BCN Film Fest 2022 - Día 4: Esa risa, vida mía

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Photo credit: A contracorriente
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Hay que mirar siempre el lado luminoso de la vida, el vaso medio lleno y un Festival de Cine por las risas y buenos momentos (incluso relacionados con lo cinematográfico) que te proporciona. Por mucho que estés en una cruz cual el Brian de los Monty Python hay que echarle optimismo a todo y esperar que una sonrisa, que una risa nos de la vida. Este domingo 24 (y Jack Bauer sin hacer acto de presencia) esas risas presidieron el BCN Film Fest, al menos en la parte que le tocó a este que les relata sus experiencias diarias, desde antes y todo de apagar las luces de la sala e iniciar la primera proyección. Risas que se imponen a la noticia el sábado noche del adiós del gran Tomás Summers, quien seguro que habría querido que le recordáramos como un pope del humor, sobre todo en programas de TV donde descubrió a cracks como Chiquito de la Calzada (bueno, y a Paz Padilla antes de haberse convertido en una secundaria de Red State). Esos semáforos con siluetas y latiguillos Chiquito… Menuda envidia. Por aquí acabaríamos teniendo motivos hipsters y diseños MACBA pagados a precio de las rosas que se adquirieron ayer por Sant Jordi. Recordar con una sonrisa, con una risa que es vida, a este miembro del clan Summers es hacerlo asimismo de su hermano Manuel, el enorme cineasta y humorista gráfico, con quien colaboró en los guiones de varias de sus películas. Ojalá alguna vez algún festival homenajeando a Manolo Summers en vez de acumular documentales pictóricos o de audiocomentarios del Reina Sofía.

Ojalá también una Barcelona con una sonrisa, que este domingo era evidente. El BCN Film Fest ha sido una de las razones: el público ha vuelto a responder acudiendo en cantidades más que importantes a las diversas propuestas y sesiones, incluidas las excursiones a la retrospectiva de la sección “Imprescindibles” en la Filmoteca de Catalunya, que oigan, lo de ir del barri de Gràcia al Raval es un trayecto que ni Snake Plissken yendo a Nueva York o a Los Angeles. Espectadores felices, organización feliz, patrocinadores y colaboradores felices y estamentos políticos más risueños todavía. El ir a ver películas… pues eso no, a la inauguración y clausura y basta, pero la marca Barcelona muy por encima de la del anteriormente conocido por jugar a fútbol equipo llamado Barça. Risas porque esos malvados huelguistas que querían hoy haber dejado la Ciudad Olímpica del perroflautismo llena de basura sin recoger se vieron obligados a desconvocar el paro para alegría de esa adalid de la cultura que es nuestra alcaldesa. ¿Para cuándo un biopic de Ada Colau dirigido por Ken Loach que inaugure el BCN Film Fest en la próxima edición? ¡Que tiemblen los David Mamet y Danny De Vito de Hoffa!

Una Barcelona limpia que invita a pasear e ir a festivales de cine a echarse unas sanas e inteligentes risas con las tres comedias de la jornada. Sin basura en sus calles, ni siquiera sostenible, que tengan que alimentar a las gaviotas, sobre todo a esas que han okupado con todos los derechos del mundo el abandonado delfinario del campo de concentración de animales que solían llamar zoo. Por favor, un zoo en Barcelona. Un festival de cine sí, que en él los animales nos movemos en libertad, pero un zoológico, ni con Matt Damon y Scarlett Johansson al cargo. Liberamos a los delfines, no se sabe si siguiendo el consejo de Leslie Nielsen en la última de Agárralo como puedas: usar a los delfines para hace comida para gatos. Una Barcelona sin delfines esclavizados pero con gatos lustrosos en hogares lustrosos de amos lustrosos. Así los gatos no tendrían que trabajar y serían las gaviotas del delfinario abandonado okupado las que se encargarían de las ratas.

