BCN Film Fest 2022 - Día 2: El largo viernes y tanto

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Lo que son los contrastes. Ayer el diluvio universal, acaso llorando por el adiós a última hora de la tarde de Jacques Perrin, él que tan bien dejaba vaciar el lagrimal en el final de Cinema Paradiso, y hoy sol. Las previsiones dicen que volverá a llover mañana sábado, pero a estas alturas uno no piensa en el mañana, o al menos no más que quienes miran las recaudaciones en taquilla de las (pocas) películas que se estrenan. Así, el cronista dispuesto a afrontar su segunda jornada en el BCN Film Fest 2022 (resultaría curioso que fuera el BCN Film Fest del 2021, algo indigno hasta de una película de viajes en el tiempo mumblecore) recibió la luz solar con alegría para sumergirse en la oscuridad de la sala de los multicines Verdi. Un largo viernes, sí, pero menos de lo que se adivina mañana sábado, aunque como diría Escarlata O’Hara si no la cancelaran hoy por cualquier memez, ya lo pensaré mañana.

Un cuarteto estelar en forma de largometrajes se presentaba ante este humilde periodista como la oferta de un viernes en el que el sol en el exterior, las previas de Sant Jordi y los primeros actos relacionados con el Festival invitaban a pasearse sin mascarilla por una radiante Barcelona. Quienes demostraron mayor vista y olfato en esto fueron quienes despertaron de su letargo cinéfilo y profesional ante el mantra que recorrió ayer este certamen y sus aledaños: mañana Netflix da un cóctel, pronúnciese con admiración, asombro y ansia viva. Pues sí, Netflix daba un cóctel en el hotel que centra la mayoría de presentaciones, photocalls y entrevistas varias. No menciono el hotel porque me ha poseído el espíritu de alguna influencer, pero esto se arregla con una suite luna de miel o con un vale para el spa. Ni presentaciones, ni photocalls, ni entrevistas varias. La sola mención de la palabra cóctel (gratis, obviamente) despertó al periodista y crítico de cine que duerme y allí se presentaron como plaga de langosta, que definiría John Schlesinger, sin ni siquiera pensar en los datos en bolsa de Netflix y seguro que la mayoría de ellos unos malandrines de esos que comparten contraseña. Pero en fin, ojalá que entre copa y copa, entre canapé y canapé, también recordaran (supongo que los dioramas y carteles estarían presentes por doquier) que tal acto de generosidad se debía a y era por Amor de madre, la divertidísima comedia de Paco Caballero con un guión de esos de oro (Rondel Oro) escrito por Adolfo Valor y Cristobal Garrido, quienes hallan en la plataforma del cóctel la mora que quita la mancha de esa otra mora plataforma (Movistar, vamos) que canceló una segunda temporada de la excelente Reyes de la noche. Soy muy mal pensado, lo reconozco, y encima no pude acudir al susodicho cóctel porque mi deber hacia ustedes, lectores de FOTOGRAMAS, me ataba a la butaca verdiana para seguir la sesión continua de las secciones oficiales del BCN Film Fest, pero pondría la mano en el fuego, cual Díaz Ayuso por Almeida, en que un alto porcentaje de las langostas que acudieron al cóctel en ese hotel de cuyo nombre no quiero acordarme ni tan solo había visto la película. Pero, claro, entre un cóctel, hacerse un selfi con Carmen Machi y con Quim Gutiérrez (y luego asegurar que se trata de Jake Gyllenhaal) o ir a ver un largometraje que ya se verá la semana que viene en Netflix gracias a una contraseña compartida, pues eso, que no hay color.

Si no hacer acto de presencia en el cóctel me supo mal (¿alguien puede decirme si hubo surtido de ibéricos?), ahorrarme la actividad paralela sobre literatura y cine que se celebró por la tarde en la Casa Seat (que no la Casa Gucci) no me va a quitar el sueño, más que nada porque poca cosa tenían que ver los autores y obras (que confieso que no voy a leer) que se presentaban con el cine, salvo la querencia por los cócteles. Más que cócteles, el viernes invitaba más a El almuerzo desnudo de David Cronenberg que se volvía a ver a las 19.30h dentro del ciclo dedicado al productor Jeremy Thomas. Sí, existió un tiempo en el cual el cine era arriesgado y comercial a la vez. En el cual un viernes no se hacía nunca largo, las máquinas de escribir eran orgánicas (como las que debe seguir utilizando el colega y amigo Gregorio Belinchón, enviado especial de El País al festival) y conversabas con insectos mutantes en la barra de un bar de Tánger con la misma alegría y calidez que con la quien esto escribe lo ha hecho a primera hora de la mañana en el pase de Amor de madre con su compañero, jefe y a pesar de ello amigo Roger Salvans.

