BCN Film Fest 2022 - Día 3: Nunca te prometí un festival de rosas

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Photo credit: The world champion
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Como si las dos jornadas anteriores se fusionaran en una, este sábado 23 de abril dio sus primeros pasos bajo la lluvia, dio un soleado respiro al mediodía, desencadenó las fuerzas de la naturaleza (sin Sandra Bullock y Ben Affleck) con una granizada, paró, volvió a llover y así todo el bendito (es Sant Jordi) y/o maldito (en vez de estar con los amigos que firman libros bebiendo, que es algo tan placentero como echar una rúbrica a ese título que luego no estará entre los –olvidables- más vendidos, tuvo uno que cubrir la jornada más abigarrada del BCN Film Fest) día. Tamaña variedad y cantidad de giros argumentales no se había visto en el cinema català desde el documental sobre la huelga de hambre de Antoni Ribas delante de la Generalitat. Así que, paraguas de nuevo en mano, el cronista de esta sexta edición festivalera se dirigió a primera hora hacia ese barrio de Gràcia donde el número de establecimientos “sostenibles” por metro cuadrado sobrepasa al de memes de Nicolas Cage.

Al subir al metro, un mensaje orwelliano informaba de la presencia de controles aleatorios para evitar el fraude, léase la gente que viaja sin billete o título válido de transporte. Un pensamiento me asaltó y me acompañó hasta que llegué a mi destino: controles aleatorios para evitar el fraude… en un festival de cine. Oh, qué bendición sería. Inspectores que antes de que uno tenga que tragarse el bodrio del día (del año en ciertas ocasiones como la de la matinal del Festival de hoy) expulsan de la cabina a la película (o lo que sea) en cuestión. O que requieran, no hace falta que sea amablemente, a los directores si llevan el billete que les capacite para no solo rodar un film, sino para tener la osadía de enseñárselo a crítica, prensa y público. No va a ser únicamente hacerle soplar el detector de alcohol a Oliver Stone cuando acuda el próximo lunes. Pero, en fin, pensamientos que le asaltan a uno antes de que directores (o algo así) venezolanos le asalten a uno a traición.

Cada día que llego a mi destino en los multicines Verdi una chica muy simpática, todavía con la mascarilla puesta, con una carpeta en la mano, toma nota de quienes van a entrar en las sesiones del BCN Film Fest. Supongo que es una manera de controlar previa a que nos instalen el programa Pegasus cual si fuéramos la alegre muchachada del procès, cosa que se revela sin sentido porque cuando accedes a las salas presentas la acreditación, leen el código de barras con un escáner y aparece una autorización (además de todas las fotos picaronas que están en tus redes sociales) en un PC que te permite por fin tomar acomodo en una butaca, preferentemente aislado de los inevitables cretinos que todo festival que se precie acoge. ¿Para qué entonces esa anotación manual, esa lista en un folio en una carpeta? Lo ignoro, pero ese no es el mayor misterio del asunto: esa chica, muy simpática y todavía con la mascarilla puesta… no me pregunta mi nombre porque se dirige a mí por este. ¿Cómo sabe quién soy? ¿Acaso nos conocemos? ¿Quién es Harry Kellerman y porqué va diciendo esas cosas tan horribles de mí? Bueno, esto último es de Ulu Grosbard y Dustin Hoffmann, no de la muy simpática chica con una carpeta que toma notas de nombres y que sabe el mío. Si lees esto, por favor, no rompas el misterio y alimenta un poco mis fantasías.

Era Sant Jordi y es cierto que podría haberle llevado una rosa a esa chica muy simpática con la mascarilla todavía puesta y una carpeta y un bolígrafo en la mano. No seré yo quien no quiera debatir respecto al adulterio, de hecho mi esposa y yo hacíamos terapia en la mesa roja de los Smith (Jada y Will), aunque igual no era hoy el día ideal porque mi dosis de romanticismo se agotó con el encargo de que un fornido mensajero entregara una rosa en casa mientras yo me someto a la cinefilia y la obligación festivaleras en los Verdi.

Ah, Sant Jordi… Barcelona llena de gente de nuevo paseando con sus rosas y sus libros; autores en las carpas firmando a destajo o no firmando nada y clavando agujas al muñeco vudú del autor mediático de turno o al político de turno. Barcelona rebosante en Sant Jordi de enamorados y de carteristas, estos últimos todavía no sindicados, algo que nuestra alcaldesa de seda seguro que resolverá pronto.

