BCN Film Fest 2022 - Día 7: Todos a la cárcel

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Photo credit: BCN Film Fest
Photo credit: BCN Film Fest

Una noche de insomnio (¿cómo irá lo de la OPA hostil al BCN Film Fest por parte de Elon Musk? ¿Tendré que ver la última película de Albert Serra?) no se la deseo a nadie, menos a nuestra querida alcaldesa barcelonesa (si no duerme tiene ideas), salvo que tenga uno a mano Netflix y pueda ponerse las cinco horas de lo último de Jonasito Trueba. No llegará uno a las cinco horas y los 20 minutos habrá renovado su contrato con Morfeo, no el (los) de Matrix. Así, fresco como una rosa, el cronista, cada vez más optimista ante la cercanía del fin del Festival, se dirige a este con la misma ilusión que Patrick Bateman cuando alumbraba un nuevo y ochentero día.

Hoy se presentaba una jornada variada, no por el personal que tiene la mala costumbre de sentarse cerca de uno y hablar en voz alta sobre cosas que no le interesan a uno, sino porque los monográficos del certamen han sido cosa del pasado reciente y hoy el menú era un chute de cine de autor francés a partir de una novela de autor norteamericana, al cual seguía la enésima película alemana pidiendo perdón por los desmanes del nazismo (ya sabemos que la mayoría de los alemanes no se enteraron de mucho en los años de Adolf Hitler porque trabajaban en el metro subterráneo, o al menos en Uno, dos, tres de Billy Wilder lo juraban por el führer) y ya para rematar, un preestreno (en cines pasado mañana viernes) de multinacional con ingleses más estirados que el presupuesto de muchos festivales.

No sé por qué, pero las cosas más interesantes y amenas me han sucedido camino de los multicines Verdi para asistir al Festival y no en el desarrollo del mismo Festival. Cierto que no he pillado ni cócteles, ni entrevistas con famosos, ni fiestas, ni siquiera la COVID 19, pero es algo sobre lo que procuraré reflexionar si me vuelve a atacar la falta de sueño, algo que también me pasa lejos del BCN Film Fest.

Pues bien, ese uno sin hache que se las prometía felices en la sexta jornada festivalera con solo tres películas para ver casi acaba en Guantánamo (¿existe algún festival de cine allí?) cuando al atravesar el pasillo para hacer el transbordo de una línea a otra del metropolitano se topó con una brigada de inspectores y agentes de seguridad pidiendo el billete a quienes allí estábamos atrapados en un callejón de salida. Fuera por la hora, por el nerviosismo o porque por culpa de la mascarilla tenía las gafas empañadas, en vez de entregar mi tarjeta mensual multiviajes entregué la acreditación del BCN Film Fest. De repente se hizo el silencio, los inspectores se alejaron de mí y los agentes de seguridad, haciendo un círculo a mi alrededor, me apuntaron con sus porras, quitaron el bozal a sus mastines y me ordenaron ponerme las manos en la nuca y tirarme al suelo (a ver si limpiamos más a menudo, TMB, que he visto cabinas de sex shop más aseadas) boca abajo.

-¡Cuidado! ¡Es una acreditación del BCN Film Fest!, gritó quien parecía al mando.

- ¡Que la recoja y la introduzca lentamente en su bolsillo!, dijo alguien con pinta de novio de Enrique del Pozo a su lado.

-Tranquilos, que no cunda el pánico, puso algo de calma y sentido común un tercero. Hemos tenido suerte, podría haber sido una acreditación del D’A.

-Póngase en pie y circule ¡rápido!, espetó alguien más uniformado. El BCN… ¿acaso no podía usted esperar a Cannes o a Sitges?

La respuesta, que obviamente se quedó en mi interior, era que no, que no podía esperar porque el deber que me llamaba era el certamen que dirige Conxita Casanovas con mano más suavemente firme que Robert Redford la penitenciaría donde era alcaide en Brubaker. De esta manera, y salvada la circunstancia de poder haber acabado en una cárcel donde tuviera que ver películas más pedantes que la de Arnaud Desplechin a costa del pedante Philip Roth, llegué a la sede del Festival, no saludé a nadie (no conozco o no quiero conocer a nadie) y caí en la cuenta de que, sí, hoy era un miércoles predestinado a verme entre rejas.

