Una entrevista enterrada de Audrey Hepburn sale a la luz destapando los mayores traumas de su vida

Valeria Martínez
·8 min de lectura

A 27 años de su muerte, Audrey Hepburn sigue siendo un icono universal del cine, la moda y los trabajos humanitarios, capaz de representar la elegancia y sencillez en una misma persona. Sin embargo su vida estuvo lejos de ser un cuento de hadas. Y eso es precisamente lo que cuenta con lujo de detalles el documental más personal jamás realizado sobre ella.

Y es que Audrey: more than an icon relata su historia recurriendo a una entrevista que la actriz dio en vida y que nunca había salido a la luz. Hasta ahora.

Audrey Hepburn (AP Photo, Gtres)
Audrey Hepburn (AP Photo, Gtres)

Así como Diana: in her own words desvela las diferentes etapas en la vida de Diana de Gales con el propio relato de la princesa gracias a unos audios personales (disponible en Netflix), Audrey: more tan an icon recurre a una entrevista de dos horas que por algún motivo desconocido jamás había sido publicada. En la entrevista se puede oír a la verdadera Audrey, a la mujer que soñaba con encontrar el amor eterno fruto de los traumas vitales que dejaron en ella el abandono de su padre, el sufrimiento de la Segunda Guerra Mundial, dos matrimonios fallidos, abortos y la sensación de traición al final de su vida tras descubrir que el mundo seguía provocando horrores a niños refugiados en diferentes rincones del planeta. Horrores de guerra y hambruna que ella misma había sufrido de pequeña.

Oímos a la mujer, no al icono, esa que optó por su papel de madre por encima de la fama cinematográfica que le reportaba millones de dólares al año. Y aunque el documental no es tan efectivo como el de Diana, es el más personal que he visto sobre Audrey hasta la fecha.

A lo largo de 101 minutos, el filme dirigido por Helena Coan adentra al espectador en la vida de esta leyenda del cine a través de la mencionada entrevista mientras recurre a imágenes de archivo, vídeos y fotos caseras de Audrey y su familia, completando la narración con el testimonio de su hijo, su nieta, amigos y críticos de cine; pero siempre centrándose en la persona más allá de la figura pública.

Y es a través de su propia voz que descubrimos la difícil infancia que vivió durante la Segunda Guerra Mundial y su desconcierto ante el estrellato instantáneo que llegó años más tarde, mientras desvela las inseguridades que sentía como actriz. Antes de cada proyecto, Audrey cuenta que se preguntaba si iba a ser capaz de hacerlo, demostrando una inseguridad que críticos que aparecen en el filme siembran como la consecuencia de una madre que "la hacía sentir fea" y "no le decía elogios".

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Audrey nació el 4 de mayo de 1929 en Bélgica pasando sus primeros años junto a dos progenitores de tendencias fascistas -incluso se señala en el documental que su padre era antisemita y que su madre escribió artículos alabando al régimen nazi mientras ambos vitoreaban las marchas políticas nazis tras mudarse a Alemania-. Pero en 1935 se divorciaron y el padre se marchó a Inglaterra, distanciándose de su hija durante años. Mientras tanto, Audrey crecía en un internado de Londres, pasando los fines de semana y los veranos sola a pesar de que su padre vivía lo suficientemente cerca como para visitarla. Todo esto creó una situación de abandono e inseguridad que perduraría con ella por el resto de su vida.

Al estallar la Segunda Guerra Mundial, Audrey cuenta en sus propias palabras que pasó a vivir con su madre en Holanda ante la convicción de que allí estarían más seguras. Pero el país estuvo bajo ocupación durante años. "Si en los primeros seis meses de ocupación hubiéramos sabido que íbamos a estar ocupados durante cinco años nos hubiéramos pegado un tiro" cuenta Audrey mientras recuerda el miedo vivido bajo la ocupación del SS, el asesinato de sus tíos y cómo ayudó a la resistencia llevando mensajes escondidos entre sus zapatos y distrayendo a sus vecinos bailando ballet para ayudarles a olvidar el horror que les rodeaba por un momento.

"Bailar fue su línea de vida durante la guerra" cuenta su hijo en el documental mientras su nieta añade la hambruna que pasó, siempre recordando la barra de chocolate que le regalaron los trabajadores de UNICEF el día que la rescataron de un sótano al acabar el conflicto. Y a pesar del martirio sufrido, Audrey estaba dispuesta a vivir y cumplir su sueño de ser bailarina y consiguió una beca para estudiar en Londres (aunque sus deseos fueron derrumbados enseguida al ver que los años perdidos en la guerra la alejaban mucho de la técnica de otras chicas de su edad). Nunca sería una prima ballerina y así empezó a encaminarse dentro del mundo de la actuación. "Pero solo porque necesitaba dinero" cuenta Audrey, dejando claro con su voz que nunca pensó en ser actriz. Lo suyo era el ballet.

