Bradley Cooper, una vida marcada por las desgracias y calamidades personales

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Hay historias que no se cuentan en un guion pero cuyo contenido da para una película dramática (y de las largas). La vida de Bradley Cooper, por ejemplo, podría ser una saga. En 2018 todo el mundo le aplaudía con Ha nacido una estrella, cinta que protagonizó junto a Lady Gaga y en la que debutó como director. Lo que a nadie se le pasaba por la cabeza es que detrás de Jackson Maine, ese personaje atormentado por las adicciones, se escondía un pedazo de su vida, uno de los más duros y dramáticos.

Porque si de algo entiende el actor es de tragedias y desdichas. Las experimentó a pares desde niño hasta la edad adulta y eso casi le cuesta su carrera, su ilusión y su propia existencia.

Bradley Cooper (Axel Schmidt; Gtres)
Bradley Cooper (Axel Schmidt; Gtres)

Cuando uno ve a Bradley sonreír lo primero que te viene a la cabeza, además del buen trabajo que hicieron sus padres, es que es un tipo feliz. Y así es. Pero llegar a este punto a sus 46 años le ha costado mucho trabajo, y no precisamente actoral. Enfermedades, accidentes, dolorosas pérdidas, adicciones, lo ha vivido todo, pero no le gusta regocijarse en ello ni ponerse medallitas. Es de los que prefiere pasar página y quedarse con lo aprendido. Por eso en sus entrevistas parece que hace todo lo posible por escaquease de las preguntas incómodas, como si no le gustara detenerse en los capítulos sórdidos de su vida, que los hay, y unos cuantos.

Todos los ha superado con mucho esfuerzo y sufrimiento, dos disciplinas en las que tiene un master. Esa costumbre de batallar de forma constante desde muy joven es lo que le ha hecho tener la piel curtida y no rendirse ante los retos, tanto personales como profesionales. Por eso, cuando le aconsejaron no dirigir la tercera adaptación de Ha nacido una estrella porque implicaba demasiado riesgo, él se tiró a la piscina. “Me dijeron que sería demasiado difícil y que debería comenzar con algo más fácil. Por suerte, no escuché. Me encantaba que fuera muy difícil hacer esta película, muchísimo. De lo contrario, no tendría el mismo valor. Y ese siempre ha sido mi objetivo: hacer algo, sin importar cuán difícil sea, eso será recordado", explicó a W Magazine.

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La conclusión es muy bonita pero llegar hasta ella implicó unas cuantas caídas. Uno de los golpes que casi le deja KO fue su lucha con el alcohol y las drogas. Ocurría a comienzos del nuevo milenio. Ya había hecho sus primeros pinitos en la actuación con un debut en la aclamada Sexo en la ciudad y un reconocimiento como actor en la serie Alias, en la que consiguió un personaje fijo dentro del elenco principal como mejor amigo de Jennifer Garner. Su carrera despegaba, pero su vida con esa pesada losa llamada Hollywood donde uno se deja el resto por conseguir su estrella, le pasaría factura. Demasiado que demostrar. "Estaba tan preocupado de lo que los otros pensaran de mí, de la impresión que daba y de cómo sobreviviría ese día. Siempre me sentí un extraño, vivía en mí mismo. Me daba cuenta de que no iba a ser capaz de estar a la altura y eso me aterraba. Me decía a mí mismo: ‘Voy a arruinar mi vida, voy a arruinarla’”, contó en una entrevista a The Hollywood reporter.

Había que fingir que estaba a la altura y que no había miedos. Estamos hablando de Hollywood, la Meca del cine donde los sueños se cumplen, así que no había espacio para el error y la debilidad. “Recuerdo un día que estaba en una fiesta y golpeé mi cabeza a propósito contra el suelo como dando a entender ‘Hey, ¡mira lo fuerte que soy!’. Me levanté y empecé a sangrar, pero lo hice de nuevo. Acabé la noche en el Hospital San Vicente con una bolsa de hielo y esperando a que me pusieran unos puntos”, continuó. Tiene muy claro que si no llega a poner freno hubiese destrozado su carrera, su existencia y todo ese futuro prometedor que tenía por delante. “Si continuaba por ese camino iba a sabotear mi vida”, reconoció a la revista GQ.