Softcore Maduro

Lo que no se resolverá pronto es el daño neuronal que quien esto escribe (o algo así) ha sufrido por culpa de Jezabel. No, no el clásico de William Wyler con Bette Davis y Henry Fonda, una maravilla que conseguía que vieras el rojo de un vestido en una película rodada en alucinante blanco y negro. Esta Jezabel es uno de esos largometrajes que llegan a irritarte tanto que debes luchar para que eso no se convierta en algo personal. Se pretende tan rompedor y osado que acaba siendo carca y conservador, moralizante en la peor acepción del término y con un supuesto final sorpresa que certifica de una manera vergonzosa y vergonzante el daño que Una joven prometedora y todas las obras en esa onda están haciendo al cine. Al cine que me interesa, claro.

Me había propuesto no ser demasiado severo (ni siquiera lo es solo el Dante de la Escuela de Barcelona) con Jezabel y su infantil sentido de la provocación, y tal vez sea mejor que se ahogue en sus ínfulas y en su simpleza absoluta, en sus ridículas escenas de sexo y en la obsesión por pasarnos por la cara, cual pubis depilado, una serie de mensajes que eran ya anticuados cuando se escribió Menos que cero… o Historias del Kronen. Jezabel es ciencia-ficción, además de porque parte de su trama transcurre en una Venezuela del año 2033 donde se celebran elecciones democráticas libres, porque nada es creíble en esta historia de adolescentes que follan, se drogan y arruinan las vidas de los demás tan solo por entretenerse. No, no estamos ante unas Crueles intenciones de la Venezuela del 2017 con ecos de trauma de garrafón en el 2033. Estamos ante una especie de episodio alargado (como si los episodios de la serie no lo estuvieran ya) de Élite donde se suceden coitos (homosexuales) con variación de participantes en ellos y una muerte misteriosa que se resuelve de una de las maneras más cobardes que se recuerda. Cobarde es en el fondo la película, y mucho. Lo es políticamente aunque a nadie le interesen sus burdos apuntes sobre la revolución, Maduro y las becas (o el porno) en España. Lo es en cómo trata a los personajes, sean víctimas o verdugos. Lo es porque acaba volviéndose tan mentirosa, pacata y cristiana (el pecado, la culpa, el remordimiento, el castigo bla, bla, bla) como lo son sus protagonistas en la edad juvenil y con casi veinte años más.

Jezabel es la negación (no hablaré ya de calidad literaria) de Los cachorros de Mario Vargas Llosa. La negación desde unos tiempos que asustan, sean el 2017, el 2033 o el 2022 de lo que fue una vez un cine valiente.

Photo credit: La batalla del lago Changjin
Photo credit: La batalla del lago Changjin

Lago para recordar

Cronista precavido vale por dos (y cobra por medio) y viendo que las casi tres horas de duración de la primera parte de la épica La batalla del lago Changjin coincidían con una intervención radiofónica especial en el programa Tot és Comèdia de SER-Catalunya celebrando junto al público la diada de Sant Jordi, di buena cuenta de ella días antes y en la comodidad de mi leonera cinéfila donde puedo beber y comer sin que nadie me mire mal. O puedo ver las películas desnudo, algo que hace que te relaciones en igualdad de condiciones con muchas de las películas, sean o no de Gerard Damiano.

A falta de rematar esta mastodóntica producción china con el visionado, en sala verdiana y dentro del BCN Film Fest, de su secuela de nada más que dos horas y media de duración, quede por escrito que estamos ante un título tan espectacular (se adivina a Tsui Hark, uno de los tres directores acreditados, en las escenas de acción) como discutible ideológicamente, cosa que no voy a hacer porque es una película china y el discurso patriota viene de fábrica (los malvados soldados norteamericanos en Corea atacando a los hermanos comunistas norcoreanos durante la guerra de principios de los años 50 del siglo XX) y porque al final lo que queda, y lo que priman no solo Hark y Dante Lam, sino también Chen Kaige en el retrato (a veces hasta nada complaciente) humano, es cómo la heroicidad es a veces una cuestión de mala suerte.

La batalla del lago Changjin sublima su parte propagandística con un acercamiento tan físico como anímico a ese grupo de voluntarios chinos que entraron en Corea para ayudar a la facción comunista a plantar cara al ejército de Estados Unidos. Muchas escenas dilatan la suerte de estos combatientes, asimismo de los “enemigos”, para que seamos partícipes de que mientras una idea no muere, un ser humano sí. A ver si la segunda parte mantiene estas virtudes. Ya veremos.

Photo credit: Getty Images
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Tenemos que hablar de Ennio

A la espera de que salga a la calle, cual licenciado en escraches, el próximo número de FOTOGRAMAS y tengan ustedes a bien (o no) leer en él la crítica de Ennio: El Maestro, voy a ver si no me hago autospoilers y puedo trasladar con otras palabras y razones el porqué es de obligada visión este documental que Giuseppe Tornatore ha dedicado a su amigo y colaborador, el grandioso compositor fallecido el pasado año Ennio Morricone.

