¿Deberíamos enseñarles groserías a los niños?

Desde el 2018 una neurocientífica ha revolucionado a algunas personas al asegurar que los padres deberían enseñarles groserías a los niños. Lo cierto es que la ciencia ha descubierto que las ‘malas palabras’ tendrían ciertos beneficios, y más que crear un mundo de ‘mal hablados’, podríamos estar ayudando a los pequeños a comunicarse mejor.

Más que prohibirlas, una neurocientífica sugiere enseñarles groserías a los niños. Foto: Getty Images

Los beneficios de las groserías

Algunos estudios han descubierto que decir groserías sí tendría posibles beneficios, tanto para niños como para adultos:

  • Honestidad. Un estudio publicado en la revista Social Psychological and Personality Science, encontró que las personas que suelen utilizar groserías serían percibidas como más honestas. Esto, sugieren los investigadores, se debería a que podría ser evidencia de que al no filtrar el lenguaje que usan para expresarse, tampoco estarían filtrando sus opiniones. Además, se realizó una prueba en la que se comprobó que las personas que reconocen decirlas es menos probable que mientan y más probable patrones de lenguaje asociados con la honestidad.

  • Mejor vocabulario. La creencia popular es que quienes usan muchas groserías tienen un menor vocabulario, y las usan porque no saben cómo expresarse de formas más elocuentes. Sin embargo, en 2015 un estudio determinó que en realidad quienes las usan con regularidad suelen entender mejor su significado, así como tener un repertorio más amplio de ellas, lo que les daría un mejor conocimiento lingüístico y un mayor vocabulario.

  • Disminuirían la sensación de dolor. En 2012 se descubrió que decir groserías cuando algo nos lastima físicamente, nos haría más tolerantes al dolor. Según los investigadores esto sería porque al expresarlas cuando nos lastimamos parecen desencadenar la respuesta natural de lucha o huida, lo que incrementaría la adrenalina, los latidos cardiacos, y por lo tanto generaría una especie de analgesia inducida por el estrés, lo que nos ayuda a tolerar más el dolor.

  • Aumentarían nuestra fuerza. Un estudio de 2017 determinó que decir groserías mientras hacemos ejercicio aumentaría nuestra resistencia y fuerza. Los responsables sugieren que las groserías, como ya mencionamos, activarían el sistema nervioso simpático, acelerando el corazón cuando estamos en peligro. Sin embargo, no se tiene claro exactamente por qué las groserías provocarían esto.

  • Nos haría más productivos. La Doctora Emma Byrne sostiene que los equipos de trabajo que suelen compartir un léxico ‘vulgar’, tenderían a trabajar de forma más efectiva, pues generaría una sensación de cercanía, lo que los haría más productivos.

Una función específica

Las groserías o expresiones soeces, también se relacionarían con una comunicación más efectiva, especialmente cuando se trata de expresar rabia, disgusto, dolor, sorpresa. Así, habría las que se usan de forma enfática, para resaltar algo, y los disfemismos, para opinar de forma provocativa, como sugiere Steven Pinker, científico cognitivo y profesor de Harvard.

Es decir, no solo se usan para insultar a alguien, sino para disminuir la frustración personal, mostrar empatía o incluso para divertir.

A su vez, aclaran el mensaje, como poder expresarle a alguien que se aleje sin tener que recurrir a una violencia física, siendo una herramienta para un lenguaje más persuasivo.

¿Enseñarles o no a los niños?

La Doctora Emma Byrne, neurocientífica e investigadora del área de inteligencia artificial, sostiene que enseñarles a los niños el significado de las groserías o las malas expresiones sería útil, en lugar de solo prohibirles su uso. No está de acuerdo en mantener el lenguaje fuerte alejado de nuestros niños hasta que sepan cómo usarlo. 

“Aprender a decir groserías de forma efectiva, con el apoyo de adultos empáticos, es mejor que intentar prohibir a los niños de utilizar ese lenguaje”, sostiene.

Según explica, el prohibir su uso cuando las conocen, no les ayudaría a los pequeños a entender las emociones de las personas que les rodean y que las utilizan, así como entender que su uso podría afectar a otros. 

Su propósito no es que los padres les enseñen directamente malas palabras a los pequeños, sino equiparlos para esos momentos vergonzosos en que los niños puedan expresarlas. Es decir, explicarles y enseñarles los límites de lo que es inapropiado y hacerlos responsables de ello, sin prohibirlas.

Los niños estarían aprendiendo a decir groserías a menor edad que antes. Foto: Getty Images

¿Cuándo aprenden los niños a decir groserías?

Al menos en EEUU, se estima que los niños están aprendiendo groserías a menor edad, quizá por la influencia de los medios de comunicación, o porque los adultos las usamos más que antes. Y esto ocurre por repetición, pues los niños imitan lo que están escuchando entre los dos y tres años que es cuando aprenden a comunicarse. Ellos se enfocan en ver cómo las personas responden a lo que dicen, y así van aprendiendo el significado detrás de las palabras. 

Es por eso, que cuando dicen groserías a tan temprana edad, antes de tomarlas como un insulto, se debería considerar que realmente no saben qué están diciendo, y es donde Byrne sugiere que se debe equipar a los padres con mejores formas de explicarles, sin prohibirlas, especialmente si suelen escucharlas.

Travis Wright, profesor de educación multicultural, de profesores y de estudios infantiles en la Universidad de Wisconsin, agrega que es en preescolar que los pequeños comienzan a entender que ciertas palabras son ofensivas y que pueden herir a otras personas, y quizá se detengan.

Pero para entender por qué las usan, explica que a algunos les gusta la atención que reciben al decirlas, pues aprenden que aunque no entiendan qué significan, saben que son algo importante, y las usan cuando quieren llamar la atención.

Además, con el tiempo aprenden que las groserías son palabras fuertes, cargadas de significado, que solemos usar para expresar ciertas emociones, por lo que también las usarían, sin entenderlas, cuando otras palabras ‘normales’ no les son suficientes para expresarse. 

Por eso, se generarían los famosos momentos incómodos, de niños diciéndolas durante la visita al dentista, o en la fila del supermercado, cuando están cansados o enojados por algo, pues en esos momentos podrían estar experimentando miedo, frustración, enojo, o quieren llamar la atención.

Es por eso que él también, parecido a lo que ofrece la Doctora Byrne, sugiere a los padres recordar lo siguiente:

  • Si no las escuchan, no las usan. Pero esto no siempre es posible, pues en el colegio o los medios de comunicación, podrían exponerse a ellas.

  • No ser hipócritas, al prohibirles a los niños decir ciertas cosas cuando como padres sí se dicen, pues es un mensaje contradictorio.

  • Entender por qué las dicen, qué significan para ellos, en lugar de solo prohibirlo, e intentarles ayudar a entenderlas, así como a encontrar otras formas de expresarse en ciertas circunstancias.

Así, no se trata de darles a los niños una clase magistral de groserías, sino responder diferente a sus formas de expresión, para entender qué hay detrás, y ayudarles a conocer el significado de ciertas palabras, así como de sus efectos. Así se evitaría que las dijesen sin sentido, con mala intención, y limitar su uso, más que prohibirlo sin mayor explicación, y quizá hasta beneficiarse con su uso.

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@travesabarros