Exacto, he aquí convertido en realidad el sueño de quienes han estado dándome la brasa porque no me ha gustado tal o cual película de las que he visto en este certamen: que me enchironen, cierren la puerta de la celda, tiren la llave y me dejen sin clave de wifi para no tuitear nada de esos títulos que deben promocionar. El “si no te ha gustado la película no escribas nada sobre ella” es el nuevo “algunos de mis mejores amigos están fluyendo”. Sé que a todos nos gustaría recibir solamente buenas noticias (esto no es más que una gripe un poquito más fuerte y no hacen falta mascarillas), pero vamos, que en alguna de estas crónicas que no lee nadie se diga algo no laudatorio de algún largometraje (nacional) no es como para clamar un ¡todos los críticos a la cárcel!

Rebobino: este crítico o como se le quiera definir, improperios inclusive, ha estado en la cárcel este miércoles en el BCN Film Fest y aquellos que hayan pasado, allá sobre las 18.30h por la sala 4 (la del mural terrorífico pintado en la pared), por la sesión especial en la que se han proyectado las primeras imágenes de Modelo 77, la esperadísima película de Alberto Rodríguez destinada a petarlo en el próximo Festival de San Sebastián (hola, estoy libre en septiembre) y a arrasar en los Goya 2022 que se libren en el 2023, igual no lo saben pero entre esos presos setenteros que comparten galería, patio futbolero, patio reivindicativo con peleas y duchas con, entre otros, el gran Javier Gutiérrez está quien esto escribe. Está servidor, todo estilo El Torete, junto al admirado y a pesar de todo (a pesar de que anda últimamente intentando venderme la moto de un documental sobre la menstruación del que pretendo estar más alejado que de un patinete por las calles de Barcelona) amigo Pere Vall.

Sí, Pere Vall y este humilde delincuente común tuvimos la inmensa suerte de rodar, como figuración de lujo, varias secuencias de Modelo 77 en la misma La Modelo barcelonesa, recinto penitenciario hoy ya cerrado pero que seguro que nuestra alcaldesa de seda reconvertirá en un espacio de creación artística, malabares y cabras subiendo escaleras a ritmo de trap. Javier Gutiérrez y el director del film en persona, el citado Alberto Rodríguez, fueron unos cicerone de primera. Y sí, sé que verme en esos fotogramas hoy proyectados en exclusiva en el BCN Film Fest encerrado a buen recaudo cual Burt Lancaster en Alcatraz, habrá alegrado el día a muchas personas. Yo también os quiero.

Junto a Rodríguez y el avance de Modelo 77 estuvo también Jaime Rosales haciendo lo propio con su Girasoles silvestres. Rosales y girasoles. Voy a participar en unos Juegos Florales.

Roth 8 ½

Cadena perpetua, ni siquiera revisable, pediría para Arnaud Desplechin por el rollazo pretencioso y más viejuno que nos ha colocado a los (pocos) incautos que esta mañana hemos visto su última película, presentada en el Festival de Cannes del año pasado. Vale, igual exagero, pero un buen tiempo fuera de circulación cinematográfica sí que sería algo que firmaría con convicción y esperanza.

Mientras que el original francés nos dice que estamos a punto de padecer Tromperie y el título en inglés (el de la novela de Philip Roth, supongo) nos dice que la película se llama Deception, el subtítulo en castellano al iniciarse los interminables 105 minutos traduce del inglés (como la novela) y parece poner punto y final al baile de títulos con un Engaño. Salvo que, en un giro argumental que se revela más emocionante que la plasta y discursiva cinta en sí, me llega la información de que finalmente Tromperie/Deception/Engaño se venderá en los carteles con un, con más peligro de spoiler que La semilla del diablo, Fantasías de un escritor.

Tampoco, a pesar de lo que desvela, es un mal título porque si uno es benevolente hasta creería que Desplechin ha querido hacer de la obra de Roth una suerte de fallido Fellini 8 y ½; fallido y especialmente sonrojante en el capítulo (sí, el film se divide en doce capítulos; bueno, once y un epílogo, por si no fuera suficiente toda la cháchara y las citas para que no sepamos que esto es literatura y no cine) del juicio, o mejor dicho: el proceso, porque hay que citar, gratuitamente a Kafka y enseñar su retrato cada tres planos por si no era suficiente.