Imprescindible dejarse llevar por la aparición desde ultratumba de un Morricone en su casa de Roma (actualmente a la venta) que parece esconder en una actitud en ocasiones distante o enfadada a un genio que trata de despojar de importancia a su genialidad cuando en su fuero interno sabe que es un grande a quien ciertas críticas se empeñaron durante años en calificar como el tipo aquel de los grititos en los westerns de Sergio Leone y “los hijos de puta” (Leone dixit) que siguieron la estela de Por un puñado de dólares.

Ennio: El Maestro va más allá, mucho más allá, de las increíbles e influyentes melodías para los eurowesterns y aquellos otros géneros ¿¿¿menores??? como el giallo, el policíaco o la comedia. Deja en esa parte del exhaustivo documental (150 minutos) pistas de cómo Morricone conectaba esos encargos de un cine plenamente comercial con los considerados de autor. Descubrir (nosotros los profanos, no expertos en la música de cine y en especial en la devoción a San Ennio como el gran Conrado Xalabarder, en las páginas de FOTOGRAMAS desde que a Morricone le regalaron la primera guitarra) que en las composiciones para Pasolini entraban registros y notas que se complementaban con las que sonaban y construían las peripecias de los antihéroes del cine de, por ejemplo, Sergio Corbucci es algo fascinante y esclarecedor: un discurso político, profundamente anarquista, une ambos mundos.

Las declaraciones y el día a día de un Ennio Morricone a poco de fallecer son el toque de inmodestia que contrasta con los invitados especiales y estelares que aparecen en el documental, un listado de entrevistados que van de Quentin Tarantino a John Williams pasando por la gran parte de directores que contaron con el compositor para sus largometrajes conscientes o no de que era Morricone quien acababa dando un sentido especial a sus películas convirtiéndose en un director y en un guionista desde el pentagrama, los arreglos y la ejecución frente a una orquesta.

Quizás algunas entrevistas y entrevistados no aporten al final demasiado ni sobre quién era Ennio Morricone o qué eran sus bandas sonoras, qué significaban y cómo se convertían en algo orgánico que además llegaban al público de una manera asombrosa. Quizá se nota a faltar un poco de ese pasado y ese otro Morricone de las canciones y el panorama pop italiano durante décadas. O de su vida personal y metodología de trabajo, la cual se trata de hacer visible más como un ejercicio de alquimia y de magia. Porque magia es la música de Morricone. Y mágico este último saludo desde el escenario, desde el Más Allá, que Tornatore ha concebido como una película de Leone, como un western a la búsqueda del oro y del éxtasis que supone encontrarlo. O creer que lo has encontrado.

Los gritos del silencio

En una de esas incompatibilidades de horarios con las que servidor acostumbra a vérselas en el Festival de Sitges (el otro certamen que no se avergüenza de tenerme por allí profesionalmente vaciando minibares en hoteles), los 158 minutos de la canadiense y francófona Maria Chapdelaine (mañana la recupero, palabra) hacían imposible poder asistir a una de las agradables sorpresas de última hora en la sección oficial del BCN Film Fest, el retorno, tras catorce años de inactividad desde que se estrenara Una palabra tuya, de Ángeles González Sinde a la dirección, no de un ministerio o de una academia de cine, sino de un largometraje. El comensal supone el regreso de una voz muy personal y especial dentro de nuestro cine, voz que hemos seguido teniendo presente gracias a sus artículos en prensa y novelas. Afortunadamente la política no ha dejado huellas en la González Sinde artista (no sabemos qué nos depararía una Ada Colau directora apadrinada por, no sé, Isabel Coixet) y eso que El comensal, el espléndido trabajo que nos la devuelve a las pantallas, primero las de este Festival dirigido por otra mujer (cierto) como Conxita Casanovas, y en junio en las de todos los cines que se precien (y queden abiertos y no mutados en un supermercado o una tienda de las de Compro Oro), posee a primera vista un componente político que al final resulta ser lo de menos.

El comensal adapta la novela homónima y autobiográfica de Gabriela Ybarra que en el año 2015 supuso todo un fenómeno editorial en cierta medida parecido al que la más mediática y conectada por la temática del terrorismo de ETA Patria de Fernando Aramburu lograría al poco. Si se me permite la herejía he de decir que prefiero el texto de Ybarra al de Aramburu y que me parece que hay más verdad y menos artificio en él que en el, no por ello no destacable como bestseller político carne de miniserie, de Aramburu.

