Broma o sarcasmo, las excusas favoritas Trump para tapar sus errores y ridículos

Donald Trump es inevitablemente una figura controversial y polarizante. Es reverenciado por sus seguidores más entusiastas, que celebran sus decisiones y respaldan sus obsesiones al grado de pasar por alto sus graves fallas y contradicciones, y es también criticado severamente por sus opositores, que le señalan sus actitudes autoritarias, sus políticas ominosas, su narcisismo y sus inconsistencias.

Trump, en todo caso, parece incapaz de reconocer errores u omisiones y, en cambio, gusta de responder con ataques, equívocos y autoexaltaciones.

Una notoria forma de querer darle la vuelta a sus ridículos y falencias ha sido pretender que sus dichos no son sino sarcasmo, una broma que el presidente le juega a sus críticos.

Pretender que una afirmación falsa, impropia o ridícula ha sido una broma o un sarcasmo es una estrategia común de Donald Trump y su entorno para tratar de tapar sus errores. (Evan Vucci)

Un ejemplo notorio de ello ha sido, recientemente, su planteamiento sobre la posibilidad de inyectar desinfectantes a pacientes de COVID-19 o exponerlos a fuertes emisiones de rayos ultravioleta para matar el virus. Esa noción exhibe una profunda ignorancia no solo de ciencia y medicina sino del sentido común y del decoro presidencial, pues además de que le hizo quedar en ridículo a escala global, creó nuevos riesgos a la salud en caso de que personas le crean y pretendan ingerir o aplicarse desinfectantes de modo directo.

Fue una declaración irresponsable en  momentos en que la pandemia de COVID-19 se ha cobrado más de 55,000 muertos con casi un millón de contagios registrados en Estados Unidos.

Trump, con todo, pretendió que sus palabras sobre inyectarse desinfectantes y demás fueron solo un sarcasmo, una suerte de punzante broma para flagelar a periodistas recalcitrantes. Pero afirmar que dijo eso sarcásticamente fue una mentira (basta ver el video de sus palabras al respecto) y, en todo caso, resulta impropio de un presidente recurrir al sarcasmo y al espíritu de represalia, en lugar de a los datos, la ciencia y la dignidad de su investidura, durante sus interacciones.

Con todo, Trump parece ser incapaz de dejar de errar y luego de querer tapar el sol con el dedo del sarcasmo.

Sus tuits el pasado fin de semana mostraron una singular confusión, al fustigar a periodistas señalando que han recibido premios “Noble” en un doble galimatías en el que al parecer Trump quiso aludir a los Premios Nobel confundiéndolos con los Pulitzer, que son los que se otorgan a trabajos periodísticos extraordinarios.

En respuesta a su dislate, Trump volvió a escudarse con la idea de que todo fue un sarcasmo para fustigar a periodistas innobles.

Pero como muchos usuarios comentaron, si todo fue un sarcasmo ¿por qué Trump borró los tuits originales al respecto? Todo ello, nuevamente, desemboca en un desplante doblemente errado: hacer primero afirmaciones falsas o incongruentes y luego tratar de taparlas al calificarlas de sarcasmo.

Ni siquiera es claro si él encuentra chistosas esas situaciones, pues sus respuestas, en vivo o en tuit, al respecto de que las inyecciones de desinfectante y los premios ‘Noble’ eran dichos sarcásticos traslucen una cierta amargura.

Y como respuesta al propio tuit de Trump, muchos le han respondido con el señalamiento de que en la presidencia  de Estados Unidos, el sarcasmo ciertamente no funciona, ni el real ni como tapadera. Aludir a ello para tratar de ocultar errores y dislates solo contribuye a agudizar la percepción de que en la Casa Blanca cunde el caos y la confusión ante los exabruptos y las pifias del presidente.

Y lo curioso es que el propio Trump ha propiciado ese solapamiento entre broma y realidad. Por ejemplo, de acuerdo a The Hill, cuando él clama ser “el presidente que más duro ha trabajado en la historia”.

El aludir a que el presidente “bromea” para justificar o mitigar un error o una afirmación impropia o truculenta, con todo, no es algo nuevo. En realidad, es una actitud recurrente.

Eso lo ilustra un video del HuffPost en el que se señalan instancias en las que en años recientes Trump hizo comentarios que parecían validar la brutalidad policial, la injerencia electoral de Rusia y otras impertinencias y luego él mismo o sus voceros trataron de hacerlas pasar por bromas.

Incluso figuras políticas republicanas han dicho que las palabras del presidente son bromas, o desean pensar que lo son, ante la impropiedad o peligrosidad de sus dichos.

Por ejemplo, como se relata en CNN, luego de que el año pasado Trump dijo que China debería investigar a Joe Biden –en pleno escándalo, que llevó a su impeachment, por su exigencia de que Ucrania investigara al exvicepresidente– el senador republicano Marco Rubio dijo que “no creo que haya sido una petición real. Creo que lo hizo para provocarles”, en alusión a los medios de comunicación.

El también senador republicano Roy Blunt coincidió: “dudo que el comentario [de Trump] sobre China fue serio”.

Sea en serio o con sarcasmo, y considerando que muchos defienden al presidente, a ojos de millones la gestión de Trump se ha colmado de humor involuntario. Algo especialmente ominoso al tratarse del presidente en medio de una crisis sin precedentes.