El poder positivo de las emociones negativas

Jennifer Delgado
·7 min de lectura
“Querer ser feliz todos los días es una enfermedad” - Zygmunt Bauman [Foto: Getty Creative]
“Querer ser feliz todos los días es una enfermedad” - Zygmunt Bauman [Foto: Getty Creative]

No estés triste. No te enfades. No te irrites. No te frustres.

Piensa en positivo. Ríe. Sé fuerte. Disfruta. Sé feliz.

Estos consejos prácticamente omnipresentes son los pilares que apuntalan una auténtica “dictadura de la felicidad” que amenaza con convertirse en un laberinto sin salida para muchas personas. Ser felices por decreto, a base de emociones enlatadas, es el camino más seguro hacia la desdicha y la insatisfacción.

La tiranía de la felicidad

“Las emociones reprimidas nunca mueren. Están enterradas vivas y saldrán a la luz de la peor manera” - Sigmund Freud [Foto: Getty Creative]
“Las emociones reprimidas nunca mueren. Están enterradas vivas y saldrán a la luz de la peor manera” - Sigmund Freud [Foto: Getty Creative]

Todos deseamos ser más felices. Es normal. Sin embargo, cuando la felicidad se convierte en una imposición y se espera que siempre mostremos nuestra mejor cara, las probabilidades de ser infelices se disparan.

Brock Bastian, uno de los principales investigadores sobre el bienestar, lo comprobó. Pidió a un grupo de personas que leyesen unos artículos que transmitían la idea de que la tristeza es contagiosa y que las personas tristes son desagradables. Luego debían escribir sobre un evento negativo de sus vidas. Otro grupo leyó un ensayo en el que la tristeza era aceptada socialmente.

Las personas que leyeron el artículo en el que se condenaba la tristeza y se ensalzaba la felicidad se sintieron peor y evaluaron su estado emocional de forma más negativa que quienes leyeron sobre la tolerancia a la tristeza. Bastian concluyó que “cuando las personas perciben que los demás piensan que deberían sentirse felices y no tristes, se sienten tristes con mayor frecuencia e intensidad”.

Imponer la felicidad como un requisito sine qua non tiene un efecto paradójico en nuestro estado de ánimo: en vez de hacernos sentir bien, nos hace sentir peor.

Dar una importancia desmesurada a la felicidad y presionarnos por no experimentar estados emocionales negativos en realidad aumenta los pensamientos negativos recurrentes ante las situaciones difíciles de la vida, como constataron psicólogos de la Universidad de Nueva Gales del Sur.

Investigadores de la Universidad de Denver llegaron a las mismas conclusiones: cuanto más valoremos la felicidad, menos felices nos sentiremos en situaciones de estrés vital. La explicación es sencilla: analizamos nuestras reacciones emocionales en busca de esas añoradas señales de felicidad, pero nos decepcionamos al encontrar en su lugar emociones dolorosas o desagradables.

Sin embargo, la vida no siempre es un camino de rosas. A veces tiene giros dramáticos que nos golpean con toda su crudeza. Si solo nos está permitido albergar sentimientos positivos, la adversidad nos golpeará con más fuerza porque al peso de la desgracia se le sumará el rechazo a los sentimientos completamente normales que estamos experimentando.

Encumbrar la felicidad y lo positivo puede hacer que rechacemos una parte importante de la vida, de manera que cuando la adversidad llame a nuestra puerta, no sabremos cómo responder. El intento por reprimir u ocultar las emociones negativas solo retrasará la curación emocional y prolongará el malestar que provocan.

Los beneficios de las emociones “negativas”

“Comienza cada día diciéndote a ti mismo: Hoy me reuniré con la interferencia, la ingratitud, la insolencia, la deslealtad, la mala voluntad y el egoísmo” – Marco Aurelio [Foto: Getty Creative]
“Comienza cada día diciéndote a ti mismo: Hoy me reuniré con la interferencia, la ingratitud, la insolencia, la deslealtad, la mala voluntad y el egoísmo” – Marco Aurelio [Foto: Getty Creative]

Las mal llamadas emociones negativas no siempre han sido condenadas al ostracismo. A finales del siglo XVI e inicios del siglo XVII muchos artistas comenzaron a rendir culto a la melancolía, que hasta ese momento se había considerado el “más calamitoso de todos los humores”, para convertirla en la marca del genio.

Mucho antes, en el 300 a.C., los filósofos estoicos ya pensaban que ponerse en contacto con el fracaso, la adversidad y las emociones negativas era enriquecedor y nos preparaba para afrontar mejor la vida al permitirnos desarrollar una actitud más resiliente. Ahora la ciencia les da la razón: las emociones “negativas” son esenciales.