Ese mundillo lleno de superficialidades se le hacía demasiado grande y desolador. De repente estás y luego no estás. Hoy gustas, mañana no. Pasas del amor al olvido en décimas de segundo. Lo vivió de primera mano en Alias, donde pasó de ser uno de los imprescindibles a casi un extra. Su poca afinidad con J.J. Abrams, director de la serie, y posterior rotura del tendón de Aquiles que le mantuvo un año en reposo sin poder hacer nada le hicieron llegar a una simple conclusión. “Llega un punto en el que piensas que simplemente el negocio no te quiere dentro y punto”, dijo a la misma publicación. Fue en este momento de inseguridad y debilidad en el que las adicciones se acentuaron y convirtieron en su aliados.

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A pesar de esa estrecha relación con el alcohol y ciertas substancias, de cuyo nombre no quiere acordarse, nunca le acompañaron a los rodajes. “No, no, no, no, no. Si te refieres a algo así como, ¿llego tarde? No, eso no”, aclaró en la misma entrevista. La manera en que sí afectó su trabajo no fue con actos irresponsables, pero sí a la hora de hacer sus papeles y darles profundidad. Canalizó entonces, y lo sigue haciendo ahora, todo lo vivido en sus historias. De hecho cuando habla de Ha nacido una estrella reconoce que hay mucho de sus luces y sombras detrás de Jackson Maine, su protagonista. “Las historias que existen en esta historia vienen de un lugar personal muy profundo y esa es la única forma en la que sé comunicarme con las personas”, reveló a The New York Times.

Impregnar en sus personajes y sus diferentes trabajos un trocito de él es quizás una de las claves de su éxito. Pero antes tuvo que aprender a aceptar quién era y cómo era, sin vergüenza ni miedo. “Una cosa que he aprendido en la vida es que lo mejor que puedo hacer es abrazar quien soy, dar lo mejor de mí mismo, y lo que pase, pues que pase. Cuantos menos pasos dé, más lejos estaré de alcanzar mi potencial”, expresó a GQ. En otras palabras, ¿qué te caes? Pues te levantas, pero si no lo intentas, nunca vas a saber de lo que eres capaz.

Desde los 29 años, de eso hace ya 17, no toma una copa ni prueba nada ilegal. “Estar sobrio ayuda mucho”, reconoció a THR. Pero ahí donde le ven, no es la primera guerra personal con la que le toca lidiar. Al poco de nacer, sus padres descubrieron que padecía colesteatoma, un tumor benigno que altera una parte importante de la membrana del oído. No ayudó que años después, mientras buceaba se perforase el oído. “Tuve 4 ó 5 operaciones desde los 5 a los 18 años. Tengo un agujero en el tímpano y no puedo nadar sin tapones”, detalló a THR. No se quedó sordo de puro milagro.

La cadena de tragedias no terminó con su audición algo tocada. Este chico guapo nombrado el hombre más sexy por la revista People, estuvo a punto de quedarse sin ese rostro bonito que le abrió paso en el celuloide y la televisión. Un grave accidente en su infancia estuvo a punto de dejarle desfigurado. Su cara quedó destrozada cuando a los 15 años le cayó encima una lámpara de cristal. “No pude mover parte de mi cara durante 6 meses. Me hicieron cirugía plástica”, explicó al mismo medio. Si uno se fija bien, las cicatrices permanecen por toda su cara y durante mucho tiempo también lo estuvieron en su autoestima, que quedó dañada. Sin embargo, hoy en día las exhibe con orgullo y con esa maravillosa seguridad que dan tan solo los años.

Esta serie de eventos, no precisamente muy agradables, también tuvieron mucho que ver con esos años oscuros del actor. Todo suma. Pero no esperó a tocar fondo ni a que algo terrorífico sucediese en su vida para salir de ese túnel. Se dio cuenta antes de que ocurriese una catástrofe. El amor a su familia, concretamente sus padres, Charles y Gloria, y la pasión por su carrera, para la que se había preparado en la Universidad de Georgetown y en el Actor’s Studio de Nueva York, se impondrían a todo lo demás. Se enamoró de la actuación a los 12 años, cuando vio la película de David Lynch, El hombre elefante, una historia que unas cuantas décadas después, exactamente en 2014, pudo protagonizar él mismo, esta vez en el teatro.

