Así vive una mamá latina la crisis de salud que golpea Madrid: "¿Y si era coronavirus?"

Algunas personas usan máscarillas médicas como medida de precaución contra el coronavirus en Madrid, el 10 de marzo de 2020 (Foto Burak Akbulut/Anadolu Agency via Getty Images)

La suspensión de las clases y la sugerencia de trabajar desde casa para contener la propagación del coronavirus en Madrid era inevitable. Y aunque en España se trata de una situación inédita, estoy convencida de que las situaciones extremas vividas en Venezuela me han preparado para enfrentar cualquier emergencia.

La primera vez que sentí que el coronavirus (Covid-19) me afectaba de manera personal fue cuando las autoridades sanitarias dijeron que el quinto caso confirmado estuvo hospitalizado en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Infanta Sofía, que abarca cuatro grandes edificios grises que puedo ver desde mi ventana.

Entonces comprendí que el temido virus de Wuhan andaba cerca.

Y mientras el número de contagios y casos graves en la capital española se disparaba al techo, mi hija Claudia me dijo que tenía fiebre.

Busqué el termómetro para verificar lo que mis manos de madre ya sabían. La niña tenía los ojos y las mejillas enrojecidas, los labios resecos y la inequívoca expresión de malas pulgas que se le instala en su rostro cada vez que se enferma. "Mami me duelen las piernas y el cuerpo", me dijo.

Once años de desvelos me han enseñado a actuar con rapidez. Le di agua, ibuprofeno y mientras ella dormitaba busqué por internet la guía de actuación recomendada por Salud Madrid en caso de coronavirus.

Las recomendaciones señalan que no hay que asistir al centro de salud en caso de presentar los siguientes síntomas: fiebre, tos seca, dolor de garganta, dolores musculares o dificultad para respirar. Y piden llamar al 900102122 para comunicar a las autoridades la sospecha de un caso.

De los 5 síntomas, la niña tenía 3. No tenía ni tos seca ni dificultad respiratoria. En lo personal, pienso que era una gripe común o una amigdalitis. ¿Y si era coronavirus?

Después de una noche temperatura superior a los 39 grados decidí llamar al número de Salud Madrid para preguntar cómo proceder.

Luego de varios intentos recibí tres tipos de respuestas. La primera fue el inconfundible "tururú" que acompaña a los números inexistentes o desconectados. La segunda fue el tono de ocupado. Y la tercera respuesta era la contestadora de Salud Madrid, donde te pedía marcar el número uno si se trataba de una consulta sobre el coronavirus.

Después de muchos intentos, opté por pedir la cita con su pediatra en el Centro de Salud.

La doctora recibía a los pacientes con mayor rapidez de lo habitual. Los niños entraban y salían de la consulta a la velocidad del rayo. Cuando le tocó a Claudia apenas alcancé a decir que tenía fiebre y dolor de garganta. Le pidió decir "Ahhh" y listo. Tenía las anginas inflamadas. Luego le tomaron una muestra para determinar si se trataba de una infección bacteriana y a los diez minutos la pediatra nos dijo triunfante. "¡Es un virus! A reposar en casa por dos días y a tomar ibuprofeno cada seis horas para la fiebre". Le dijo a Claudia que no se tocara la boca ni la cara para que no contagiarse de coronavirus pero ni una sugerencia de hacerle la prueba para descartar la enfermedad.

Cuadro viral con fiebre. ¿Será coronavirus? (Foto Mariángela Velásquez)

Llegué a casa un poco desconcertada. Prendí la tele y vi a las autoridades sanitarias italianas reforzar las medidas de alerta en todo el país, pidiendo a sus ciudadanos mantenerse en casa si presentaban una temperatura superior a los 37,5 grados. Pensaba que Claudia sólo había llegado a los 37,5 después de alternar ibuprofeno y paracetamol cada 4 horas.