Me gustaría pensar que Ángeles González Sinde también ha visto en El comensal novela lo que va más allá del terrible asesinato del abuelo de la autora del libro a manos de la banda terrorista ETA: una historia sobre la muerte como un ente físico que nos acompaña en forma de gran vacío y de dolor. La muerte y el dolor de una pérdida injusta en la persona del asesinado a sangre fría, y la muerte y el dolor de una familia asesinada por el recuerdo, el odio, la incomprensión y la presencia de un comensal invisible perpetuo en la mesa de nuestras vidas detenidas a la fuerza. González Sinde habla de estas sensaciones y dota de una fuerte presencia a esa muerte (la enfermedad de la madre), casi la corporeiza y deja que todos sus personajes dialoguen con ella, le increpen o le supliquen.

El comensal, que ojalá no se compare de manera odiosa con la (exitosa) Maixabel de Iciar Bollaín (otra directora; el futuro es mujer) con la cual presenta evidentes contactos, se convierte (¡en la tercera jornada del Festival! ¡Cómo somos los plumillas!) en una de las favoritas de este certamen y en uno de los títulos a tener en cuenta en los próximos meses. Una película sincera, emotiva, dura, esperanzadora y que reafirma también lo bien que se le da a la directora el dirigir a actores, en especial sus ya fetiche Adriana Ozores y Ginés García Millán, a quienes se suma una (otra vez) espléndida Susana Abaitua.

Photo credit: The world champion
Photo credit: The world champion

Alfil-nal de la escapada

La última película que le quedaba a este juntaletras para poder abandonar los Verdi para cenar algo, echar un vistazo a la final de la Copa del Rey entre el Betis y el Valencia para finalmente ponerse un bluray con algo que le permitiera desconectar del día de hoy, no tuvo el detalle de durar 80 minutos (de los que se soportan, no de los que se hacen más eternos que Ione Belarra analizando El triunfo de la voluntad) y los 145 minutos de metraje de The World Champion ocuparon un lugar cual espada de Damocles sobre su despejada cabeza. 145 innecesarios minutos, pero no tanto como los absurdos comentarios de algunos de esos cretinos de los que escribía al comienzo de este artículo (si ha llegado usted hasta aquí se merece un premio: póngase en contacto con la web de FOTOGRAMAS y se le hará llegar un desplegable de nuestros redactores teletrabajadores) y que, sin ver todavía el film, pontificaban sobre la “oportunidad” e “idoneidad” de programar una producción rusa. Sí, deben ser de eso que vetaron un Tarkovski (el represaliado Andrei Tarkovski) porque era ruso y, claro, no es lo “preceptivo”. Un Damocles de 145 minutos, ganas de llegar a casa (espero que el fornido mensajero de la rosa ya no esté), ver qué libros (cómics incluidos, que libros son, caramba) me esperan como regalo, cenar, no pensar en que mañana domingo debo volver por aquí… y ahora aguantar a cretinos. No me pagan lo suficiente.

No recuerdo si el BCN Film Fest había anunciado la presencia a propósito de The World Champion del mismísimo Anatoly Karpov que es el protagonista (un actor le da vida) del film. O tal vez era Kasparov. No sé. Suena un poco a la situación actual de la invasión y guerra (vergonzosa) de y en Ucrania. No sé-parte 2. Me parece que el festival le habría recibido bien (los cretinos de antes no sé-parte 3) y hasta la alcaldesa de seda se habría hecho una foto con él.

En fin, vayamos a los innecesarios 145 minutos que Aleksey Sidorov emplea para comparar la Guerra Fría (1978) y las miserias internas de una URSS en clara descomposición con una partida de ajedrez. No se trata de Oriente contra Occidente o el Edén comunista contra el Infierno capitalista yanqui, sino el de un ídolo y símbolo del régimen, Karpov, contra su maestro, un desertor del comunismo y de la URSS, Korchnoi. Es significativo que si en 1978 hubieran convertido este duelo sobre las casillas de un tablero en una ficción cinematográfica no habría sido muy diferente de lo que es The World Champion, una desesperada celebración de un futuro de autárquico esplendor y propaganda internacional que una cerebral y psicológica disección de la genialidad y del eterno tema del alumno contra el maestro. Los más inspirados instantes de los 145 minutos de The World Champion son los que aíslan completamente a ambos contendientes del entorno político y se centran en una relación que combinó amistad, temor y respeto. Una contienda, una partida en la que solo puede haber un vencedor. O no. O ninguno. Como western (un duelo lo es con pistolas o con piezas ajedrecísticas; son dos personas la una frente a la otra mirándose y decidiendo cuando será el jaque mate), The World Champion se deja ver muy bien, y consigue que algo tan en apariencia estático como un par de tipos en una mesa con un tablero (un mundo) entre ellos resulte en varias secuencias (las más sencillas y sin menos subrayados) apasionante.

Salen blancas y sale servidor a una hora en la cual solamente jugaría al ajedrez alguien emperrado en que le atraquen y le violen en el neoyorquino Central Park. No, en Barcelona no, imposible. No se juega al ajedrez.

Vuelvo a casa.

Mañana más.

Al menos se intentará.

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