El mensaje de ‘Billy Elliot’ contra la masculinidad tóxica sigue más vigente que nunca 20 años después

Pedro J. García
·10 min de lectura

Es una simple cuenta matemática, pero a muchos todavía nos cuesta creer que el año 2000 ocurriera hace ya dos décadas. En este apocalíptico 2020 celebramos muchas efemérides cinematográficas, pero una que me afecta especialmente es el 20º aniversario de Billy Elliot (Quiero bailar), éxito del cine británico convertido con el tiempo en un clásico moderno del cine, además de una sensación musical sobre los escenarios.

Estrenada internacionalmente en otoño de 2000 (a España llegaría un poco más tarde, en enero de 2001), Billy Elliot conmovió al mundo entero con la historia de superación y optimismo de Billy, un niño de 11 años cuyo amor por el baile le sirve como válvula de escape a sus problemas familiares durante un tiempo tumultuoso en la Inglaterra de mediados de los años 80. Con su mensaje en contra de los estereotipos de género y la homofobia y su canto a la libertad de ser uno mismo, Billy Elliot no solo sigue siendo vigente en 2020, sino además muy necesaria y oportuna en un presente en el que el odio y la intolerancia continúan causando estragos.

Imagen del cartel de Billy Elliot en EEUU (UPI)
Imagen del cartel de Billy Elliot en EEUU (UPI)

Aunque hemos recorrido un largo camino y hemos conseguido superar muchos obstáculos en la lucha por la igualdad y en contra de los prejuicios, una buena parte de la sociedad sigue anclada en un pasado en el que los roles de género son inamovibles. Valores que diferencian entre “cosas de niños” y “cosas de niñas”, que nos dicen que determinados trabajos o aficiones son exclusivamente femeninos o masculinos, rechazando por sistema cualquier cosa que se salga de la norma preestablecida.

Esta es la idea en el centro de Billy Elliot, una fábula edificante que construye un mensaje esperanzador para personas de todas las edades, niños que se pueden ver reflejados en su protagonista y mayores que -sin quererlo o no- perpetúan esos roles y estereotipos que tanto daño pueden hacer en una persona considerada diferente. Pero la película de Stephen Daldry no es un cuento de hadas de Disney. Aunque no le faltan momentos de luz, ternura y diversión, es una historia dramática anclada en una realidad social, concretamente la de un pueblo pequeño de Inglaterra durante la huelga minera que tuvo lugar en Reino Unido entre 1984 y 1985.

Para quien necesite refrescar la memoria o no haya visto la película (algo a lo que debería poner remedio inmediatamente), Billy Elliot gira en torno a un enérgico e impulsivo niño que vive a trote entre su nueva pasión por el ballet y una familia de mineros rota por la huelga que sacudió el país durante el mandato de Margaret Thatcher. El pequeño Billy, interpretado por la revelación del momento Jamie Bell, asiste a práctica de boxeo obligado por su padre, pero en el mismo centro deportivo descubre las clases de ballet y con ellas su sueño a contracorriente de convertirse en bailarín profesional. Con la ayuda de la profesora de baile, Georgia (Julie Walters), el pequeño practica en secreto su técnica mientras su vida familiar se desmorona.

Billy Elliot fue, y sigue siendo, aquel niño o niña que se siente como un bicho raro porque lo que le gusta, lo que le apasiona, lo que le da vida, es contrario a lo que la sociedad le ha dicho que tiene que hacer. Pasiones que, en teoría, deben corresponderse con su género: jugar con coches y pistolas es de niños, con muñecas de niñas. El deporte es para ellos y el ballet para ellas. El azul es masculino y el rosa femenino. Y así una infinidad de roles preestablecidos que no hacen sino coartar el desarrollo y fomentar estereotipos contra natura sin verdadero fundamento. Billy representa la ruptura de lo establecido. Es un niño como cualquier otro que prefiere la danza al boxeo, que tiene un inmenso talento para el baile y quiere perseguir lo que se le da bien, no lo que la sociedad le ha dicho que le corresponde.

Cuando vi Billy Elliot por primera vez era un adolescente, mayor que Billy, pero aun inmaduro y condicionado por esas normas que me decían cómo actuar. De pequeño fingía que me gustaba el fútbol porque era lo que se suponía que tenían que hacer los niños, pero mientras mis compañeros de escuela jugaban al balón, yo escuchaba música, escribía y dibujaba. Mis pasiones no se alineaban con las de otros niños y eso solía arquear muchas cejas: “Es diferente, es especialito”, decían. La presión social puede influir mucho, pero no puede enterrar del todo a la persona que eres realmente. Y Billy Elliot me enseñó que yo también era válido y merecía la pena luchar por esa persona.

Y ni siquiera estoy hablando de sexualidad. O al menos no exclusivamente. Billy no es gay, pero su mejor amigo, Michael (Stuart Wells), sí lo es. La película nos habla precisamente de la necesidad de que el hombre exprese sus sentimientos y se abra, ya sea a través del arte o de sus relaciones con los demás, y sin importar su orientación sexual o sacar conclusiones sobre ella. Se trata de rechazar la idea (homófoba y misógina) de que determinadas actividades o comportamientos convierten a un hombre en gay o femenino. Billy Elliot nos ofrece un mensaje de tolerancia y aceptación de la comunidad LGBTQ+ a través de Michael y su preciosa amistad con Billy, que no solo no rechaza a su amigo por ser gay, sino que lo une más a él, dándonos un ejemplo de comportamiento que sigue siendo muy valioso. Pero la película va más allá, denunciando la masculinidad frágil o tóxica mucho antes de que fuera una expresión habitual en las redes sociales.