Photo credit: Netflix
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Sígueme el rollo, hijo

Como suele afirmar, y servidor lo suscribe, otro colega y amigo, Kiko Vega, estoy en Netflix por Adam Sandler. No he visto ni un miserable episodio de, no sé, Los Bridgerton, y la mayoría de los “Originales de Netflix” me miran tristes desde el menú de la plataforma en un vano intento de seducirme incluso apelando a extraños algoritmos que ni nuestro presidente Pedro Sánchez lograría desentrañar. Vuelvo a reafirmarme: estoy en Netflix por Adam Sandler. En un par de meses tendré, tendremos, la nueva ración del genial cómico y actor y volveré a ser feliz. No obstante, el espíritu de Sandler y de sus comedias se me ha aparecido viendo Amor de madre, la mejor comedia de Adam Sandler sin Adam Sandler que tuiteaba con urgencia alguien muy sabio entre película y película en este BCN Film Fest.

Amor de madre, que podría asimismo ser una suerte de secuela de 3 bodas de más de Javier Ruiz Caldera (para quienes los guionistas de la cinta de Paco Caballero escribieron la soberbia y muy John Hughes Promoción fantasma), se divierte recreando esa comedia de Adam Sandler que ya hemos visto pero como si fuera una nueva que vemos por vez primera. Poco cuesta cambiar el resort de Isla Mauricio por los de Sígueme el rollo o Juntos y revueltos. De ambas toma también el enredo de las falsas parejas unidas por un equívoco/engaño, los secundarios de lujo (esa Yolanda Ramos que es la Terry Crews de Cornellà) y una ternura (que recuerda a la de la magistral 50 primeras citas) que se va dejando ver sin alterar el tono humorístico clásico. Quim Gutiérrez se convierte en el homo Sandler tipo: peterpanesco, alérgico al compromiso y a aceptar su lado más emotivo, amén de imán de desastres (aunque lo de las medusas es patrimonio del Ben Stiller de la farrellyana Matrimonio compulsivo, como Farrelly son los gags escatológicos). Sin embargo, ojo, esa madre que encarna Carmen Machi en su mayor logro hasta la fecha dentro de la comedia es sandleriana en su inocente descaro, en su carpe diem y en su madurez disfrazada de inmadurez. Ojalá un remake USA con Adam Sandler (claro) y Bette Midler (o Lainie Kazan, que ya es parte de la troupe Sandler).

Adam Sandler, pero, seamos justos, lo que está en Amor de madre, en su milimétrica construcción de situaciones, gags y descripción/evolución de personajes es el talento de sus dos guionistas: Adolfo Valor y Cristóbal Garrido. Con un material así era difícil que Paco Caballero, el director y un especialista más que contrastado en el género, no nos regalara una de las comedias del año. José Luis Rodríguez “El Puma” approves.

Testigos de cargo

Existe una nada sutil y significativa diferencia entre el título que tendrá el film de Yvan Attal en nuestro país, El acusado, y el que tiene en el original francés (la novela que adapta también), Les choses humaines. Cosas humanas que afectan no solo al joven acusado de violación (Ben Attal, cuya inexpresividad le sienta como anillo al dedo a la perseguida ambigüedad del personaje) sino a su víctima, a los familiares de ambos y a todo ese entorno judicial y mediático que hacen de esa atroz acusación una de esas cosas “humanas” que venden periódicos, horas de televisión y de internet donde cuesta mucho no quedarse en la superficie de los protagonistas o de esa violación que (de una manera terrible) se deshumaniza y sirve al engranaje del juicio y de los medios de comunicación.

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Cosas humanas que acaban acusando en El acusado una especie de exhibicionismo, incluso formal (las escenas de la vista y del juicio están más al servicio del lucimiento visual del director que de la dramaturgia), que juega en contra del conflicto moral alrededor de la imposibilidad de una única verdad. El largometraje de Yvan Attal llega en unos días (años) donde ciertos temas sitúan a los creadores de ficción en un campo minado del que es difícil salir ilesos. Quizás por ello El acusado acaba pareciendo un episodio de la miniserie Alba de 130 minutos antes que, no sé, aquel incómodo (más viniendo de Hollywood, un Hollywood ya castrado) Antes y después de Barbet Schroeder con Meryl Streep, Liam Neeson y Edward Furlong.

El acusado no se moja en el debate moral, social y de género que plantea. Le da miedo. Un temor que se resuelve facturando un drama judicial tan vistoso y apañado como de fácil digestión apoyado en interpretaciones lucidas, en especial las de Charlotte Gainsbourg y Mathieu Kassovitz. Qué lamentablemente lejos queda aquella Anatomía de un asesinato de Otto Preminger, aquella Lee Remick a quien hoy cuestionarían las a quienes abrió el camino y aquel final con un zapato de tacón en una papelera.