Philip Roth ha funcionado en cine cuando autores como Larry Peerce (Complicidad sexual), Robert Benton (La mancha humana) o Barry Levinson (La sombra del actor) han despojado a los textos adaptados de sus juegos entre creación literaria e invención de una realidad. Arnaud Desplechin ni se molesta y se queda literalmente embobado con el forzado juego entre realidad y ficción entregando la que quizá sea la más indigesta puesta en imágenes de una novela de Roth desde que Elegy cayera en la órbita de Isabel Coixet.

Tromperie/Deception/Engaño/Fantasías de un escritor es ese cine pedante francés anticuado en el que se piensa cuando nos hablan de cine pedante francés anticuado: los personajes hablando a cámara, diálogos imposibles, composiciones de planos de risa, musiquita de piano y extractos de piezas clásicas, interpretaciones ausentes y engoladas…

Léa Seydoux se desnuda, sí (bravo), y hace un chiste cinéfilo sobre un pasado descocado donde tenía el pelo azul (ay, Adèle, y no precisamente la cantante) y uno de los capítulos tiene como invitado a un director checo exiliado a Estados Unidos que no cuesta descubrir que es Ivan Passer (y que en esa secuencia se halla rodando un film que bien podría ser Verano atormentado), pero nada salva a este ladrillo de la cárcel de los franceses pesaditos. Sobre que el Philip Roth que encarna Denis Podalydès se parezca más a James Rhodes con 59 años y alopecia hablamos en el próximo vis a vis.

Matar es fácil

La conferencia, la fría y fidedigna transcripción en formato cinematográfico de la reunión de la élite nazi del Tercer Reich que en 1942 decidió la “solución final” al “problema” judío, puede que hubiera sido una película que motivara al real Philip Roth y que le llevara a debatir sobre esa banalidad del Mal de la cual escribiera Hannah Arendt (citada, cómo no, en el film de Arnaud Desplechin antes despachado) con motivo del juicio en Israel a Adolf Eichmann. Eichmann, uno de los ideólogos de esa abyección surgida de la conferencia en Berlin-Wannsee en 1942, es uno de los protagonistas del largometraje de Matti Geschonneck, además de por su presencia real en esta reconstrucción con casi ausencia de ficción, por haberse utilizado las grabaciones que hizo de aquella reunión el 20 de enero como punto de partida de un guión que no quiere jamás alejarse de esa transcripción real.

Es precisamente la obsesión de La conferencia por ser fiel a las terribles palabras y decisiones que se dijeron y tomaron en esa nefasta ocasión la que le acaba restando fuerza a la película. Es clara la decisión del director y sus guionistas de transmitirnos de una manera distante esa banalidad del Mal, esa frialdad con la que un puñado de personas, no psicópatas o enfermos mentales, gente culta, con estudios, “normales”… planificaron el exterminio sistemático y “racional” de los judíos en campos creados y acondicionados para esa terrible tarea. La elección en el reparto de actores no conocidos (al menos para quienes no somos alemanes; ahora es cuando nos enteramos que son fijos en los telefilmes de sobremesa de los fines de semana en TVE) va en ese sentido de que lo que veamos nos parezca más un documental que una película, más un viaje en el tiempo para ser testigos in situ de cómo se gestó el Holocausto que una recreación ficticia.

La conferencia sobrecoge, no podía ser de otra manera, por lo que narra y expone, pero no por cómo lo hace en términos cinematográficos, y a fin de cuentas estamos hablando de cine, no de uno de esos docudramas del Discovery Channel con actores desconocidos recreando los hechos históricos. Su idea de la banalidad del Mal está presente, por supuesto, pero de una manera que convierte asimismo en banal al film. Nombres, rangos, uniformes y datos sustituyen a lo que de verdad debería habernos hecho estremecer como se estremeció Hannah Arendt en el juicio de Eichmann o como se estremeció el mundo durante los juicios de Nuremberg. No descubrimos ni atisbamos nunca a los hombres, a los seres humanos que dentro de esos uniformes, de ese sistema militar y totalitario, tomaron una decisión tan tremenda, cruel e inhumana. Son meros figurantes que recitan las frases (sí, auténticas) que se pronunciaron aquel fatídico 20 de enero de 1942 como planos recipientes de psicofonías.