La tristeza, por ejemplo, actúa como un pegamento social. Cuando estamos tristes enviamos sin darnos cuenta una serie de señales extraverbales que revelan nuestra vulnerabilidad, lo cual nos ayuda a conectar con los demás y recibir la ayuda que necesitamos.

También se ha comprobado que la tristeza mejora nuestro juicio, nos permite ser más precisos, potencia la memoria y nos ayuda a detectar errores y fallos que pasan desapercibidos para quienes tengan un estado de ánimo más positivo. La clave radica en que la tristeza activa un patrón de pensamiento más atento y orientado a los detalles.

La ira, otra de las emociones negativas que se supone no deberíamos experimentar, también tiene un lado positivo. El enfado no solo nos anima a defendernos cuando alguien traspasa una de nuestras líneas rojas, sino que también actúa como “combustible” para nuestro sistema psicológico.

Cuando nos enfadamos aumenta nuestra motivación por alcanzar nuestros objetivos y luchamos más por conseguirlos, según un estudio de la Universidad de Utrecht. La ira también atenúa el sesgo de confirmación y nos anima a abrirnos a ideas diferentes que nos ayuden a reaccionar ante algo que nos molesta, como confirmaron psicólogos de la Universidad de California.

Por tanto, las emociones negativas no son nuestros enemigos. Bien gestionadas, incluso pueden convertirse en nuestras aliadas para desarrollar una perspectiva más equilibrada o facilitarnos el impulso que necesitamos para pasar a la acción y abandonar nuestra zona de confort.

El problema no son las emociones negativas. El problema es nuestra incapacidad para gestionarlas asertivamente. Y no podremos desarrollar esa capacidad si nos dedicamos a evitarlas o reprimirlas mientras perseguimos una felicidad cada vez más escurridiza.

Escapar de la “tiranía de la felicidad” sin caer en los brazos del pesimismo

“La felicidad no es una estación donde llegar sino una manera de viajar” – Margaret B. Runbeck [Foto: Getty Creative]
“La felicidad no es una estación donde llegar sino una manera de viajar” – Margaret B. Runbeck [Foto: Getty Creative]

Promover la felicidad es bueno para nuestra salud física y mental. Pero no debe convertirse en una obligación que nos lleve a condenar las emociones negativas.

La clave radica en la aceptación. Aceptar las experiencias negativas se ha relacionado con niveles más bajos de ansiedad y depresión, así como con una mayor sensación de bienestar y satisfacción con la vida.

Para aceptar plenamente las emociones “negativas” debemos despojarlas de su adjetivo, dejar de catalogar nuestros estados afectivos en buenos y malos. No es casual que los occidentales tengan entre 4 y 10 veces más probabilidades de sufrir depresión clínica o ansiedad a lo largo de su vida que los orientales, quienes tienen una visión más holística del mundo emocional.

En última instancia, nuestros pensamientos y emociones son un reflejo del mundo. El sufrimiento, la angustia, la tensión y/o la tristeza vienen en el paquete de la vida y negarlos no servirá de mucho. Cuando nos sucede algo malo, debemos permitirnos tener pensamientos y sentimientos “negativos”.

Todas las emociones existen en un continuum en el que los extremos pueden llegar a ser patológicos. Una alegría excesiva, por ejemplo, termina generando un estado de euforia que nos desconecta de la realidad y nos impulsa a tomar decisiones precipitadas basadas en un optimismo ingenuo.

No cabe duda de que los mensajes positivos pueden tener un efecto beneficioso, pero solo cuando nos ayudan a mantenernos motivados, no cuando nos aíslan de la realidad. Ante un problema o conflicto, la solución no es repetirnos “soy feliz” o “estoy contento” como un mantra todopoderoso.

Los pensamientos positivos originados en una “felicidad enlatada” acallarán lo que sentimos generando emociones que no son reales ni espontáneas y nos impedirán entender lo que nos pasa realmente.

Lo razonable es analizar el problema o conflicto, observar las emociones que genera e intentar buscar soluciones. Si creemos que nuestras reacciones emocionales son exageradas, debemos pensar qué las está provocando en vez de ocultarlas.

En algunos casos simplemente debemos tener paciencia. No podemos recuperarnos de la noche a la mañana de una pérdida dolorosa o de un fracaso estrepitoso. La sanación emocional lleva tiempo y quemar etapas a menudo provoca más daño que bien.

Se trata, por tanto, de no sentir la necesidad de rechazar o escapar de las emociones “negativas”. Perderles el miedo. Aceptarlas. Y darnos el permiso para tener un mal día. O una mala racha. Con la confianza en que cuando estemos preparados, volveremos a levantarnos.

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