El brasileño que quería ser el más rico del mundo y acabó arruinado

Eike Batista sostiene una camiseta de la selección brasileña durante un acto en el año 2009
Eike Batista sostiene una camiseta de la selección brasileña durante un acto en el año 2009

Eike Batista sostiene una camiseta de la selección brasileña durante un acto en el año 2009

La avaricia rompe el saco. Eso es lo que le ha ocurrido al empresario brasileño Eike Batista, que se puso como objetivo convertirse en la persona más rica del mundo y ha acabado en la ruina económica.

Batista, hijo de otro empresario brasileño (Eliezer Batista), emprendió su trayectoria en el mundo de las empresas en el sector del oro en Brasil. Tal y como recoge El Economista, Eike Batista negoció con fabricantes de joyas de Sao Paulo y Río de Janeiro y obtuvo un préstamo para comprar una mina de oro.

La adquisición fue muy exitosa y logró unos ingresos de seis millones de dólares (unos 5,7 millones de euros) en apenas año y medio. En este negocio (y en todos) su padre desempeñó un papel fundamental al proporcionarle los contactos necesarios, tanto económicos como políticos, para llevar adelante sus proyectos.

A raíz de sus ganancias, Eike Batista, con solo 21 años, se decidió a crear su primera empresa: EBX. La misma también estaba dedicada a la extracción de oro y logró asociaciones con algunas de las compañías más importantes del sector, como Río Tinto.

La gran superstición de Eike Batista

Más adelante, el empresario diversificó sus negocios y fundó empresas en otros sectores como la energía, el petróleo, el gas, la logística, la inmobiliaria o el entretenimiento. Un detalle curioso es que, ante la creencia de Eike Batista en las supersticiones, todas las firmas llevaban la letra ‘X’ en su nombre por ser el símbolo de la multiplicación.

Su éxito económico fue acompañado de una ganancia de notoriedad tras contraer matrimonio con Luma de Oliveira, popular reina del carnaval y chica Playboy, coleccionar coches de lujo y comprar un avión privado.

La década de los 2000 fue una época de bonanza económica en Brasil, y ello hizo que las empresas de Batista ganaran aún más dinero. Con esos beneficios, el empresario invirtió para expandir su empresa petrolera, OGX. En ese sector, la empresa logró hacerse con la gestión de la explotación del yacimiento petrolero de Tupi, que los expertos estimaban que tenía reservas para llegar a producir 1,4 millones de barriles diarios.

De esta forma, en 2008, Eike Batista se situó en la posición 142 de la lista Forbes, con una fortuna estimada de unos 6.600 millones de dólares. Fue en ese momento cuando anunció públicamente su intención de convertirse en la persona más rica del planeta.

En 2012, su patrimonio casi se quintuplicó y llegó a los 30.000 millones de dólares, una cifra que le sirvió para poseer la octava mayor fortuna del mundo y la mayor de Sudamérica. Ante su ascenso vertiginoso en el ranking de multimillonarios a nivel mundial, Batista incluso llegó a decirle a Carlos Slim que pronto le iba a superar en la lista Forbes.

Esa fue la época más gloriosa de Eike Batista, quien era una de las personas más populares de Brasil. Su nombre se asociaba al del triunfo y era un referente para los nuevos emprendedores del país.

Desde los cielos hasta la cárcel

Sin embargo, en solo unos meses todo se tornó de negro. OGX anunció que no iba a poder cumplir sus objetivos de producción y la confianza de los inversores se disipó. A ello, además, se unió el estancamiento de la economía brasileña.

La compañía petrolífera se encontraba severamente endeudada y no pudo hacer frente a los compromisos con sus proveedores. Pese a que Eike Batista vendió sus bienes de lujo, sus empresas y parte de sus propiedades, el impago de un bono (un instrumento de deuda) de 45.000 millones de dólares fue la sentencia para la firma, que finalmente quebró.

Sin embargo, aún quedaba lo peor para el empresario. En una macrooperación policial sobre la corrupción de los políticos en Brasil se probó que Batista había sobornado con más de 16 millones de dólares al gobernador de Río de Janeiro para lograr contratos públicos. En consecuencia, un juez ordenó su detención. Y, aunque Eike Batista se encontraba en Nueva York y se especulaba con su huida, el empresario decidió volar a su país natal para entregarse.

Ahora, arruinado, se enfrenta a penas que suman 123 años de prisión por delitos de corrupción, blanqueo de capitales y manipulación del mercado bursátil con información falsa.

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