Pero sus grandes ojos almendrados y esa imagen de mujer libre e independente (muy alejada de las estrellas despampanantes o los roles de vecina de al lado de Hollywood) le abrieron el camino a la meca del cine de forma instantánea. En un mismo año la suerte le sonrió por partida doble cuando la propia Colette le ofreció el papel de Gigi en la adaptación de Broadway al verla en un hotel francés durante un rodaje; y al conseguir su papel protagonista en Vacaciones en Roma junto a Gregory Peck. Y así, nacía una estrella.

Y no una estrella cualquiera, una que logró conquistar al público creando un personaje de ella misma, rebuscando en su propia tristeza y experiencias como su propia escuela de arte dramático. Y es que, como deja entrever este documental, Audrey no era una persona triste pero sí cargaba con un aura de tristeza fruto de los traumas acumulados en su vida.

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El documental repasa sus personajes más icónicos y su relación con el mundo de la moda a través del testimonio de familiares y críticos de cine, pero es el relato de la propia Audrey el que destaca sobre todo. Ella misma cuenta que no estaba preparada para el reconocimiento y la fama. Habían pasado unos años del final de la guerra y ni siquiera se había planteado pensar en el futuro. Sin embargo, Audrey pasó a ser una de las estrellas más solicitadas de la industria de la noche a la mañana con éxitos como Sabrina, Una cara con ángel, Desayuno con diamantes o My fair lady. Y si bien cuenta que el afecto de la gente la hacía muy feliz, ella no se veía como un éxito: "Si tengo éxito es porque la gente ve algo que yo no veo" declara en un momento.

Y es que Audrey vivía otra realidad dentro suyo. "El hecho de que mi padre nos abandonara me dejó insegura, quizás, de por vida […] Lo eché muchísimo de menos desde el día que desapareció" confiesa mientras sentencia que no comprendía su ausencia. "Fue uno de los traumas que marcaron mi vida". Pero 25 años después de la última vez que se vieron pocos días antes de estallar la guerra, Audrey cuenta que sintió curiosidad por verlo y a través de la Cruz Roja lo encontró. Y nunca le pidió explicaciones. Lo perdonó porque no creía que en la vida había que vivir con rencor y remordimiento, y mantuvo contacto con él hasta su muerte.

Cuando estaba en la cúspide de su carrera, Audrey decidió aparcar la actuación para cumplir su rol de madre como siempre había soñado. Pero la vida no le sonreía en todos los sentidos. Su primer matrimonio con Mel Ferrer terminó tras 14 años de casados, y en el segundo con Andrea Dotti sufrió “cientos” de infidelidades. Ella quería formar la familia que no había tenido, quería darle a sus hijos el hogar que había soñado; pero la vida no se lo puso fácil. Ella misma califica los abortos sufridos y los divorcios como “las peores experiencias que puede vivir un ser humano”.

En pocas palabras, Audrey solo quería encontrar el amor incondicional, quería amar y ser amada. Y después de lo vivido de pequeña, con un padre ausente en pleno horror de una guerra, es comprensible. Lo tuvo en su rol de madre, pero los hombres de su vida se resistían en dárselo. Fue recién en los últimos años de su vida que consiguió encontrar al compañero perfecto que siempre había buscado, Robert Wolders. “Confío en él, confío en su amor, no tengo miedo” sentencia al hablar de él. Robert fue un holandés con quien Audrey compartió esos años de vida sencilla, lejos de los paparazis y los focos del cine, y en los que se dedicó de lleno a su faceta como embajadora de UNICEF viajando a campos de refugiados en Somalia con la intención de mostrar al mundo que el horror infantil seguía presente en nuestro planeta.

Audrey murió mientras dormía a los 63 años a consecuencia del cáncer colorrectal que padecía, cuatro meses después de recibir el diagnóstico. Y al escucharla a ella y a los que vivieron a su lado descubrimos a la mujer más allá del icono. A una Audrey que sufría inseguridades provocadas por el horror de la guerra y los traumas del pasado, pero que igualmente hizo todo lo posible por ser feliz sin darse por vencida.

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