Es el vivo ejemplo de que los sueños no se regalan ni llueven del cielo, pero gracias a esos pedruscos del camino es que uno crece y se sana. Cuando en 2005 interpretó al tirano Zachary en The wedding crashers tuvo la oportunidad de verter toda esa ira que, por unas cosas u otras, arrastraba. El personaje no era el protagonista, pero se convirtió en uno de los más populares ¡y de los más odiados! Y aunque eso le abrió puertas y condujo a oportunidades interesantes como Un roquero de pelotas o Novia por contrato, no fue hasta 2009 que su carrera en Hollywood no dio el triple salto mortal. Su entrada al templo de las estrellas fue con Resacón en Las Vegas, la comedia dirigida por Todd Phillips que supuso un antes y un después en su agitada vida. Todo lo que había hecho antes parecía anecdótico. Le siguieron la parte II, en Tailandia, y la III, pero ninguna tuvo el mismo impacto que la primera.

El mundo cayó rendido a sus pies, y a sus ojos. Descubrimos a un Brad divertido, ingenioso y lleno de posibilidades. Pero no solo nosotros, también él se dio cuenta de lo que podía llegar a hacer. Justo cuando comenzaba a disfrutar no solo de las mieles de un éxito más maduro sino de la llegada de papeles verdaderamente caprichosos en los que incluso se estrenaría como productor, la vida le tendría preparada otra mala pasada: la muerte de su padre. Un episodio que todo el mundo vive en algún momento de su vida, pero que en su caso ocurrió, una vez más, como si de la escena una película se tratara.

Charles Cooper, un exitoso agente de bolsa, moría en sus brazos en 2011. La experiencia, lejos de traumática como muchos podríamos pensar, fue tan enriquecedora y mágica que, en sus propias palabras, dio un giro radical a su vida. “Fue todo, fue el mayor regalo que me dio, bueno el segundo después de traerme a esta vida. Que me permitiera ser testigo de su muerte así fue gigantesco”, relató profundamente emocionado a Oprah Winfrey. “Su cabeza estaba aquí (señala su brazo) y, literalmente, cuando dio su último suspiro sentí como si se metiera en mí. Nunca he sentido nada igual desde entonces”, describió.

La muerte de su padre le llenó de vida a pesar del dolor que supone la pérdida de un ser tan amado. A partir de ese momento su existencia cobró otro sentido y empezó a ver las cosas de otra manera, mucho más agradable y menos trágica. “Lo cambió todo”, aseveró el protagonista de El francotirador. Pocas experiencias han sido tan únicas, mágicas y especiales para el actor. Tan solo una se le asemeja en sus propias palabras, y es la paternidad. En 2017 el intérprete y su entonces pareja, la supermodelo Irina Shayk, tuvieron a su princesa Lea.

Fue otro evento personal que le llenó de ganas de todo e infinitas ilusiones. Así lo percibió el productor de la oscarizada Joker -que no se nos olvide este pequeño gran detalle de su currículum-. Cambiar los papeles de los guiones por los pañales fue transformador. “Lo cambió todo. Nuestra hija es increíble y veo a mi padre en ella muy a menudo”, expresó a Ellen DeGeneres en una entrevista en su programa. “Me ha ayudado a abrazar mi lado más infantil sin ningún tipo de miedo a los juicios”, resaltó. Desde entonces disfruta como un niño de los dibujos animados, los juegos sin sentido y todo aquello que realza la inocencia, esa que no deberíamos perder del todo nunca.

Su hija no solo despertó su lado más infantil, sino que también le ayudó de alguna manera a desarrollar con más ilusión su personaje Rocket en la segunda entrega de Guardianes de la galaxia y en Vengadores: Infinity war.

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Y es que, a estas alturas del partido, Bradley ha conseguido mucho más de lo que aquel joven inseguro y lleno de miedos era capaz de imaginar. Actor, productor, director y padre enamorado, ¿qué más se puede pedir? Pues ya que nos ponemos, un Óscar. A pesar de sus 8 nominaciones a la estatuilla dorada, esta se le resiste, y no será por el trabajo bien hecho. Lo más cerca que lo tuvo fue con el que ganó Lady Gaga por su canción Shallow. Un tema que quizás le hubiese preocupado antes, pero no ahora. A este militar frustrado y creyente hasta la médula ya no le hace falta el reconocimiento externo para ser feliz. Ha demostrado con creces que lo suyo es más que una cara bonita y que los premios no siempre se dan a los mejores. Los logros de la vida, al final, son los que más satisfacen.

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