Astrónomos detectan (probablemente) un agujero negro devorando una estrella de neutrones

Representacion artistica de un agujero negro devorando una estrella de neutrones. (Crédito imagen: CARL KNOX, OZGRAV ARC CENTRE OF EXCELLENCE).

Estos últimos años la astronomía ha acaparado de forma regular las portadas de los medios generalistas y científicos. Cuando no es por descubrimientos de exoplanetas asombrosos, cada vez más parecidos a la Tierra, es por destellos imprevistos en el centro de nuestra galaxia. También nos han visitado cuerpos procedentes de fuera de nuestro sistema solar, hemos obtenido la primera imagen de un agujero negro e incluso hemos inaugurado una nueva rama de la astrofísica a raíz de la detección de ondas gravitacionales. Esto último, sucedió en 2015 y desde entonces hasta ahora, dos equipos (uno estadounidense y otro europeo) no paran de asombrar al mundo con sus hallazgos.

Si recordáis bien, para que nuestros “primitivos” dispositivos de detección (aunque en realidad hablamos de lo último en tecnología) puedan detectar las tenues ondas que se producen cuando dos cuerpos chocan en el espacio, estos tienen que ser supermasivos. Solo cuando se producen cataclismos que involucran a estrellas fallidas de dos clases bien conocidas: las que se han transformado en un agujero negro rompiendo el tejido del espacio-tiempo, y las que han colapsado a través de presiones gravitatorias inimaginables hasta condensarse en una pequeña pero densísima estrella de neutrones, consiguen los científicos detectar las esquivas ondas gravitacionales. Hizo falta que pasara un siglo desde que Einstein predijera su existencia en 1916 para afinar nuestras “orejas gravitacionales” lo bastante como para escuchar las mayores de las batallas posibles en el universo, masas inimaginables luchando entre sí de forma estruendosa.

Esto parece ser lo que acaban de detectar estadounidenses y europeos, la posible huella gravitatoria de un cataclismo entre un agujero negro y una estrella de neutrones. El primero devoró al segundo como si fuera un “comecocos” tragándose a un fantasma, y a pesar de que el evento catastrófica sucediera hace 900 millones de años, y a una distancia inimaginable de 8.550 millones de billones des kilómetros de la Tierra, la huella del “crimen” atravesó el universo hasta alcanzar a nuestros detectores.

Desde 2015 hasta ahora, el equipo estadounidense y su pareja de detectores terrestres LIGO, así como el equipo europeo con sede en Italia que gestiona el observatorio gravitacional europeo VIRGO, han logrado (si es que este último hallazgo confirma que en efecto es un agujero negro devorando una estrella de neutrones) el terceto mágico de grandes impactos gravitatorios del cosmos. Si en 2015 LIGO recogió la señal de dos agujeros negros fusionándose en uno solo, y en 2017 LIGO y VIRGO detectaron la colisión entre dos estrellas de neutrones, ahora – y a falta de confirmación, repito – los astrónomos han observado ahora la combinación que les faltaba.

Por lo que puedo leer, la señal del objeto, al que han llamado S190814bv, se recibió el pasado 14 de agosto de 2019, hace apenas un mes, y a pesar de que la señal fue captada por europeos y estadounidenses, cuando se lanzó la alerta a los observatorios astronómicos para barrer la zona en busca de rastros visibles, lo cierto es que no hubo confirmación visual. De ahí que os hablara yo de la nueva rama de la astronomía que comenzaba con la detección de las invisibles ondas gravitacionales.

Nuestros ojos tradicionales, como el (telescopio ANU SkyMapper, que lo intentó sin éxito) están ciegos a esta clase de restos fósiles de antiguos impactos supermasivos. Haciendo un juego de palabras, podríamos decir que hemos “sentido” lo nunca visto.

Y si no damos la noticia por confirmada es porque aún cabe la posibilidad de que lo que se ha detectado sea un agujero negro devorando a otro más pequeño. En contra de esta posibilidad está el hecho de que nunca hemos detectado un agujero negro más pequeño que cinco masas solares, y tampoco una estrella de neutrones más grande que 3 masas solares, pero lo cierto es que - al menos en teoría – podrían existir agujeros más pequeños que aún no hemos sido capaces de detectar con nuestras mediciones del cosmos realizadas en rayos-x.

Por eso he preferido colar el término “probablemente” en el titular. Más vale ser prudente que excesivamente entusiasta.

Me enteré leyendo National Geographic