas. Un tono que se palpita desde la primera secuencia donde somos testigos de un cameo inesperado de Robert Duvall.

El actor, que venía del éxito de El Padrino y su secuela, aparece en la apertura del filme como un sacerdote columpiándose en una plaza infantil. El actor era amigo de Kaufman, habían trabajado juntos en The great Northfield Minnesota raid (1972) y según el director tenía que cumplir la norma del género de terror e incluir a un sacerdote en alguna parte. Y le pidió a Duvall que lo hiciera, quien aceptó encantado. El cameo fue de lo más espontáneo e inesperado. Kaufman hizo una llamada rápida para conseguir una sotana, puso a su amigo en el columpio y rodó. Simplemente rodó. La imagen del actor como un cura hamacándose junto a los niños es tan bizarra y siniestra como la idea que representa el inicio de la historia al ser testigos del aterrizaje de las semillas. Hay algo extraño en el aire y la imagen siniestra de Robert Duvall de unos segundos enmarca lo que está por venir.

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Lo cierto es que invasiones extraterrestres hay muchas en la historia del cine. Desde alienígenas amistosos a guerreros armados, altos o bajitos, malvados o de buen corazón; el temor obsesivo por lo desconocido más allá de nuestra galaxia ha dado lugar a infinidad de obras, novelas y películas. Tras volver a verla, estoy convencida de que se trata de la invasión extraterrestre más creíble de la historia del cine por esa visión tan humana, aterradora e intensa, centrada en el temor primario de la supervivencia. Además, por muchos fans que existan de Independence Day, Señales o ET, creo que ninguna es tan efectiva a la hora de provocar miedo como Los usurpadores de cuerpos debido a su atmósfera claustrofóbica y ese final que pasó a la historia. Un riesgo que resume la valentía de su director, creyendo en su visión por encima de la industria.

Puedes encontrar Los usurpadores de cuerpos entro del catálogo de MGM o con la opción de compra/alquiler en plataformas como Apple TV+ o Amazon.

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