Maullidos de creatividad

Benedict Cumberbatch irá ¿a divertirse? este próximo martes en El Hormiguero. Peor para él, no para la promoción de la nueva del Doctor Strange, porque podría haberse pasado este fin de semana por el BCN Film Fest y así apoyar la première española de la excéntrica, artística, gatuna y biográfica Mr. Wain. Si era cuestión de emular a Pablo Motos y su chiringuito no habría habido ningún problema: estoy convencido que la directora del Festival, Conxita Casanovas, sería la primera en ponerse un calcetín guante en la mano con ojos saltones y dar paso a un coloquio con Cumberbatch al más puro estilo Trancas y Barrancas.

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En fin, es lo que Benedict se pierde y lo que se pierde Mr. Wain una propuesta que necesita que alguien sepa venderla al público con mayor convicción, garra y gracia que estas pequeñas líneas en una crónica diaria (y quedan ¡siete más!) festivalera. Biopic del decimonónico inventor y artista inglés Louis Wain (Benedict con bigote y modos de Eddie Redmayne), el film de Will Sharpe consigue lo que Tim Burton no lograba en otro retrato biográfico y pictórico “raruno”, la fallida Big Eyes. Mr. Wain celebra el estallido de la rareza vital y artística del personaje como una más que agradable reivindicación de la locura. De hecho, Mr. Wain no anda muy alejada de propuestas Disney como Un sabio en apuros y Un sabio en las nubes (los inventos de Wain, un Tesla Franz de Copenhague en una Inglaterra victoriana casi salida de Mary Poppins) y de la excentricidad británica del primer Richard Lester.

Crónica de cómo un tipo espigado que se diría salido de un relato de H. G. Wells o de Chesterton pasa de estar bajo un divertido matriarcado (una madre y cinco hermanas que en los viejos buenos tiempos habría sido encarnadas todas por un Alec Guinnes o un Peter Sellers convenientemente disfrazados) a estar dominado por la mujer de quien se enamora y sobre todo por un gato. Gato que dará pie a la obra gatuna de Wain, un despliegue de arte felino que no deja de ser el retrato de Dorian Gray de un tipo tan raro como excepcional.

Jolines, Benedict, pudiendo codearte con los gatetes del barrio de Gràcia amadrinados por Ada Colau y te vas con la Marvel al hormiguero ese. Bueno, que sepas que defenderemos a muerte o a maullidos Mr. Wain.

Más Duras será la caída

Las 17.30h marcaba el reloj cuando este cronista se disponía a dar por cerrada su jornada (no cócteles a la vista) con el visionado de Quiero hablar sobre Duras. Lo de solamente hablar era ya un aliciente. No se trataba, por fortuna, de leer a Duras o de flagelarse viendo las películas (¿?) de Duras. Bien, de momento, porque esta anodina puesta en imágenes (la directora Claire Simon anda por el Festival, espero que en algún cóctel para así no coincidir) de las conversaciones que Yann Andréa tuvo con Michèle Manceaux a propósito de la relación de este con Marguerite Duras nunca despierta el interés sobre los implicados en esta historia ¿real? ¿inventada?. La obsesiva fidelidad a esa charla lastra un largometraje que se ve incapaz de dejarse llevar por la manipulación/seducción del relato oral, de imprimir la leyenda y mandar al cuerno la realidad. Lo que pedía a gritos ser un Entrevista con el vampiro (literario, de mitos y de carencias afectivas) que derivara en el off de El crepúsculo de los dioses con una Marguerite Duras Norma Desmond del nouveau roman y de la Francia previa y posterior al mayo del 68, y un intruso/parásito ejerciendo de gigoló intelectual.

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Claire Simon comete la equivocación de hacer de Quiero hablar sobre Duras una película tan dispersa y discursiva como las que firmó la escritora francesa cuando lo que de verdad requería era romper ese estilo frío y geométrico alrededor de la memoria, el tiempo y los sentimientos. O, la que tal vez sea la clave de esa conversación y de lo que debería haber sido el film: una variación enfermizamente crepuscular y epilogal de El amante, el autobiográfico texto de Duras que mejoró Jean-Jacques Annaud al llevarlo a la gran pantalla. Gran pantalla que le viene demasiado grande a Quiero hablar sobre Duras.

Segundo día del BCN Film Fest listo.

Un largo viernes, y tanto.

Ya no hay sol cuando este cronista sale al mundo exterior. Cervezas con ese nombre sí. La vida siempre te acaba sonriendo. Más que un gato a Benedict Cumberbatch.

Hasta mañana.

Creo.

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