El pop que espantaba a Franco

Boxeo Pop

Que el caudillo no era fan de los Rolling Stones nos lo podíamos imaginar. Ahora tenemos confirmación escrita gracias al último libro del periodista Xavier Valiño. Se titula "Veneno en dosis camufladas: la censura en los discos pop durante el franquismo" (editorial Milenio). Leyéndolo nos enteramos de que la censura se convierte en sistemática en 1966, bajo el mando de un jerarca recientemente fallecido: Manuel Fraga Iribarne. El fundador del PP fue el encargado de manejar con mano de hierro la cartera de Información y Turismo. Otorgó las tijeras a cuatro funcionarios que se entregaron a su labor con furia digna de La Inquisición. Ni siquiera trabajaban a tiempo completo, sino que hacían horas extra, ya que por la mañana censuraban libros.



Mejor orina que hippies



Valiño afirma que este lamentable periodo afectó profundamente a la cultura musical en nuestro país: "Mucha de la tradición sonora actual procede del franquismo, que impulsó géneros como la copla, el cuplé o la zarzuela, en detrimento del rock, que era más provocador", ha declarado a El País. ¿Cuál es la mejor anécdota pescada durante su trabajo de investigación? Tiene que ver con  Lucio Battisti, un cantante melódico italiano que triunfó en los años setenta. Publicó un disco con una portada inocentona donde se podía ver a unos hippies tumbados en la hierba. Por algún motivo el censor de turno mandó cambiarla por la de niño meando en una bacinilla. Seguramente fue peor el remedio que la enfermedad. Los Brincos, Grand Funk Railroad o Leonard Cohen fueron otros de los artistas damnificados. También los Stones, que no pudieron publicar en nuestro país  la portada de "Sticky Fingers", en la que se mostraba un primer plano de unos vaqueros masculinos marcando paquete.

Orgasmo femenino



Diego Manrique, decano de la prensa musical española, ha reconocido la importancia de este libro de investigación: "El estudio de Valiño sirve como catálogo de monumentales aberraciones. Enfrentados a letras poéticas o misteriosas, los censores inmediatamente imaginaban blasfemias o referencias a la homosexualidad, la prostitución o la mítica subversión. Veían la sombra del comunismo donde seguramente solo había algún eco del jipismo o una torpe expresión juvenil.  Cometieron pifias como dar el beneplácito a "Je t'aime... moi non plus", de Serge Gainsbourg y Jane Birkin. Circulan diferentes versiones sobre ese despiste. Quizá hubo picardía de la discográfica al presentar el tema como "instrumental" y eliminar el desnudo de la inglesa". La canción pretendía sonar como la recreación musical de un orgasmo femenino.