Pero bueno, volvamos al Festival porque el tema de las comidas (sostenibles) y de lo social ha estado presente con la presentación de la social, culinaria y más francesa que una baguete La brigada de la cocina (mañana la comento), Acto que ha corrido a cargo de los mediáticos hermanos Torres en un acertado guiño de los programadores del BCN Film Fest porque unas horas más tarde se podía ver en el ciclo Jeremy Thomas un film de David Cronenberg (Crash), quien firmara una obra maestra sobre otro par de gemelos: Inseparables. Un Inseparables con los hermanos Torres. Compro. No, pago. Por cierto, y hablando de Jeremy Thomas, no había dicho nada ni sobre el afiche de esta edición del Festival ni sobre la careta animada que vemos antes de cada sesión. Debería haberlo comentado, pero tras las hipsteradas a lo Amélie de otros años tenía la parte de mi cerebro que se encarga de estas cosas más silenciada que a Jonás Trueba en Twitter. El Pu-Yi de El último emperador se repite en ambos medios, ese niño que entra corriendo (tal que los protagonistas de la televisiva El túnel del tiempo) e ilusionado en un mundo de fantasía y maravilloso que es el del cine. Y seguro que con una sonrisa en los labios.

La misma que he tenido no solo viendo las tres comedias que me tocaban este domingo (tranquilos, ya voy con ellas) sino leyendo que el gran (de verdad) Gregorio Belinchón esperaba con ilusión y previsión de risas la crónica que este humilde siervo dedicó al certamen ayer. Ojalá supiera cuándo se publicará, querido y admirado señor Belinchón. Hay tal cantidad de temas candentes e interesantes en el universo cinematográfico que unas dispersas y modestas líneas sobre peliculitas deben ceder el turno con caballerosidad. Creo que también lamentaba no haberse cruzado conmigo (todavía: cuidado con los que se desea), pero es verdad que estoy tan inmerso en los engranajes del Festival que podría afirmarse que me hallo tan desaparecido que ni el Maxi Iglesias de una futura teleserie de Mediaset (condenada a desaparecer en la madrugada) sería capaz de localizarme. Aunque si se ponía atención en la oscuridad y el silencio de las salas de los cines Verdi podrían haberme localizado por mis risas, en especial hoy.

¡No Cluedo, no Cluedo!

Risa ya desde la primera imagen de Todos lo hacen, la última (y eso que hace nada estábamos saludando el descubrimiento de Con quién viajas) comedia de otro descubrimiento: Martín Cuervo. Que sepas desde el minuto uno que alguien (guionistas por supuesto que incluidas) va a ser capaz de unir el juguete criminal a lo Agatha Christie no solamente con sus más míticas derivaciones humorísticas en cine (Un cadáver a los postres y El juego de la sospecha) sino con el gran cultivador del género en el teatro (y en sus adaptaciones subsiguientes en la gran pantalla) como fue Alfonso Paso (Todos lo hacen es Los Palomos disfrazada de Diez negritos) y con el golpe del encanto absurdo maravilloso de los estelares vehículos para Chiquito de la Calzada de Álvaro Sáenz de Heredia, es de agradecer con los ojos humedecidos. También por las risas.

Al igual que en Con quién viajas, Martín Cuervo asume con excitación el reto del espacio cinematográfico, físico y dramático en donde se va a desarrollar una trama con misterio (agua con ídem también). Del coche de su anterior largometraje a este hotelito que parece, en su abigarrado y kitsch diseño artístico, la mansión de Laurence Olivier en la magistral La huella de Joseph L. Mankiewicz. Un decorado que en todo instante es el que determina y define (como el vestuario. ¡esa Macarena Gómez que se diría la Angela Lansbury de Muerte en el Nilo, la buena, la de John Guillermin!) el destino criminal y la trastienda no menos criminal de estas cuatro parejas.

Todos lo hacen (un guiño Cole Porter que los fans de otra de Agatha Chrsitie con Poirot Ustinov amamos: Muerte bajo el sol) posee eso tan difícil en la comedia de y con asesinatos (misteriosos o no en Manhattan o en el edificio donde viven Steve Martin y Martin Short) del estilo y el ritmo. De saber dar espacio (sí, otra vez el espacio, eso que Cuervo domina como pocos) a la trama, las pistas Cluedo incluso las que chiquititean y a los intérpretes. La otra gran virtud del film son esos intérpretes, tan bien dibujados (lo de dibujados porque bien podrían ser de un tebeo de ‘Tintin’, ‘Ric Hochet’ o ‘Blake y Mortimer’) en el libreto (me encanta escribir libreto cual si fuera Clifton Webb en la bañera de Laura) de Irene Niubo y Marta Sánchez como dotados de vida por un reparto en (venga, más tópicos) en estado de gracia arrancando risas en el barri de Gràcia.

