Channing Tatum resta glamur al trabajo de ser actor exponiendo la otra cara del negocio

LONDON, ENGLAND - MARCH 31: Channing Tatum attends the UK Special Screening of
LONDRES, INGLATERRA - 31 DE MARZO: Channing Tatum asiste a la proyección especial del Reino Unido de "La ciudad perdida" en Cineworld Leicester Square el 31 de marzo de 2022 en Londres, Inglaterra. (Foto de Gareth Cattermole/Getty Images para Paramount Pictures)

Hacer cine es arte. Después de todo, una película está compuesta por decenas de enclaves artísticos que diseñan, dibujan, componen y editan la visión de un director. Cada ángulo es arte. Desde el maquillaje al vestuario, el imaginario fotográfico, la música y cada actuación que se embriaga de las emociones, vivencias o historia de un personaje. Pero el cine no es solo eso. También es un negocio. Y uno enorme. En el caso de Hollywood los proyectos pueden costar más de nueve cifras, y los sueldos pueden superar los 10 millones de dólares. O más (mucho más) en el caso de algunas estrellas. Y Channing Tatum se estampó de frente y sin frenos contra esta realidad cuando todavía no había alcanzado la notoriedad de ahora.

Porque en el universo artístico de Hollywood también hay otra cara de la que pocas veces se habla. Una que nos muestra que, en el fondo, es un negocio donde ser actor termina siendo un trabajo como cualquier otro. Con un salario más alto que el nuestro -los simples mortales- pero trabajo al fin, con obligaciones contractuales que van más allá de una visión o deseo artístico.

Para conocer esta historia debemos retroceder en el tiempo al año 2009. Channing Tatum se encontraba escalando posiciones como actor. Había dejado su carrera como bailarín erótico (esa que le inspiró la idea de Magic Mike) y sus años como modelo habían quedado en el pasado. Una chica en apuros (She’s the man) con Amanda Bynes lo puso en el mapa y más tarde Step Up consolidó su llegada a Hollywood. Pero él quería ser mucho más que un rompecorazones de moda y probó suerte en películas menores que le ayudaron a explorar su faceta más dramática. Como Stop-Loss sobre soldados que regresaban de la guerra de Irak o Enemigos Públicos de Michael Mann. Pero entonces llegó la película que pretendía convertirlo en estrella de acción: G.I. Joe - El origen de Cobra. Pero había un problema: él no quería hacerla. No quería saber nada del proyecto.

Su rechazo era tan grande que se negó siete veces a hacerla. Pero no tenía alternativa. Su contrato con Paramount Pictures lo obligó a hacerla. “La primera la rechacé siete veces pero tenían contrato sobre mí y tuve que hacerla” contó durante una entrevista para Vanity Fair en la que se somete a un detector de mentiras. La detestaba tanto que él mismo pidió que lo asesinaran al principio de la secuela. Y es que muchos recordarán la sorpresa de descubrir que el personaje que había sido protagonista en la película de 2009, moría en la primera secuencia de acción dejando que todo el protagonismo recayera entonces en el nuevo fichaje de Dwayne Johnson. Y Bruce Willis que, por aquel entonces, ya había empezado a hacer películas de acción fácilmente olvidables a diestro y siniestro.

Si nos remontamos un poco en el tiempo encontramos otra entrevista donde Channing daba más detalles. Voy a ser honesto, odio malditamente esa película. La odiodijo a Howard Stern en 2015 (vía The Guardian). “Me forzaron a hacerla. Desde Juego de honor me contrataron con un pacto de tres películas…Te dan el contrato y te dejan ir. Y como actor joven, piensas ‘Oh Dios mío, suena maravilloso’. El tiempo pasa, haces otros trabajos, estás creando tu sello, tienes un trabajo soñado que quieres hacer… Y el estudio llama y te dice ‘tenemos una película para ti, te la enviamos’. Y te la manda y es G.I. Joe”.

