Beatriz Cazurro: "Los chavales que acosan en el fondo se sienten mal, son víctimas también"

La psicoterapeuta Beatriz Cazurro. (Photo: PLANETA)
La psicoterapeuta Beatriz Cazurro. (Photo: PLANETA)

La psicoterapeuta Beatriz Cazurro. (Photo: PLANETA)

Ser padres seguramente sea una de las tareas más difíciles. Dejar en nuestros hijos las mejor huella posible implica responsabilidad, paciencia, renuncia y aprendizaje. 

Reconocer que la paternidad no es una etapa idílica “por la que todas las renuncias merecen la pena” y obligarse a esconder las situaciones dolorosas y desagradables que implica educar y cuidar de nuestros hijos es para Beatriz Cazurro, psicóloga y psicoterapeuta infantil, el punto de partida para trabajar nuestro papel de padres.

Un papel que no puede desligarse del de haber sido hijo y, nos guste o no, esa experiencia como niños va a influir en nuestra forma de ejercer la paternidad. “Por eso, gran parte de los comportamientos que necesitamos corregir de padres —gritos, hiperexigencia, imposibilidad de separarse...— no son más que el reflejo de la desconexión que vivimos en el pasado como hijos de nuestros padres”, afirma la especialista en su nuevo libro Los niños que fuimos. Los padres que somos (Ed. Planeta).  

“Creo que es un libro resumen de muchas sesiones que he tenido en terapia, tanto con padres y adultos acerca de su propia infancia, como de las ideas que más se han ido repitiendo, que más ha habido que explicar, que más ha costado deshacer y que más cuesta entender acerca de la infancia, de la nuestra y de la de nuestros hijos”, sostiene 

Cazurro ayuda a entender cada capítulo con ejemplos concretos de casos que ha tratado en consulta. Además, todos terminan con una viñeta, siguiendo el estilo de su perfil de Instagram, que arranca una sonrisa a pesar de lo serio del tema.

Partes de la idea de que nuestra experiencia como hijos marca nuestra manera de ejercer la paternidad. ¿Ejercemos la paternidad desde las carencias o las experiencias negativas que tuvimos nosotros, nos vamos al lado opuesto o seguimos el mismo modelo?  ¿Hacemos lo contrario a lo que hemos vivido?

Depende mucho, es mucho más complejo. Ojalá fuera tan lineal para poder entenderlo y detectarlo tan fácil. Ejercemos la paternidad desde las carencias, pero también desde los recursos, de las cosas buenas aprendidas, que también hay. En el libro hablo mucho de lo que falta, del daño, porque es en lo que menos foco se ha puesto, pero es importante resaltar que venimos con herramientas que pueden estar fenomenal, o a lo mejor lo son para una etapa pero para otros nos cojean.

El resultado de cómo ejercemos la paternidad es mucho más complejo, aunque es verdad que hay familias que se van al otro extremo y al final la sensación de los niños puede ser muy parecida a la que tuvimos nosotros, y sin querer no estamos dándole lo que necesitan sino lo contrario. Estamos yendo en contra de lo que nos pasó y no estamos escuchándolos.

Expones, a la hora de educar, la necesidad de sustituir corrección por conexión. Quizá habrá quien ponga en duda esto y que diga ‘¿cómo vas a conectar con un niño?’.

Este es justamente el problema, que esta creencia esté tan arraigada y pensar que un niño no se entera o qué problema va a tener si es un niño. Los niños dependen a todos los niveles de los adultos —e incluyo a la sociedad como sostén para las familias—, pero cuando eres dependiente de una persona a todos los niveles, si esa persona piensa que lo que te pasa son tonterías, te vas a sentir mal. Tiene toda la lógica.

También explico en el libro que ese tipo de creencias son una respuesta a que nosotros no hemos sido escuchados y plantearnos que tenemos que escuchar quizá nos haga darnos cuenta de que nos hemos sentido muy solos en nuestra infancia. Este libro es una invitación a atrevernos — acompañados, a nuestro ritmo, con mucho cuidado y en un sitio que se sepa hacer esto— a acompañar esas sensaciones desagradables que tenemos enterradas para no reaccionar de forma que sigamos perpetuando el daño en las generaciones que vienen.

¿Se trataría entonces corregir escuchando?

Me da un poco de miedo la palabra corregir porque suele ir muy ligada a regañar, castigar… Es más reflexionar y acordar cosas nuevas. Un ejemplo muy claro, cuando un niño pega se trata de poder explicarle: ‘Mira, me has pegado, me duele, no me gusta… ¿Qué vamos a hacer a la próxima, cómo te ayudo a que no pegues?’.  Pero lo que no terminamos de entender es que para que los niños aprendan a regularse y a no tener comportamientos inadecuados, necesitan que nosotros estemos tranquilos y así ayudamos a su sistema nervioso a poder tranquilizarse.  De esta forma, cuando tengan picos de emociones muy grandes, nosotros con nuestro trato, nuestro tono y nuestra manera les ayudamos a bajar, y esto se automatiza y terminan haciéndolo solos. Cuando conectamos y les ayudamos a regularse, es más fácil que desaparezcan esos comportamientos. Es neurobiología y está plenamente documentado. Tiene que ver con zonas del cerebro que se configuran de diferentes maneras, con la conectividad del cerebro, el sistema nervioso autónomo…

Dejas claro desde el primer momento que no existe una fórmula universal para ser buen padre o una buena madre, pero ¿podemos acercarnos a ese ideal?