De Julián López poco puede añadirse más que no sea más bueno. Como de Carlos Santos, alguien que siempre lo hace todo de una manera tan sencilla y tan acertada (hasta darle la réplica a un chucho digital en un Mortadelo de cuyo nombre no quiero acordarme), y a quien se le nota aquí especialmente motivado, posiblemente porque ha entendido el film y a su personaje como parte de un Kenneth Branagh, su admirado Kenneth Branagh, fuera un Agatha Christie o aquel hitchcokniano e igualmente excitante y tramposo Morir todavía. Salva Reina (¿el actor fetiche de Martín Cuervo?) está creciendo como actor y cómico ante nuestros ojos (los de los perversos críticos de cine inclusive). Pablo Carbonell se divierte y nosotros con él. Y ellas, maravillosas ellas: la citada Macarena, Kira Miró, Andrea Duro, Mariam Hernández y Toni Acosta.

Un intruso en el juego

Aunque esté en la sección oficial, El gran Maurice, la muy divertida comedia deportiva (bueno, si el golf es un deporte, claro) de Craig Roberts, podría haber lucido igual en la dedicada al género cómico, a la de los biopics, la de adaptaciones literarias (el libro de Simon Farnaby en que se basa el film es igual de tronchante, una de esas lecturas tontas que compras por nada en las librerías del aeropuerto de Heathrow y te arreglan espera, retrasos y vuelos) e incluso la de cine sobre arte, porque ¡qué mayor arte que el de sacarle los colores a los elitistas practicantes del golf, más aún si son británicos, con una osada mezcla de jeta, desvergüenza y espíritu naíf!

El golf siempre ha sido más atractivo en el cine que en la vida real y las retransmisiones de Movistar +. El golf, no el minigolf, que ese sí es un verdadero deporte donde las cervezas están permitidas y puedes concebir a tus hijos en el molino siguiendo el ejemplo de Homer y Marge Simpson. Desde los chistes de Bob Hope en la mayoría de sus películas (y de su vida) a clasicazos como ¡Vaya par de golfantes! con Dean Martin y Jerry Lewis, la superlativa Terminagolf con Adam Sandler,la coral El club de los chalados o la olvidada demasiado pronto Tin Cup de Ron Shelton con Kevin Costner, René Russo y Don Johnson. El gran Maurice busca las risas no desde el slapstick demasiado evidente (hay slapstick, sí) sino desde un seguimiento de fino humor a un total zote en el juego que decide salvar su economía viviendo de su ineptitud en el Open Británico. Las vicisitudes del real (sí, ‘basado en hechos reales’) Maurice Filtcroft (Mark Rylance más Peter Sellers que nunca) son como las de aquel Rock Hudson participando en un concurso de pesca sin tener ni la más remota idea (práctica) de pesca en Su juego favorito de Howard Hawks.

El gran Maurice no necesitaba quizá el que nos recordaran lo de la crisis económica cada cinco minutos por si algún fan de la comedia social heredera de Full Monty no se fuera a contentar solo con las risas y el reírse de los pijos, ricos y clasistas golfistas. Pecata minuta en una película que se sabe divertida, cómplice y conocedora de nuestras simpatías por los Monsieur Hulot y Clouseau de la vida, tipos sin vergüenza y con un optimismo caradura a prueba de bombas, de críticos avinagrados y alérgicos a dejarse llevar por el humor.

Amor por los aires

Pocas cosas que le hagan pasar la digestión a uno cuando ha comido deprisa y corriendo en uno de los establecimientos adheridos al Festival y que te hacen un miser… pequeño descuento en el menú, que una comedia raruna noruega, nórdica en general. Igual en otras jornadas del festival la sesión posterior al ágape de las 15h (al menos aquí los horarios te dejan tiempo para ello, salvo que tengas que hacer entrevistas, lo que no es mi caso, que la única que me han ofrecido estos días es la de un voluntario de Críticos sin fronteras para irme a Corea del Norte a un Festival de cortos) es el gran licor estomacal Bonet (product placement) que te lleva a la siesta terapéutica. Sin embargo, cuando a las 15.45h me dejado caer en mi butaca ocultándome del resto de espectadores interesados (todo prensa, o algo parecido, y todos gratis), puede que también de Gregorio Belinchón, no me atacó la modorra digestiva sino nuevamente una sonrisa en la boca que nunca se borró a lo largo de los ¡93 minutos! de Todo el mundo odia a Johan, la explosiva comedia romántica noruega de un tal Hallvar Witzo y a quien procuraré seguirle la pista e investigar si tiene cosas anteriores a esta.

