BCN Film Fest 2022 - Día 5: Lo insoportable de verdad del ser

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Photo credit: BCN Film Fest
Photo credit: BCN Film Fest

Del ser en el BCN Film Fest cuando de repente te enteras que simultáneamente se está celebrando el Festival de Cine de Las Palmas de Gran Canaria. No es que me disguste estar aquí, al lado de casa con lo que arrasar un minibar es arrasar mi propio minibar y eso no tiene ningún aliciente, y más porque seguir y cubrir cual verraco el barcelonés certamen tan bien dirigido y programado por Conxita Casanovas y su dicharachero equipo es algo que acaba siempre gustándome. Pero, jolines… Las Palmas de Gran Canaria. Ni idea de la programación del festival. De hecho ni me importa. Lo importante era estar allí del 22 de abril al 1 de mayo. ¿Alguien de la organización en la sala? ¿En un jacuzzi? O, quién sabe, puede que se filtren audios de conversaciones entre la admirada directora Casanovas con Luis Rubiales y la próxima edición del BCN Film Fest sea en Abu Dabi. La espera se me hace insoportable.

Insoportable, de verdad, es ser consciente de que al final un periodista o crítico de cine está al albur de que la organización del evento o el cineasta de turno la pifien con una selección que te estropee el día. Y más un lunes. Y más porque creo que hoy me ha sucedido. No para que me exilie a Abu Dabi y le pida a Carlos Herrera que redacte mis memorias, pero sí que me lo esperaba más en alza y no tan en bajona. Aunque a veces lo insoportable tiene que ver con el suspense que te reconcome. Suspense, decía Alfred Hitchcok, es un autobús lleno de gente (niños antipáticos, que eso es un plus) donde alguien lleva una bomba que va a explotar y solo lo sabemos nosotros, los espectadores. Hoy viví algo parecido cuando me dirigía a los multicines Verdi feliz, animado y ansioso por saber si por fin había resucitado Oliver Stone. No literalmente (no he recibido aún el parte médico de su llegada a la Ciudad Colaual y no me han llegado noticias de cómo ha sido la presentación y coloquio con el público que era hoy a las 20.30h, hora en la que me escap… marché del Festival), sino artísticamente. Pues eso, que viví esa situación de alto suspense cuando en el vagón de metro en el cual viajaba hacia el sostenible barri de Gràcia subió un personaje con un acordeón. Barcelona, capital europea de la música. Durante diez interminables, insoportables minutos, todos los viajeros estuvimos aguardando que comenzara la serenata con alguna versión instrumental del ‘Despacito’ de Luis Fonsi (no Fonsi Gorina). Pero no. Diez minutos en los que el tipo con el acordeón nos miraba, nosotros a él, y no sucedió nada. O sucedió todo. Porque a veces la esencia del suspense, o de una buena película es esa: que parezca que no pasa nada, que no te atiborren a datos, diálogos y pretensiones varias y que consigan perturbarte. Hoy no pasó eso en la quinta (¿Que no hay quinto malo? ¡Paparruchas!) jornada del Festival.

Se ha notado que es lunes. O era si leen esto el jueves, que podría ser, la verdad. Los amig… compañeros de prensa (o de algo parecido que les haya dado derecho a acreditarse, aunque en el democrático BCN Film Fest todo el mundo se acredita, gratis, y las únicas contraseñas son para las fiestas privadas. Creo que Fidelio fue la última pero yo no acudí) andaban más apáticos que de costumbre. Los que más, ajustando sus agendas para poder ver películas y poder entrevistar a sus responsables. Lo de responsables queda que ni pintado para la jornada de hoy.

Lo insoportable, la verdad, es ser tan pesimista y que no yerres en tus expectativas del día. Juro que lo de Oliver Stone me motivaba, y que se haya convertido en una caricatura de sí mismo, en un abuelete sordo y medio ido (Keith Richards, ilumínanos) todavía me hacía querer más reconciliarme con él. Mas nanay. Juro hacer un acto de contrición y ser más positivo, incluso mañana martes y sin que Gérard Depardieu haya querido o podido venir al Festival. Haber podido irme de copas con Stone y Depardieu me habría arregl… alegrado esta misión de audaces que es escribir (o así) la crónica diaria del certamen.

