El tertuliano aniquila al corresponsal y quien pierde es la opinión pública

Asier Martiarena
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Un hombre sigue por televisión una serie de tuits del presidente de Estados Unidos, Donald Trump. (AP Photo/Ahn Young-joon)
Un hombre sigue por televisión una serie de tuits del presidente de Estados Unidos, Donald Trump. (AP Photo/Ahn Young-joon)

La calidad de la democracia depende de la calidad de la información. Suena muy grandilocuente, pero es así. Lo que ocurre es que, a menudo, los periodistas nos creemos el centro del universo y le otorgamos una importancia exagerada a nuestro oficio. En realidad no es para tanto, siempre y cuando se cumplan mínimamente los principios básicos de la profesión y que pasan por informar, exponer la realidad y realizar un servicio social. Mayoritariamente, estos principios se cumplen. Aunque cada vez menos.

¿Y qué ocurre entonces? Pues todo se resiente. Incluso la democracia del llamado líder del mundo libre. Porque no cabe duda de que Estados Unidos sigue siendo una democracia, aunque el asalto al capitolio del miércoles la ha dañado severamente. ¿Cómo se ha llegado hasta aquí?

Hay muchos puntos de vista desde los que razonar una respuesta, pero elijamos el de preguntar a los propios asaltantes. Aseguran que estaban allí porque "ha habido un fraude electoral", el Gobierno de Biden es ilegítimo", "se han robado urnas con votos republicanos", "se han añadido urnas con votos demócratas"... ¿Les suenan? Sí, Vox también lleva un año acusando de ilegítimo al Gobierno de PSOE y Unidos Podemos. Obviamente todas ellas son mentiras -Trump ha dicho más de 20.000 a lo largo de la legislatura-.

Invenciones que, no obstante, han circulado por los canales oficiales de la Presidencia de Estados Unidos, por cadenas de televisión afines, por portales de internet de dudoso rigor y por radios fanáticas. Sin aportar ninguna prueba al respecto, pero gozando de gran audiencia. Y eso ha creado un falso pensamiento que millones de personas han dado por veraz.

La prensa debería mirarse por qué eso es así. Buena parte de culpa la tiene la crisis económica que ha diezmado las plantillas. En un momento en el que, además, se han multiplicado los canales de comunicación incluido TikTok. Eso lleva a que en algunas cadenas de televisión los corresponsales estén más tiempo leyendo tuits que desplazándose al lugar de la noticia o bombardeando en persona o por teléfono a sus fuentes en busca de exclusivas o filtraciones.

Que nadie se confunda. Dominar el tema a cubrir y manejarse con soltura ante la cámara con un ojo en twitter y otro en Twitch como hace @Nanísimo en la Sexta, está al alcance de pocos. De muy pocos. Pero empieza a ser habitual que los medios nos quedemos en la anécdota y ensalcemos las palabras gruesas antes de escarbar hasta el meollo de la cuestión.

Y eso se multiplica cuando el tema a tratar nos pilla a miles de kilómetros, donde el papel del corresponsal es básico. Por todo lo que puede aportar viviendo y respirando durante años aquello sobre lo que informa. Mientras que los tertulianos en España pasan de la vacuna contra la Covid-19, al capitolio de Estados Unidos, pasando por el Brexit y las cuotas de pesca de arenque y merluza sin pestañear y sin abandonar su silla. ¿Acaso son especialistas en todas las materias?

Es más fácil replicar la última mentira de Donald Trump que exponer por qué lo es. Es más goloso hacer una pieza corta con la mayor de sus burradas que una más larga desmontando sus tesis. Y encima la audiencia consume más las primeras que las segundas. Pero es pan para hoy y hambre para mañana. Si nos acostumbramos a elevar las mentiras y las anécdotas a categoría de noticia, luego no podemos acusar a los lectores de no consumir lo contrario. La búsqueda del beneficio inmediato provoca pérdidas a medio plazo. Y eso lleva a más recortes y a menos corresponsales y a más tertulianos, que en muchos casos son hooligans sujetos a intereses particulares que dan la espalda al servicio social que la prensa ha de proporcionar. La opinión pública se resiente. Y la democracia también.

En vídeo | Guerra a tres bandas entre Trump, Twitter y Facebook

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