Todo el mundo odia a Johan es una historia de amor, la que el Coyote tendría (en realidad la tiene ¿o no?) con el Correcaminos a base de artefactos explosivos marca ACME. El Johan protagonista (un Pål Sverre Hagen que se diría un mix entre Grizzly Adams y Raúl Cimas), un enfermo del trilitolueno en la más pura tradición Alfred Nobel (sí, hay un chuste sobre ello: estos noruegos…), trata de conquistar a su vecina a base de estallidos (literales) de romanticismo napalm. Si luego nos enteramos que de pequeños él ya voló por los aires a su amor imposible ya sabremos que estamos ante una love story en toda regla.

Todo el mundo odia a Johan es deliberada y adorablemente absurda, el Lamb de los cartuchos de dinamita. Una rareza con aires de western de Terence Hill y Bud Spencer, de reformulación pirada de la olvidadísima Fuego salvaje dirigida por Glenn Gordon Caron, y sobre todas las cosas aires de cartoon, de un cartoon que lleva al delicioso surrealismo cafre escandinavo las tiras cómicas y cortos de animación Krazy Cat, para muchos de nosotros boomers del mundo La gata loca.

Los amantes de Maria

Lo prometido (ayer) es deuda y como cronista vuestro que soy os debo una reseña (la de la canadiense y romántica Maria Chapdelaine con sus 158 minutos) y esta reseña que os debo os la voy a pagar. De cómo salí (por la salida de emergencia, lo que implica ser vomitado a la calle, dar la vuelta a esta a ritmo de Gene Hackman en el clímax de French Connection II y entrar precipitadamente a la sesión siguiente, que no era de prensa, lo que significa que antes has tenido que adquirir una entrada y… buf, lo dejo) y llegué a los primeros bucólicos minutos de Maria Chapdelaine hay un paréntesis aquí detrás que lo explica.

Basada, y puesta en imágenes con una fidelidad de esas que se suelen denominar academicista, en la popular y clásica novela de Louis Hémon, Maria Chapdelaine pone sobre el papel y sobre sus cuidadísimos fotogramas de una belleza visual y formal tan a punto de resultar relamida que no lo es uno de los dilemas de manual de la literatura romántica: el tener que decidir entre el amor seguro, entre la vida civilizada que le da la espalda a la Naturaleza, y el amor pasional, primitivo, salvaje y plenamente en simbiosis con ese universo rural, de bosques intrincados y llenos de misterio y erotismo. Maria debe elegir entre el pretendiente formal, el de un futuro sin sorpresas repleto de comodidades y que es urbano (y norteamericano) y el de la aventura, los ríos, los indios que todavía quedan en esos inicios del siglo XX y la libertad. Desde Cumbres borrascosas a la última publicación de la editorial Harlequin con sus portadas inenarrables, el género ha planteado las mismas disyuntivas, con más o menos sexo permitido o de moda. El film dirigido por Sébastien Pilote no es una fotonovela, ni siquiera de rebote y de qualité, y su estilo se acerca más a la Tess de Roman Polanski sin, eso es cierto, la carga trágica y moderna, subversiva en el fondo de su heroína protagonista, de esta. Tampoco es una secuela adulta de otro intocable hit canadiense literario y televisivo, Ana de las Tejas Verdes, algo que habría tenido su qué. Maria Chapdelaine es el Lejos del mundanal ruido en una Canadá de encrucijadas en los caminos, literales y de la vida (como en Tess y en toda la filmografía de Polanski) donde se le devuelven a los espectadores del siglo XXI las añoradas sensaciones de aquellas grandes historias de época y de amor que desde Vicente Minnelli (Madame Bovary) a David Lean (La hija de Ryan) nos han estado llamando desde la tormentosa belleza de sus pasiones para ir hacia ellas en vez de hacia propuestas más seguras, cómodas y con futuro.

Y esto sería todo por hoy. Sí, al final las risas no han sido las protagonistas, pero si recapacito pienso que sí porque el regusto a ese buen cine romántico ya desaparecido e irrepetible hace que te rías de quienes miran por encima del hombro con autosuficiencia estas propuestas clásicas y están convencidos de que las Mujercitas “necesarias” son las de la Gerwig y no las de Mervyn LeRoy.

Hablando de mirar por encima del hombro: me estoy comiendo un helado y noto algo detrás y no voy a hace caso a Fredric Brown y miraré…

Una gaviota…

Hasta mañana (que quizá sea pasado mañana cuando lean esto).

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