Un lunes en el Festival con repeticiones para el público de a pie (o de a patinete de esos que han convertido nuestra preciosa y multicultural metrópoli en el escenario de un revival de la Roger Corman/Paul Bartel La carrera de la muerte del año 2000) que es quien pasa por taquilla, a unos precios que para sí querrían las tarifas eléctricas. Y nosotros los de la canallesca (sí, este es mi vocabulario; también tengo en circulación otras palabras como colmado y ultramarinos) gratis y ocupando butacas que se podrían poner a la venta. Menos mal que esta es una idea que no aplicarían jamás en otros festivales.

Un lunes también que acogió por la tarde (18.45h, la de los westerns de TRECE TV; es que siempre han de contraprogramar, caramba) la primera de las dos sesiones de cortometrajes de alumnos de la ESCAC. No, no pude ir porque se solapaba con una de las supuestas comedias de la sección de comedias, pero habría ido. Incluso si salía preocupado por lo que hubiera visto y me preguntara qué había hecho yo, un señor mayor que va al colmado a comprar y que gruñe cuando ve a las parejas sobarse en los parques y no puede correr cuando en esos mismos parques le persiguen los ñetas, para merecer un futuro y nuevo cine català/español (póngase a los dos términos frente a frente en una mesa más larga que la de Putin) que no me interesara. Insoportable, la verdad, ser tan Don Pésimo, porque la cantera del ESCAC es más fiable que la del Athletic. Si algún cazatalentos ha descubierto en los cinco cortos presentados una joya esperanzadora, que me avise.

Prometo que quiero llevarme bien con todo el mundo, con el sordo, irritable y olvidadizo (niñas y niños, haced caso al Bill Nighy de Love actually) Oliver Stone aunque me defraude (e irrite) en su baldío saqueo necrófilo a la conspiranoia JFK; con óperas primas basadas en obras de teatro que eran ya antiguas cuando en Altamira alguien trató de explicarles a sus compis de tribu qué tal le había ido el día y ya había en ese día nazis, judíos y una Catalunya rural de almanaque; llevarme bien con la comedia francesa que ha batido records de taquilla en Francia. Pero a veces no puedo. Y encima es lunes. Y a pesar de todo insisto en ello. Soy un caso revisable. No sé si recuperable. Yo no soy Madame Bovary (el plato fuerte esta noche en el BCN Film Fest dentro del ciclo ‘China by CineAsia’) pero a veces fantaseo con tomarla como ejemplo.

Cadáveres exquisitos

Comprendo la obsesión de Oliver Stone por, más que saber o denunciar quién estuvo detrás del asesinato de John Fitzgerald Kennedy el 22 de noviembre de 1963 en Dallas, entender el porqué y así entender él mismo el por qué no solo los Estados Unidos cayeron muertos, desangrados y con la cabeza volada (las ideas y los sueños en la tapicería de un coche descapotable y el abrigo de Jackie), sino por qué su propia vida, su futuro, quedaron quebrados y muertos aquella fatídica jornada. Oliver Stone murió aquel día. Él ha sido el primero en afirmarlo y tiene toda la razón. Lo demuestra su continua, infatigable y más obsesiva (y autodestructiva) que la de los protagonistas de Zodiac, la obra maestra de David Fincher búsqueda de respuestas no únicamente sobre la implicación del lobby mafia/ejército/políticos/FBI/CIA/oligopolios en el magnicidio de noviembre de 1963, sino sobre qué hizo que su país cayera en el abismo de la mentira, el ansia de poder, la guerra de Vietnam, el Watergate y la indecencia económica. Cayendo junto a su país cayó Oliver Stone: combatiente en Vietnam, adicto a la cocaína, testigo de la destrucción del sueño hippy, atrapado por la idolatría al dinero en sus años locos de enfant terrible dentro de las estructuras mainstream de Hollywood… No obstante, en esa caída personal asomó el Oliver Stone que nos gustó y nos gusta. El Oliver Stone también guionista (Conan, el bárbaro no deja de ser otra historia de magnicidio, de niños huérfanos de padre convertidos en entes vengativos) que se preguntaba en voz alta el por qué el progenitor brillante y angelical (que nunca fue ni tan progenitor, ni tan brillante, ni tan angelical) de una nueva América le fue arrebatado de su futuro por una bala de imposible trayectoria o por muchas con nombres y apellidos, con razones que (es mi creencia) siempre ha tenido miedo en descubrir Stone.

