El pasado segregacionista de los autocines que pocos conocen

Sin duda alguna, los acontecimientos a raíz de la muerte de George Floyd y el nuevo auge del movimiento Black Lives Matter están obligando una revisión y replanteamiento no solo del presente, sino igualmente del pasado reciente e histórico. Y la coincidencia en el tiempo de este inusitado fenómeno con la pandemia también sin precedentes del covid-19 está ofreciéndonos perspectivas que nunca antes habíamos considerado.

Sin ir más lejos, el resurgir de la industria de los autocines –la forma más práctica de ver películas en público en tiempos de pandemia– ha permitido recordar una expresión olvidada del racismo que impregnó la sociedad de EEUU hace solo un puñado de décadas.

Películas como Grease nos han acostumbrado a una idea dulcificada de los autocines, pero estos formaron parte de la segregación racial en los espacios públicos. (Imagen: Paramount Pictures)

Recordemos que aunque los autocines nunca se fueron del todo, su “pico” de popularidad quedó en la década de los 60, cuando el “baby boom” de la postguerra y los suburbios motorizados favorecieron la proliferación de esta modalidad de salas de cine al aire libre. Tanto fue así, que en 1960 había unos 5,000 autocines operando en EEUU, frente a unos 13,200 cines normales, según recuerda el profesor Thomas P. Doherty de la Brandeis University en The Hollywood Reporter.

Pero la década de los 70 hizo que los multicines de centro comercial empezasen a convertirse en la opción preferida de los espectadores, lo cual produjo el progresivo declive de los autocines –que en 2019 solo conformaban 559 de las 41,072 pantallas de cine en EEUU. Hoy en día, lo normal para un joven Z es no haber tenido la experiencia de ver una película desde el interior de un coche...

Aunque en España existen autocines desde 1959 (en su mayoría en la costa mediterránea, por cuestiones de clima), siempre fueron asociados a la cultura popular estadounidense, en parte gracias al enorme valor icónico de películas como la popular Grease. Pero lo que hoy puede parecernos una imagen nostálgica y acaramelada tiene un reverso enteramente negativo y siniestro. Y es que durante años los “drive-ins” de EEUU restringieron e incluso negaron el acceso a los coches conducidos por personas de color.

Este poco comentado episodio de segregacionismo aconteció durante toda la era clásica de Hollywood y no se limitó solo al Sur de los EEUU, sino que la política general de todas las salas de cine del país fue prohibir el acceso de negros excepto a “salas de raza”, o bien relegarles a “palcos de negros”. Tras adquirir su entrada, los espectadores negros solían tener que dar la vuelta al local y acceder por una entrada lateral o trasera, que conectaba con las zonas segregadas.

Las conocidas como leyes Jim Crow también afectaron al floreciente negocio de los autocines durante la posguerra, debiendo adaptarse a la nueva modalidad de exhibición para seguir imponiendo la prohibición de la mezcla racial. El periodo de ajuste creó un vacío legal durante el cual muchos afroamericanos pudieron acudir con gran ilusión a los autocines... aunque la libertad duró muy poco.

Y es que los exhibidores de los autocines pronto prohibieron la entrada de los conductores negros o bien crearon secciones aparte para ellos en sus aparcamientos. En respuesta a esta política de discriminación se llegaron a construir autocines solo para negros, con frecuencia en regiones donde las leyes Jim Crow no se aplicaban del todo (como en partes de California).

A mediados y finales de los 50, el movimiento por los derechos sociales empezó a hacer campaña contra la segregación en los espacios públicos, incluidos cines y autocines. De forma similar a como se hacía con restaurantes y medios de transporte, los manifestantes pedían con toda corrección una entrada para acceder al recinto, y cuando este les era negado, simplemente volvían al final de la cola y lo intentaban de nuevo. Otros contaban con “aliados blancos” que adquirían dos entradas y trataban de acceder con sus compañeros de color. 

En los autocines se dio una forma curiosa de protesta: conducir hasta la entrada y bloquear el acceso hasta que el taquillero accediese a vender la entrada. Si la cola que se generaba adquiría proporciones monstruosas (como solía suceder), el manifestante daba marcha atrás y situaba su vehículo al final de la fila, con intención de probar suerte de nuevo. Tristemente, algunas de estas acciones fueron respondidas por el infame Ku Klux Klan con la erección y quema de cruces ardientes en las cercanías.

Pero en torno a 1961 o 1962, incluso los cines del Sur sucumbieron a las presiones y empezaron a aceptar el cambio que había llegado y el que se avecinaba, adoptando una estrategia de “integración pacífica” –cuyo primer ejemplo exitoso tuvo lugar en Nashville. Fue en esta ciudad donde, sin grandes anuncios, los exhibidores empezaron a admitir a los espectadores negros en sesiones de baja asistencia, posteriormente en pases nocturnos de entre semana, y finalmente en los concurridos fines de semana. Antes de que el KKK pudiera reaccionar, la integración “total” se había logrado coincidiendo con la aprobación de la histórica Ley de Derechos Civiles de 1964. Con todo, la igualdad de facto aún tardaría décadas en alcanzarse…

Pues aunque hoy los vestigios de las políticas de segregación de Hollywood parezcan haber desaparecido casi del todo, muchas salas de cine del Sur conservan rastros estructurales de la discriminación. Por ejemplo, el restaurado Fox Theatre de Atlanta contiene varias filas traseras en su espacioso balcón, separadas del resto, que fueron originalmente creadas para “espectadores negros”.

Porque las heridas sanan, pero siempre dejan cicatriz...

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Fuente: The Hollywood Reporter