El negocio de la polémica: cómo las tertulias logran crear discusión de la nada

Ronald Koeman (centro) celebra el gol que le dio al Barcelona la Copa de Europa de 1992. Foto: Mark Leech/Getty Images.

Estadio de Wembley, norte de Londres. 20 de mayo de 1992. La UEFA decidió que, en la última edición de la Copa de Europa antes de que cambiara el nombre a la moderna “Liga de Campeones”, fuera el más legendario de los estadios ingleses el que acogiera aquel año la final. A ella llegaron, tras superar una novedosa fase de grupos, el Barcelona y la Sampdoria.

Durante los 90 minutos reglamentarios y la primera mitad de la prórroga ni catalanes ni genoveses fueron capaces de mover el marcador. Hasta que llegó el minuto 112 y hubo una falta en la frontal del área italiana. Del golpe franco se hizo cargo el lanzador habitual, Ronald Koeman; le salió un disparo perfecto, fortísimo y pegado al poste, al que Pagliuca no pudo llegar.

El 0-1 final significó que el Barça, aquel dream team entrenado por Johan Cruyff, se llevara la primera Orejona de su palmarés. En su momento se vivió como un hito histórico no solo para los culés, sino para todo el fútbol español, que llevaba casi 30 años sin conquistar el continente, desde aquellos primeros trofeos en blanco y negro del Real Madrid. En ese tiempo, blancos, azulgranas y el Atlético se plantaron en varias finales, sin éxito y con grandes dosis de mala suerte.

De aquello hace hoy exactamente 28 años y un día. Hemos tenido tiempo para transformar nuestra vieja Primera División en, como se intentó vender en su momento, “la liga de las estrellas”; nuestros clubes (o más bien dos de ellos, al más puro estilo escocés) se han convertido en potencias casi hegemónicas a años luz del resto; incluso la selección nacional, históricamente gafada, ha acabado siendo una triunfadora. Pero hay cosas que no cambian, y que hasta se refuerzan.

Porque de lo que se habló ayer, más que del aniversario de un hecho tan destacado, fue de la posibilidad de que el gol no hubiera sido válido. Ahora, en 2020, hay quien reclama que la falta que señaló el árbitro alemán Aron Schmidhuber y que permitió a Koeman chutar y marcar, en realidad fue una jugada limpia y que el juez del partido se equivocó (más o menos intencionadamente) al pitarla. Trampa, robo, vergüenza, los calificativos que ustedes quieran se los podían, y siguen pudiendo, encontrar en su red social favorita.

Damos un pequeño salto en el tiempo y en el espacio. Amsterdam Arena, también 20 de mayo, pero de 1998. Ya se llama Champions League, ya va teniendo aroma al fútbol actual, sea eso bueno o malo. Por primera vez participan no solo los campeones de cada país, sino también algunos segundos clasificados en las ligas más importantes, si bien hay que reconocer que el protagonista esta vez, el Real Madrid, sí que había ganado el torneo nacional el curso anterior.

Los blancos se enfrentan a otro equipo italiano: la Juventus de Turín. Al silbato otro alemán: Hellmut Krug. El marcador, otra vez, 0-1, aunque en esta ocasión no hubo prórroga: el montenegrino Predrag Mijatovic consiguió su tanto, aprovechando el rebote de un zapatazo de Roberto Carlos en un defensa transalpino, en el minuto 66.

Igual que con el caso de Koeman, hubo especulaciones sobre si ese gol era legal o el atacante balcánico se encontraba en fuera de juego. Otros 22 años (y un día) han pasado desde aquel título. En vista de las imágenes, que cada uno juzgue qué deberían haber hecho los árbitros en cada caso. La experiencia nos dice que, en función de los colores de la camiseta que lleve el espectador, es muy probable que, ante unos mismos hechos, la conclusión que se saque sea totalmente diferente.

Otra cosa que también está muy clara es que nos encanta pelearnos sin necesidad. Y que si ahora mismo, por culpa del coronavirus, no hay fútbol, no pasa nada: recuperamos algo de hace dos o tres décadas y montamos la bronca a partir de ahí. Lo grave del asunto no es que lo hagan los aficionados, que allá cada cual, sino que desde la prensa lo jaleamos y hasta lo fomentamos. Así lo hizo anoche, por ejemplo, el programa de televisión El Chiringuito.