Ni arriba ni abajo

Vaya por delante que si se hace un censo de fans de la teleserie Downton Abbey no aparecerá mi nombre. Lo de fan igual es también un poco exagerado porque no he podido serlo (por voluntad propia, por descontado) ya que dejé de ver la serie a principios de la segunda temporada tras varios amagos de hacerlo a mitad de la primera. Nunca entré en ese remedo de Arriba y abajo (el serial original, no su revival que volvió a la vida bajo la influencia de Downton Abbey) y desde entonces, cuando discutía de manera incruenta con quienes sí que seguían (alguien muy cercano a mí que cuando se enfada conmigo no me manda al sofá, sino que okupa la televisión principal de casa con los bluray de la seriecita de marras) con fruición las peripecias de esta aristocrática familia, sus sirvientes y los satélites de ambos mundos, me refería a la producción de lujo británica (valga la redundancia) como Tostón Abbey.

No esperaba gran cosa del salto hará unos años de Downton Abbey a la gran pantalla porque por mucho que sus responsables, el creador Julian Fellowes el primero, afirmaran que si alguien era lego en este universo familiar y en sus relaciones iba a disfrutar de la misma manera que un seguidor del serial, eso no era verdad. No lo podía ser porque el primer largometraje surgido de la serie televisiva era un producto deliberadamente pensado para los hooligans de Downton Abbey: cerraba algunas tramas, daba explicaciones sobre algunos personajes carismáticos y giraba totalmente alrededor de lo que los abbeybelievers esperaban de ella. Una mínima excusa (una visita real -por lo monárquico- a la mansión) argumental que daba pie a que aparecieran en escena rostros conocidos y actitudes más conocidas todavía.

Downton Abbey: Una nueva era acaba curiosamente siendo mejor que su antecedente. Sigue tratándose de una película por y para los fans, también con una coartada en el guión (esa herencia en Francia que abre el sobre lacrado de un secreto del clan familiar aristocrático) sobre la que se articulan los cabos sueltos del árbol genealógico y escudo de armas. Supongo que los leales a la teleserie habrán gozado más con ellos que servidor. No obstante, sí que hay elementos en esta segunda aparición cinematográfica que la ponen por encima de la previa, comenzando por la presencia de un director de verdad. Simon Curtis (Mi semana con Marilyn) no se ha enfrentado a este encargo pensando en términos televisivos y en que las carencias que pueda tener el guión se cubren por la buena voluntad del entregado espectador. Curtis ha hecho una película que, perfecto, disfrutas más si perteneces a este club selecto, pero que en todo momento (más cuando se aleja de Yorkshire) maneja como una de aquellas producciones de lujo y de académica caligrafía británica de décadas pasadas.

El otro gran aliciente de Downton Abbey: Una nueva era, que en el fondo es lo que es y se dirige a quienes se dirige, es que te da la impresión de que sí, ahora sí Julian Fellowes se ha implicado y ha querido escribir sobre sus criaturas desde una perspectiva más adulta (la proximidad del crack de 1929) y, sobre todo, ha querido quitarle trascendencia a su creación: la idea de que un equipo cinematográfico invada los dominios de la familia para rodar una película (con el detalle cinéfilo de la irrupción del sonoro que lleva a un inusitado y bienvenido homenaje a Cantando bajo la lluvia) es como poner un espejo entre realidad y ficción; entre la troupe de actores y los residentes en la mansión; entre Downton Abbey serie y Downton Abbey películas.

Aunque siga siendo un producto (que va a hacer una buena taquilla y va a acabar con los lineales de té en los supermercados) encerrado en una cárcel de oro más que en una jaula de oro, Downton Abbey: Una nueva era baja el telón (o no) con una secuencia tan espléndida como de devoción cinéfila de primera categoría: un baile que es como su homónimo de El gatopardo de Luchino Visconti. Lo de que todo tiene que cambiar para que todo siga igual acaba siendo la lógica declaración de intenciones y de principios del film de Simon Curtis escrito por Julian Fellowes.

Revisar El gatopardo es una buena idea para esta noche.

Volver mañana al BCN Film Fest es…

En fin, es tarde.

No hay cárcel que pueda con Clint Eastwood.

Anda, a alguien se le ha caído la pastilla de jabón.

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