Era pues obligado y lógico que Oliver Stone tuviera que exorcizar la ejecución sumarial de Kennedy, y así nació su mejor película hasta la fecha (y no soy muy optimista sobre si alguna vez la superará o estará a la altura): JFK: Caso abierto. Treinta años desde su estreno, su arrollador ritmo y montaje, sus teorías y ese Kevin Costner empecinado en saber la verdad, o temeroso de llegar a saberla. Stone lo dio todo en esa obra maestra, en su director’s cut de más de cuatro horas, y era ya imposible que volviera a alcanzar ese nivel.

Ojalá, y lo digo con la mano en el pecho (el mío), que JFK: Caso revisado, el documental que hoy se presentaba en el BCN Film Fest, me hubiese devuelto a aquel Oliver Stone, a aquel enfermizo y nervioso director y guionista, deslumbrante, alocado, sin miedo a nada y en el fondo con esa majestuosidad de los grandes autores norteamericanos como John Ford o Frank Capra. Lamentablemente no ha sido así. No es este un trabajo baladí, ni sus nuevos datos desclasificados tras tanto tiempo son irrelevantes, pero todo está narrado y mostrado con una distancia extraña. Está muy bien que uno de los narradores (lo de Whoopie Goldberg y las partes que le tocan son de un convencional y de un director doblegado al nuevo Hollywood que preocupan) sea Donald Sutherland, el Garganta Profunda que en JFK: caso abierto le abría los ojos al personaje de Kevin Costner mientras paseaban, no sin segundas intenciones, por los monumentos emblemáticos de Washington. O que Robert Richardson siga manejando muy bien la fotografía propia y la del material de archivo. Sin embargo, todo se queda en una especie de reportaje para un canal histórico, cuya mordiente política e ideológica se revela infantil y nada combativa en el fondo.

Oliver Stone busca, sin saberlo y sin querer saberlo, en este documental no quién acabó con John Fitzgerald Kennedy, sino con el Oliver Stone que hizo hace tres décadas JFK: Caso abierto. Se le nota en la mirada, en una sordera que le aísla voluntariamente de preguntas incómodas y en una prórroga de los tics de quien pudo ser la (mala) conciencia de Estados Unidos y vive de ello en estos agradecidos tiempos de lanzar puyas a Trump o a Putin pero no cuestionar el porqué de que sea posible que Trump y Putin estén en este mundo, en este Risk con reales y horribles consecuencias.

JFK: Caso revisado es la obra del Oliver Stone que se negó a sí mismo con la preocupante secuela de Wall Street, del Oliver Stone que suplicó el perdón de uno de los Hollywood más infames de la historia (menos que el actual) dirigiendo un horror como World Trade Center. Quizá algún día sepamos quién asesinó al buen cine de Oliver Stone. Y no nos guste lo que descubramos.

Bajo cero

Karel Reisz, en esos años en los que tocó las narices a Hollywood (Hollywood le dio la patada enseguida) dirigió una película titulada entre nosotros Nieve que quema. Protagonizada por Nick Nolte, se trataba de un drama profunda y puñeteramente político alrededor de la droga (la nieve del título, lo habéis adivinado aprendices de Sherlock Holmes) y de ese traumático réquiem del sueño americano (Oliver Stone, atiende) que fue la guerra de Vietnam. Se preguntarán ustedes, y se preguntarán con razón, qué diablos tendrá que ver la extraordinaria cinta de Reisz con El fred que crema además de la nieve pirenaica aquí del año 1943. Pues nada, salvo que el cuerpo me pedía recordar algo de buen cine tras el también traumático (la posguerra no como un Vietnam, sino como el apunte a la agenda contemporánea) visionado del debut en la dirección de Santi Trullenque, quien trata de salvar los muebles (de esa pobreza IKEA de atrezzo) del material con el cual ha de vérselas, pero careciendo de una excusa fantastique (y del estilo de David Casademunt) como la metafórica El páramo que le quite tanta trascendencia a su discurso.

El fred que crema (El frío que quema para quienes no tengan el Pegasus Translator entre sus aplicaciones de Smartphone) es teatro (de tesis) llevado al cine con tanta obsesión por los exteriores que se destaca aún más su andamiaje escénico. En ocasiones, airear de manera tan contumaz y a la postre baldía una pieza teatral no hace más que recordemos que lo es. Así, por mucha postal nevada y agreste de esos Pirineos catalanes y fronterizos que en algún aislado momento parecen recordar a la salvaje y maldita El pasaje de J. Lee Thompson (o a Los odiosos ocho, para que luego digan que soy mala persona y que no procuro buscar algo positivo en todo) y que en la gran mayoría lo que recuerdan es al cine de Gerardo Herrero, el peso teatral es importante.