Nunca vamos a ser padres perfectos. Y tampoco sería bueno, seguramente, porque cuando fallamos los niños tienen la oportunidad de ver que no somos perfectos, de cómo reparamos los errores y de no idealizarnos. Van a aprender a gestionar un mundo que no es perfecto y no es respetuoso siempre y no siempre es ideal, y son recursos que va a ir desarrollando. Pero sí es muy complejo y depende de muchas cosas, no solo de que leamos y digamos una cosa concreta. Depende de nuestra situación personal, laboral, de pareja, nuestra historia pasada... Hacerlo complejo genera ansiedad y simplificarlo solo para quedarnos tranquilos tampoco ayuda. Y es en toda esa maraña de cosas donde creo que es importante que como adultos nos hagamos cargo y asumamos que es complejo y que hay que lidiar con esa complejidad.

En general, ¿cómo vivimos la paternidad hoy? ¿La vivimos con ansiedad de querer hacerlo todo bien?

Hay de todo. Hay familias que no se plantean nada y siguen adelante como salga, y sí que creo que hay muchas, especialmente madres, que se están angustiando mucho por hacerlo todo muy bien y muy preocupadas por el daño que vayan a hacer. A veces, es tal la exigencia que el efecto es el contrario porque se frustran tanto cuando lo hacen mal que tampoco hay permiso para que la relación sea real y que haya un día peor y un día mejor. Al final muchas veces los niños acaban cuidando de las madres estresadas para que se crean que lo están haciendo muy bien.

Dicen que los padres de hoy son especialmente sobreprotectores...

Generalizar no ayuda porque hay de todo. Proteger nunca es demasiado. Quiero decir, cuando es una protección real, que se necesita en ese momento, está bien y es nuestra labor. Cuando se habla de una protección de más, hablamos de sobreproteger. Sobreproteger es controlar, es una forma de control diferente, más sofisticada aparentemente que el ‘quédate aquí o te pego’. Pero sigue siendo control, por eso hablo de conocernos y de entender que no le estoy dejando ir con su amigo porque me da mucho miedo que se aleje de mí. Cuando nos damos cuenta de eso y encontramos la forma de gestionar esa necesidad nuestra fuera de nuestro hijo, el niño va a tener espacio, pero toca tomar conciencia. Cuando más nos cuidemos y nos conozcamos los padres y las madres, más orgánico va a salir poder cuidarles bien.

¿Y somos muy estrictos?

Hay gente muy estricta. No tengo estadísticas porque parto de una experiencia personal sesgada que es gente que viene a psicoterapia. Si nos ponemos a hablar y cogemos la parte de la sociedad patriarcal, sí me encuentro que el modelo más autoritario y más estricto lo llevan muchos hombres, aunque, por supuesto, también hay quien no. Y la parte más comprensiva, más permisiva y sobreprotectora, muchas veces la llevan las mujeres.

Ese conectar y entender al niño para ponerte en su lugar como base de la educación, ¿se puede trasladar también a la adolescencia?

Tendemos a compartimentar la vida en infancia, adolescencia y edad adulta como si fuesen diferentes y son un mismo continuo. En esos cambios que suceden en la adolescencia, podemos aprovechar para ver lo que no hemos sabido llevar cuando eran niños, porque se pueden poner de relieve en los comportamientos o en las cosas que nos dicen los adolescentes, y tenemos que hacernos cargo en ese momento, por supuesto. Pero para eso tenemos que entender lo que ha pasado hasta entonces. Qué está ocurriendo en la adolescencia, qué les está siendo difícil o qué nos están diciendo que no les ha gustado en los años previos para poder ir reparando.

Pero el papel de los padres es muy diferente en una edad y otra…

Cuando llega la adolescencia, en condiciones ideales, los chavales tienen cierta autonomía y ya tienen recursos. Cuando hay una relación de seguridad les toca ir comprobando su identidad a la contra de sus padres, sabiendo que si hay algún problema pueden volver al sitio seguro que es su familia. Cuando no ha habido límites en la infancia, ni escucha pues nos toca partir de lo que no está y empezar a ponerlo. Los adolescente tienen una autonomía y la posibilidad de actuar de los padres no es la misma, hasta en lo relativo al tiempo, y hay que buscar otras formas para intervenir y ayudarles, y ser más creativos.

Hablas de límites porque los niños los necesitan…

Absolutamente. Los padres somos padres, no somos colegas. El rol de padres es un rol de autoridad, respetuosa y firme, estableciendo unos límites. La cosa es que límites y castigo han tendido a estar muy ligados y los límites pueden estar completamente desligados de castigos y amenazas. 

Beatriz, en estas últimas semanas se ha hablado mucho de bullying, de niños que lo sufren con consecuencias terribles. ¿Qué hay detrás de un niño que ejerce bullying y que hay detrás de los padres que niegan que sus hijos puedan hacerlo?

Los chavales que acosan en el fondo se sienten mal, son víctimas también. Los chicos no buscan poder porque sí. Más allá de la relación con los padres, las jerarquías que se desarrollan en los colegios, las estructuras de los colegios… cuando un niño se siente bien no necesita ejercer su poder de esa manera sistemática y tan bestia. Les ponemos como delincuentes pero, espera un momento, esto es una señal de mucha alarma a la hora de intervenir y hay que ver qué pasa por debajo. Por supuesto, hay que ver cómo se limitan los comportamientos, pero no van a poder cambiar la manera de comportarse si no tratamos la sensación de indefensión o de lo pequeñitos que se deben sentir por dentro para hacer eso.

¿Y el padre que lo niega?

Es un padre que está desconectado. No podemos idealizar a los niños y los niños hacen cosas inadecuadas: pegan, muerden, pierden los nervios… y puntualmente es normal y hay que escucharlo. Ahora, si no podemos escucharlo porque nos da vergüenza porque nos pone contra la pared... Hemos de asumir que hay una parte de responsabilidad de los padres y hay que cogerla y tratarla, si no les estamos dejando solos.

Este artículo apareció originalmente en El HuffPost y ha sido actualizado.

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