Basada en los populares juegos de Hasbro, la película estaba dirigida por un experto en espectáculo visual como Stephen Sommers (La momia, Van Helsing), pero aun así Tatum enseguida supo que no quería saber nada del proyecto. Sobre todo porque había sido fan de los dibujos animados cuando era niño, conocía la historia de sobra y pidió al estudio que le dejaran interpretar al letal héroe Snake Eyes. Pero le dijeron que no, que daría a vida al héroe protagonista. “El guion no era bueno… Y no quería hacer algo de lo que había sido fan desde niño y visto el dibujo cada mañana cuando crecía, y no quería hacer algo que, uno, era malo y, dos, no sabía si quería ser G.I. Joe” explicó.

Sin embargo, no tuvo alternativa. El contrato que había firmado con Paramount Pictures lo comprometía a hacer tres películas con el estudio y, según sus palabras, los ejecutivos terminaron activando la legalidad contractual que lo ataba y no tuvo más remedio que hacerla. Sin deseo artístico, ni pasión por el proyecto. Solo por trabajo, porque un contrato así lo estipulaba.

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La verdad es que esta práctica es habitual en Hollywood, o al menos lo era hasta hace unos años, cuando un estudio encuentra a un actor con potencial para atraer taquilla o cuando existe una idea que puede expandirse a largo plazo. Marvel Studios, por ejemplo, lo hizo con los primeros Vengadores. No en vano el caso de Chris Evans es uno de los más conocidos, porque dudó en aceptar la oferta del Capitán América por el compromiso a largo plazo que suponía. O Tom Hollandque acuerda varias películas de Spiderman en un mismo contrato o el caso de Bryce Dallas Howard y Chis Pratt con una trilogía pactada para Jurassic World. Un contrato que terminó pagándole mucho menos a ella, y a pesar del éxito de las películas, por quedarse estancado en la cláusula inicial de su salario.

En los orígenes de Hollywood también. Lo más normal era que cada estudio tuviera actores bajo un contrato con salario semanal que los convertía en empleados constantes. O durante varios años, complicando proyectos con otros estudios o el avance profesional, como fue el caso de Marilyn Monroe que no conseguía desligarse de la imagen de mujer atractiva pero superficial por el tipo de películas que le forzaban interpretar. Casos similares al de Channing Tatum hay muchos en el cine moderno. Como Roy Schreider que no quería hacer Tiburón 2 después de que Steven Spielberg rechazara dirigirla, pero estaba obligado por contrato. Aunque en su caso logró que Universal le pagara cuatro veces más de lo que había ganado con la primera.

O Jennifer Garner que creyó que la idea del spinoff de Elektra era “horrible” pero no tuvo más remedio que cumplir su contrato, según contó su exnovio Michael Vartan a Variety (vía Sfgate). Edward Norton vivió algo similar cuando, después del éxito de La raíz del miedo, firmó un contrato de tres películas con Paramount en 1996. Al ser uno de los jóvenes actores de moda le llovían las propuestas, pero finalmente el estudio forzó su contrato con El club de la pelea. Lo renegociaron pero todavía estaba obligado a hacer otra película más. Los años pasaron y finalmente el estudio lo forzó a hacer La estafa maestra. Norton no quiso pero el estudio amenazó con acciones legales y n tuvo que hacerla contra su voluntad artística.

G.I. Joe - El origen de Cobra recibió críticas negativas y una recaudación decente de 302 millones de dólares, pero al haber costado $175 millones en hacerse, dudo que hayan tenido ganancias. La secuela vivió prácticamente la misma experiencia. En resumen, esto nos dice que el arte de la interpretación no deja de ser un negocio en la cuna de Hollywood en ciertos casos. Y si bien los actores jóvenes, con ansías de trabajo y futuro artístico, pueden beneficiarse de este tipo de contratos al permitirles contar con la seguridad de una cantidad de películas bajo el bolsillo, no siempre es positivo para ambas partes. Porque, al final, no deja de ser un contrato laboral donde existen deberes profesionales que no siempre apasionan. Que, al final, no siempre se trata de una profesión idílica donde los actores de Hollywood vibran por sus proyectos. Sino que también les toca trabajar, y no por amor al arte. Al menos, en el caso de Channing Tatum, se terminó librando con esa muerte que lo hizo desaparecer del mapa.

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