En su defensa cabe mencionar que no fueron los únicos. Y que hay casos más graves. Porque si la prensa comercial, una emisora privada, vive de conseguir audiencia, mientras respeten la legislación vigente pueden emitir el tipo de contenidos que quieran, allá ellos con su conciencia. Pero de un ente público se espera algo más de ética. Y sin embargo, así estaba ayer Estudio Estadio en TVE:

Es puro afán de generar polémica gratuita. Crispar por crispar. Que unos tienen un caso sospechoso, sacamos otro de los de enfrente para tener la pelea montada. El “y tú más” permanente, que aparentemente funciona bien para captar audiencia (si no, no lo harían, y ahí los espectadores deberían hacerse cargo de su parte de responsabilidad). ¿Qué sentido tiene, a estas alturas, no simplemente recordar los hechos, sino tratar de generar confrontación a cuento de algo ocurrido cuando posiblemente parte del público ni siquiera había nacido?

Rememorar batallitas pasadas y traerlas a la actualidad como si fuera una cuestión de Estado es una de las muchas fórmulas que han desarrollado este tipo de espacios. Otro sistema bastante eficaz consiste en magnificar detalles irrelevantes y elevar a la categoría de noticia lo que no deja de ser una anécdota, sobre todo si implica a alguno de los escasos “personajes principales”. Literalmente cualquier cosa que hagan Messi o Cristiano Ronaldo, tanto en el campo como fuera, es susceptible de acaparar minutos de pantalla y dar lugar a discusiones.

Pero sin duda, si se trata de polemizar, lo más socorrido (y eficaz) es insinuar agravios comparativos. Los errores arbitrales, propios de seres humanos, no se analizan en sus causas y consecuencias ni se explica al público, reglamento en mano, por qué tal o cual acción es o no permisible en el juego. En su lugar, se presentan como afrentas, o más aún, como crímenes perseguibles Código Penal en mano ante los que no cabe más que la indignación. A grandes voces, por supuesto.

De esto último, con permiso, no pondremos ejemplos, porque los hay en todas las direcciones (seguro que el lector tiene en mente alguno en concreto) y si se nos ocurriera elegir uno y no otro no faltaría quien nos acusara de llevar tal o cual bufanda. Que es, precisamente, otra de las estrategias, muy bien estudiadas. Los periodistas deportivos en este tipo de espacios no son informadores imparciales, pero no porque la imparcialidad absoluta sea inalcanzable, sino porque ni se esfuerzan en intentarlo. El plató se llena de hooligans que defienden con vehemencia su equipo favorito y saltan con uñas y dientes ante el menor atisbo de crítica. Ya dijo en su momento Tomás Roncero, en sus inicios cronista muy serio y equilibrado en El Mundo, que “le aburría mucho” el periodismo objetivo.

Da la sensación a veces de que para determinados sectores de la prensa deportiva el deporte es algo totalmente secundario. Lo único que les parece preocupar es que se discuta, que haya ruido aunque no se aporte nada. A todos los niveles, porque no hay más que ver alguna edición de este tipo de espacios para comprobar que, más que espacios de reflexión y debate, parecen mercadillos donde gana quien grite más (pero gana poco, porque dentro de un rato habrá una nueva trifulca... o puede que se recupere la misma si ha sido suficientemente escandalosa).

¿Por qué se hace todo esto? ¿Por qué los espacios mayoritarios han optado por esta táctica de confrontación a cualquier precio? Simple y llanamente porque funciona. Quizás pocos quieran reconocer que disfrutan con este tipo de producto, pero los datos de audiencias los respaldan. Han encontrado una fórmula ganadora, y mientras siga rindiendo no hay razón alguna para cambiarla y sí para exprimirla todo lo que se pueda.

El ejemplo de hoy es significativo, aunque no hay que ser ningún lince para darse cuenta de que la tendencia viene de largo. Es un formato lícito, faltaría más, los gustos y criterios de cada uno son libres y no pretendemos aquí erigirnos en los enésimos salvadores de la integridad del periodismo. Pero no dice mucho a favor ni de profesionales ni de consumidores que hayamos dejado que la marrullería se convierta en el valor predominante.

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