Comentaba alguien una vez que el teatro catalán sigue arrastrando una especie de síndrome Terra baixa, en ocasiones con un sentimiento de culpa (o de placer culpable), y puede que sea cierto porque El fred que crema tiene ese tono rural, primario y demodé del texto de Ángel Guimerà y trata como de alejarse de él con un conflicto moral que se quiere más moderno y más contemporáneo a pesar de que sea muy clásico. Quiere ser Harold Pinter o Arthur Miller con ropajes de función de ateneu de comarques, lo que si funciona es estupendo. La lástima es que no funciona. Sus uniformes nazis parecen de figuración y los dilemas que abre la llegada de una familia judía huyendo del horror al pequeño pueblo jamás traspasan la letra, la letra convertida en imagen y la pantalla.

Drama de impostada gravedad y trascendencia, El fred que crema no llega ni a emocionar ni a transmitir la vida que debería cuando versa precisamente de vida (y de muerte). Gélida en su planificación y en sus momentos de mayor tensión, posee, eso sí, un reparto que se esfuerza lo indecible en que unos personajes escritos y filmados sean algo más que bosquejos, sombras que desde la distancia que separa el escenario de la platea pueden convencer, pero que en la cercanía de una pantalla se convierte en una misión más complicada.

Masterchef Integrity

Exponía, de manera tan acertada como inteligente, Carlos Clavijo (entre otras cosas guionista, y de los buenos) en esa red social infernal llamada Twitter y a tenor de los resultados electorales en la segunda vuelta de las presidenciales francesas, que la constatación de un 40% de franceses que votan a la extrema derecha significa que hay un mercado de un 40% de espectadores a quienes vender un contenido afín en ficción audiovisual. Incidiendo en el acierto de su análisis tuitero, Clavijo recordaba que en cierta manera ese contenido ya se podía encontrar, por ejemplo en el cine: muchas de las exitosas comedias con Christian Clavier (la franquicia de Dios mío ¿pero qué te hemos hecho? en primer y destacado lugar) estaban pensadas para agradar a ese espectro de audiencia conservadora y para que los elementos en conflicto (léase minorías, inmigrantes…) se integraran al gusto y al paternalismo de esos viejos republicanos degaullistas.

¿Es La brigada de la cocina uno de esos taquilleros títulos con más de un millón de espectadores (de derechas) en Francia que en realidad buscan la equidistancia buenrrollista pero con un paternalismo inequívocamente conservador? A primera vista no. Original no es, eso también, pero no era esa la pregunta. A través del personaje central, Cathy, esa chef estirada y completamente francesa (Christian Clavier en rubio cuarentona) que pasa de la opulencia y de los aires de grandeur a tener que subsistir trabajando en la cafetería de un centro social para jóvenes inmigrantes, podemos colegir que nos hallamos ante una cura de humildad arquetípica en la comedia (Entre pillos anda el juego, ¡Qué asco de vida! y un largo etcétera que incluiría mucha producción francesa) donde el rico burgués engreído aprende a ser mejor persona (tras unos comienzos tensos, por supuesto) al lado del proletariado y los más desfavorecidos, quienes encima son personas que saben vivir la vida y amar sus placeres más sencillos. O sea, que son felices siendo pobres y puede que alguna vez lleguen a triunfar ayudando a triunfar (o a encontrar “su lugar en el mundo”, “encontrarse a sí mismos”) a un burgués rico.

La brigada de la cocina, tan sobrada de buenas intenciones como de despliegue de recetas y platos de haute cuisine, es una película que hemos visto infinidad de veces, algunas de ellas en este mismo Festival (Catherine Frot, jardinería y desempleados multirraciales y multiculturales), que no molesta jamás (el cine de hoy día huye de molestar u ofender a alguien), que se deja ver sin problemas durante su poco más de hora y media, pero que sí que responde a ese modelo de cine “para todos los públicos” e integrador pero que al final lo centra todo en la redención no de los jóvenes inmigrantes (cuyo triunfo es integrarse en el estatus quo) sino en la de la chef blanca, rubia y aunque no lo diga, de derechas. Entre nosotros: la gastronomía, por mucho que se ponga tatuajes y piercings, es muy de derechas. Lo que no es algo malo. Siempre hay un camino a la derecha, y un restaurante vegano.

Quinta muesca en el revólver festivalero.

Solo queda el silencio.

Al menos hasta mañana martes.

Sí, es insoportable, la verdad.

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