Recordando 'Autopista hacia el cielo', la más inocente de todas las series

¿Se imaginan ir caminando por la calle y tropezarse con un ángel caído del cielo? Quizás suene a risa pero en el maravilloso mundo de la televisión, los milagros, la magia y la fantasía son una realidad al alcance de todos. Hagamos memoria. Estados Unidos, 1984. Bajo el nombre de Autopista hacia el cielo (o Camino al cielo en Latinoamérica), el canal norteamericano NBC estrenaba su serie estrella que se colaría en millones de hogares de todo el mundo para unir a las familias frente al televisor con unas historias cargadas de humanidad, valores y mucho corazón. A la cabeza tanto de la dirección como del personaje principal estaba Michael Landon, quien con su sonrisa eterna y aspecto bonachón se convertía en el candidato perfecto para interpretar a Jonathan Smith, ese ángel con apariencia humana que aterrizaba en la tierra para ayudar al prójimo, acabar con las injusticias y sacar lo mejor del ser humano.

(©NBCUniversal, Inc.)

Imposible olvidar su cabecera, y mucho menos su sintonía creada por el gran compositor David Rose. Un cielo de nubes y el sol en pleno amanecer daban paso a la imagen de una desoladora autopista americana y un hombre caminando a lo lejos. Es el ángel que llega para cambiar vidas. Le manda ‘El Jefe’, es decir, Dios, con unas misiones tan emotivas como dolorosas que nos invitaban a tener unos cuantos pañuelos cerca (lo del Kleenex todavía no era popular) porque las lágrimas y las congestiones nasales estaban aseguradas. De todos sus trabajos como encargado del cielo en la tierra cabe destacar uno especial: el de devolver la ilusión por la vida al ex oficial de policía Mark Gordon, magistralmente interpretado por el actor Víctor French, un viejo gruñón y cascarrabias pero todo corazón que se convertiría en su mano derecha humana y responsable de momentos únicos. Por ejemplo, su historia de amor con una enferma terminal que se va a morir en breve pero con quien decide casarse y hacer feliz el poquito tiempo de vida que le quede.

Era la segunda serie que Landon y French hacían juntos a un año de haber terminado La casa de la pradera (La familia Ingalls, 1974-1983), en donde Victor interpretó a Isaiah Edwards, el trágico pero cariñoso amigo de los protagonistas.

Esta es tan sólo una de las muchas tramas que nos dispararon directo al corazón. Durante casi cinco años, 111 episodios y cinco temporadas, Jonathan y Mark recorrieron cientos de kilómetros en un viejo coche recomponiendo las vidas de corruptos, familias destrozadas y devolviendo la esperanza. Lo que pocos saben es que fue precisamente en un coche donde nació la idea de esta serie. Fue el propio Landon quien así lo compartió en una entrevista al periódico Los Angeles Times en 1988. “Iba conduciendo por Beverly Hills para recoger a mis hijos un viernes por la noche. La gente se estaba pitando los unos a los otros. Creo que la gente cuando tiene algo de dinero se cree que el Mar Rojo se va a abrir para que puedan pasar con su coche”, bromeó. Y entonces allí, en el medio de esa jungla de vehículos, malas caras y nervios a flor de piel le vino una pregunta a la cabeza: “¿Por qué está la gente tan enfadada? Si tan solo pasaran el mismo tiempo siendo agradables con los demás”.

Así, con esta simple pero enorme reflexión es como al actor, que nos cautivó con otras inolvidables series de carácter familiar como Bonanza o La casa de la pradera, se le encendió la bombilla para crear la entrañable historia. Si hay algo de lo que Landon entendía muy bien era de temas familiares. Era padre de nueve hijos, por lo tanto tramas e ideas tenía de sobra. También era religioso, unas creencias que le ayudaron e inspiraron en muchos de los episodios narrados, pero nunca desde la imposición ni la prepotencia. Probablemente la presencia de un Dios que todo lo puede, los valores cristianos y las tradiciones religiosas de la serie pondrían los pelos de punta y producirían todo un debate existencial en la actualidad. Pero todo depende del grosor del cristal (y la sensibilidad) con que se mire. Dios es el principal protagonista de esta trama, pero también lo son las vivencias cotidianas y universales que se contaban en ella con las que cualquier generación del ayer, del hoy y del mañana se pueden identificar.

¿Tendría cabida un contenido así en la actualidad? Es complicado hacer una predicción exacta. Lo que es indiscutible es que su forma de mostrar la vida no tiene nada que ver con los tipos duros de pelar, los dragones inmensos, los peligrosos capos de la droga o los asesinos del true crime que ocupan el contenido de las series más exitosas del momento. Los tiempos cambian y también las preferencias, los gustos y las tendencias. Todo es respetable. Pero sin lugar a dudas Autopista hacia el cielo marcó un antes y un después en los contenidos familiares en la pantalla chica con sus mensajes de tolerancia, respeto y compasión que jamás pasarán de moda y que siguen siendo muy necesarios.

Llegó pegando fuerte y se marchó de la misma forma cuando las audiencias empezaron a declinar en el verano de 1989. Dicen los expertos que la repetitividad de los temas pudo haberle pasado factura. Ya sabemos que el rating manda y no tiene miramientos con nadie, así que cuando NBC vio el bajón decidió cancelar la serie con una temporada corta de 13 episodios. Tal es así que el último capítulo que tenía lugar en Navidad adelantó su emisión al mes de agosto para poner punto y final definitivo a la serie. No hubo despedida, ni cierre, ni un final para el recuerdo.

Una triste noticia marcaba también el adiós de esta historia. La muerte del compañero de fatigas de Landon, o mejor dicho Jonathan. French nos dejaba en junio de 1989 a los 54 años tras sufrir un cáncer de pulmón y poco después de grabar el último episodio. Una pérdida enorme a nivel humano y para la serie que hacía prácticamente inviable su continuidad. El tándem Landon-French recuerda un poco al de Zipi y Zape, el Gordo y el Flaco o Holmes y Watson, es imposible imaginarse al uno sin el otro. Ironías del destino o casualidades de la vida, cada uno que lo interprete como quiera, dos años después, en 1991 era el artífice de esta serie quien también moría a la misma edad que su compañero y de la misma enfermedad. En su caso el cáncer fue de páncreas.

El ángel y su contrapartida humana partían en su viaje definitivo, esta vez en la vida real, dejando desolada a una generación para la que esta serie sigue siendo un recuerdo imborrable y todo un referente. Fue tal su huella que a inicios de los noventa inspiró a otros shows televisivos como El toque del ángel o God friended me que no lograron alcanzar ni de cerca la remarcable popularidad, ni cercanía, de Autopista hacia el cielo. Era difícil hacerlo, dejó el listón muy alto. Justo cuando se cumplen 30 años de la emisión de su último capítulo era de justicia rememorar esas reuniones familiares, esos años mozos y momentos mágicos frente a la caja tonta que nos hizo el regalo de una historia tan especial y de las que no hay dos. Dicen que recordar es volver a vivir, así que nos hemos dado ese capricho.

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