Nueva estrategia en la guerra de desprestigio entre EE.UU. y China: el vídeo del ridículo

Mural de Xi Jinping y Donald Trump en Berlín. (Photo by JOHN MACDOUGALL/AFP via Getty Images)

Eludir responsabilidades forma parte de la condición del ser humano, y en la guerra comercial y de desprestigio entre Estados Unidos y China, ambos países están demostrando durante la pandemia ser expertos en no asumir sus errores y en esconder verdades bajo llave. Sus diferencias están dejando episodios diarios repletos de desencuentros y de acusaciones, de amenazas y de difamaciones que sirven de combustible para unas relaciones bilaterales chamuscadas. En el fuego cruzado de despropósitos hay una nueva estrategia que el gigante asiático está usando contra su archienemigo: el ridículo.

En un vídeo de menos de dos minutos titulado, ‘Once Upon a Virus’, el Gobierno de China se mofa de la gestión de EE.UU. durante la crisis del coronavirus. A través de una animación en la que se produce un diálogo entre un guerrero de terracota con mascarilla y la Estatua de la Libertad, Beijing se defiende de las acusaciones llegadas desde la Administración de Donald Trump en las que ponen en duda el origen real del brote, donde denuncian su secretismo, el haber ocultado información, el no haber avisado con tiempo de la propagación del virus y el haber minimizado la gravedad del asunto ante la Organización Mundial de la Salud (OMS)

Las imágenes muestran al guerrero, que representa al país asiático, como una figura prudente empeñado en advertir a la Estatua de la Libertad - mucho más despreocupada, escéptica y despectiva - de la severidad con la que actúa el virus. Esta representación se ajusta a la versión de China sobre cómo se ha gestionado la pandemia, y si nos guiamos por el relato de la OMS y de diversos estudios reconocidos e incluso de la Oficina Nacional de Inteligencia de EE.UU. se trata de la exégesis oficial. Una investigación liderada por Australia demostrará si hubo negligencia, complacencia en la OMS, y ocultismo en China

El presidente de China, Xi Jinping (Xinhua/Xie Huanchi via Getty Images)

Sin embargo, independientemente de si el Gobierno de Xi Jinping esconde elementos clave o de si la OMS estuvo demasiado lenta a la hora de catalogar la crisis como una pandemia, lo cierto es que se produjeron muchas señales que llegaron desde el imperio del sol que no fueron atendidas a tiempo y ni siquiera escuchadas con atención. No hay verdades absolutas sobre un asunto que se presta a teorías de la conspiración y ocultismo, pero sí hay una cronología mantenida como oficial por organismos de peso que llevan tiempo avisando de una pandemia que le da cierta validez a los argumentos - caricaturizados - expuestos en el vídeo.

Al igual que otras naciones, China ha hecho muchas cosas mal, aunque al ser ellos los primeros en gestionar la crisis, sobre sus espaldas recaen sospechas y culpas globales. ¿Acaso sucedió eso con EE.UU. durante la pandemia de 1918 originada en territorio estadounidense? En aquel entonces, se minimizaron los daños, se obviaron alertas a la población y no se tomaron precauciones debido a un negacionismo que acabó pasando factura en aras a la guerra: fallecieron entre 50 y 100 millones de personas en el mundo por culpa de la gripe. 

En la actualidad, el fácil acceso a la información y la insistencia de una comunidad científica que lleva años alertando sobre la falta de preparación mundial en caso de pandemia, no fueron suficientes para que EE.UU. y otros países tomaran cartas en el asunto. Eludir responsabilidades forma parte de la condición del ser humano y el Gobierno de Trump ha preferido anunciar un cese en la financiación a la OMS - ficticio, por ahora, ya que su cuota para 2020 está abonada y las elecciones presidenciales de noviembre no garantizan una segunda legislatura - y cargar contra China con toda su artillería verbal, en lugar de actuar con algunas semanas antelación que hubieran sido clave para salvar vidas. Al menos, desde la perspectiva de unos servicios de inteligencia estadounidenses que, según The Washington Post, también avisaron a Trump a principios de enero sobre la gravedad del asunto que se venía encima. 

La visión actual del presidente estadounidense en la que culpa a China del brote e incluso propone que el virus salió de un laboratorio de Wuhan, poniendo en duda que el origen fuera el mercado, no tiene nada que ver con uno de sus tweets publicado el 24 de enero, día en que EE.UU. confirmó un segundo caso diagnosticado de coronavirus en su territorio y en el que, en la ciudad china, comenzaron a construirse dos hospitales de emergencia. 

“China ha estado trabajando muy duro para contener el coronavirus. Los Estados Unidos aprecian mucho sus esfuerzos y su transparencia. Todo saldrá bien. En particular, en nombre del pueblo americano, quiero agradecer al Presidente Xi”, escribió el presidente en una de las 15 ocasiones durante la pandemia en las que alabó la gestión de China.

Y en el arte de lavarse las manos ante una catástrofe de la magnitud de este coronavirus, Trump es docto. Incluso en el hipotético supuesto en que las teorías conspiratorias que promulga en la actualidad sean ciertas, eso no depuraría su responsabilidad ante una respuesta que ha contado con momentos estelares en los que llegó a afirmar que el virus desaparecería “mágicamente” en abril, o que “inyectarse desinfectante” le parecía una buena idea para combatirlo. China es una dictadura que usa la excesiva disciplina y la censura para controlar a su población, y no cabe duda de que su historia está repleta de ejemplos de oscurantismo y atrocidades, pero acusar sin falta de pruebas es ir demasiado lejos, como también lo es usar argumentos hipotéticos como cortina de humo para esconder los desaciertos de EE.UU.

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