El padre y el hermano de Billy se oponen a él y a Michael alzándose como representantes de esa masculinidad tradicional en la que la fragilidad o la sensibilidad se ven como síntomas de debilidad. La inicial oposición de ambos a la pasión del niño por una disciplina tradicionalmente femenina está basada en esos estereotipos perjudiciales que hoy siguen existiendo, pero que en los 80 estaban mucho más extendidos y arraigados en la sociedad. En la superación de estos prejuicios y el apoyo a Billy en su sueño de ingresar en la academia de ballet de Londres encontramos uno de los mensajes más inspiradores de la película: dejar que los niños sean ellos mismos, darles libertad para elegir y alas para escapar de una vida y una mentalidad que se ha quedado pequeña para ellos. Es decir, proporcionar a las nuevas generaciones las oportunidades que los mayores no tuvieron.

A día de hoy, Billy Elliot está considerada no solo como una de las grandes películas británicas de las últimas décadas, sino también como un manifiesto clave en la batalla contra los estereotipos de género. El film causó un verdadero impacto cultural en todo el mundo, convirtiéndose en la feel-good movie del año y recaudando más de $100 millones en todo el mundo con un presupuesto de solo cinco (BoxOfficeMojo). La Academia la reconoció con tres nominaciones al Óscar, mejor director para Daldry -con la que fue su primera película como director antes de Las horas, The Reader (El lector) o la serie The Crown-, mejor guion original para Lee Hall y mejor actriz secundaria para Julie Walters. No se llevó ningún galardón, pero eso no le impidió pasar a la historia del cine.

El impacto de la historia de Billy ha inspirado a miles y miles de personas en todo el mundo desde el estreno del film, y su mensaje también se ha trasladado a los escenarios, donde Billy Elliot ha seguido triunfando -y a lo grande- en forma de musical. La adaptación teatral, con música de Elton John, libreto y letras del guionista de la película y Daldry como director del montaje, se estrenó en el West End londinense en 2005. El éxito fue arrollador y el papel protagonista se convirtió en una gran oportunidad para otros Billys que compartían con el personaje el mismo sueño de bailar. Como curiosidad, Tom Holland, el actual Spider-Man del Universo Marvel y uno de los actores jóvenes mejor situados en la industria, interpretó a Billy en el musical después de un tiempo formando parte de la compañía. Desde entonces (y hasta que el Covid-19 obligó a cerrar los teatros), la adaptación musical ha disfrutado de un éxito enorme en Broadway y en el resto del mundo, acumulando premios y arrasando con adaptaciones en 27 países, incluida España, donde tuvo una gran acogida.

Volviendo a la película, si vemos Billy Elliot en 2020 comprobamos que ha envejecido muy bien en todos los aspectos. El reparto brilla fuertemente en su naturalidad y emoción, la labor de Daldry tras las cámaras es excepcional -sobre todo en su forma de filmar las escenas de baile y transmitir la vitalidad de Billy-, el guion sabe exactamente cómo y cuándo tocar la fibra sensible, haciéndonos reír y llorar como el primer día, la banda sonora entre el clasicismo y el rock conserva su capacidad para hacernos seguir el ritmo con los pies y el portentoso trabajo del joven Jamie Bell nunca dejará de ser fresco y conmovedor.

Y además de seguir funcionando tan bien como pieza cinematográfica y de entretenimiento, su historia sigue siendo muy actual y su mensaje aplicable a nuestra sociedad, en la que en los últimos años estamos viviendo un preocupante resurgimiento de los prejuicios, el odio y el pensamiento arcaico. Dos décadas después del cambio de milenio, muchos siguen estancados en el pasado y aunque por un lado se ha evolucionado mucho, por otro seguimos viendo cómo los medios fomentan los estereotipos de género en programas de televisión o en la publicidad. Como decía al principio, en nuestro presente se sigue haciendo distinción entre cosas de niña/mujer y cosas de niño/hombre cuando no hay necesidad de marcar el género. Desde pequeños se nos dice lo que nos tiene que gustar y a qué tenemos que jugar según seamos niño o niña, se nos enseña que un hombre comportándose de manera “femenina” es digno de chiste y el sexismo y la masculinidad tóxica siguen causando estragos, moldeándonos desde bien temprano y reprimiendo comportamientos naturales porque no se ajustan a las normas sociales establecidas.

Afortunadamente, a lo largo de los últimos años, el cine y la televisión han contribuido a la ruptura de esos estereotipos, demostrando que nuestras vidas, nuestro comportamiento y nuestras elecciones no deben estar condicionadas por el género o la orientación sexual. Billy Elliot ya nos enseñó esto en el año 2000 y nos lo sigue enseñando cuando revisamos su preciosa historia de superación y aceptación, alzándose en retrospectiva como una de las precursoras de la nueva masculinidad en la que todo es más fluido y la hombría ya no se define según los parámetros fijados de siempre.

Cuando me acuerdo de Billy bailando entusiasmado por las calles y los tejados de su barrio o de su inolvidable discurso durante su audición al final del film, siento la “electricidad” que él sentía y, aunque ya hace mucho tiempo que dejé de ser aquel niño atemorizado de ser quien era, me reconcilio con él porque la sociedad no me daba otra opción. Hoy en día Billy Elliot tendría más facilidades para perseguir su sueño, y espero que como él, tantos otros niños sepan que, si quieren bailar, pueden bailar.

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