El ministro de Sanidad, Salvador Illa, anunció el lunes en la tarde que las clases estaban suspendidas desde la educación infantil hasta la universitaria durante quince días a partir del miércoles 11 de marzo en la Comunidad de Madrid y algunas regiones del País Vasco. La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso confirmó la medida y sugirió a las empresas permitir a los empleados trabajar a distancia. Con un sistema público de salud a sobre marcha con unos 1200 infectados, 74 enfermos graves y 30 muertos, no quedó otra opción que endurecer las medidas para frenar los contagios.

El anuncio de la suspensión de las actividades despertó algo de alarma en los madrileños, quienes, al menos por mi casa, abarrotaron los supermercados para comprar provisiones.

Nosotros, que este sábado no fuimos a comprar comida como lo hacemos habitualmente, nos agarró la medida con la nevera vacía. Así que mi esposo tuvo que unirse a la bandada de vecinos que metían en el carrito cualquier producto que quedara en el anaquel.

Los madrileños vaciaron los anaqueles de varios supermercados luego de la suspensión de las actividades escolares por el coronavirus el 9 y 10 de marzo de 2020 . (Fotos cortesía Alessandro Astorino).

El martes en la mañana, el presidente del Círculo de Empresarios, John de Zulueta, hizo un llamado a "contener el miedo" y aseguró que no es necesario acaparar los productos porque está asegurado el abastecimiento.

Las estaciones del metro de Madrid estaban bastante vacías mientras Madrid anunció que desinfectará a diario todo el sistema de transporte público de la ciudad.

Los chats de vecinos y colegas hervían con información, dudas y preocupación sobre cómo esta medida repercutirá en sus vidas.

Mantener en casa a 1,5 millones de estudiantes no es cosa fácil en una sociedad donde por regla trabajan ambos padres. ¿Quién se quedará con los niños si las autoridades recomiendan mantener alejados a los abuelos de los pequeños que tengan síntomas gripales porque son la población de mayor riesgo?, se preguntan algunos padres.

Tengo la fortuna de escribir de manera remota en plataformas digitales, así que estoy más que acostumbrada a trabajar desde casa. Aunque reconozco que será un desafío mantener la productividad mientras atiendo a mis hijas, quienes normalmente almuerzan en el comedor escolar y se mantienen ocupadas en actividades extracurriculares hasta caer la tarde.

Las autoridades ya anunciaron que tomarán medidas para "aliviar la carga" de la Seguridad Social de las empresas afectadas para evitar que los trabajadores que deban quedarse en casa para cuidar a sus hijos agoten sus permisos.

Mi esposo, que trabaja reparando equipos electrodomésticos a domicilio, se pregunta qué pasará si Madrid llega a un escenario parecido al de Wuhán, donde existían severas restricciones para circular por la ciudad. ¿Será capaz el gobierno español de resguardar a los trabajadores autónomos que enfermen o pierdan su modo de vida en la industria turística o de servicios a causa del coronavirus?

Malo pero no tanto

Y mientras monitoreo la fiebre de mi niña y veo cómo poco a poco recupera el apetito, reafirmo que estoy preparada para enfrentar esta crisis.

Claudia tenía 5 meses cuando fue diagnosticada con una neumonía bacteriana en una clínica privada de la Isla de Margarita, en Nueva Esparta. Esperé durante horas en la emergencia con mi niña en brazos mientras una tía médico usaba sus contactos para conseguir una habitación para hospitalizar a la bebé. Finalmente dormí con ella durante varios días en un cuarto mohoso, con un aire acondicionado con goteras, porque en ese momento no habían camas pediátricas vacías en ningún centro asistencial de la isla.

Y para el momento de emigrar en 2014, conseguir un antibiótico recetado por nuestro abnegado pediatra era un verdadero suplicio.

Mis vecinos de entonces, en la ciudad de La Asunción, hoy en día deben despertar a las 05:00 a.m. para aprovechar los 20 minutos diarios de agua racionada, además de soportar continuos cortes de energía eléctrica, que pudre la comida de la heladera y les impide cocinar y lavar.  Y los amigos cercanos que se han enfermado recientemente se han visto en la necesidad de pedir colaboración monetaria entre sus allegados para afrontar los gastos médicos

Seguramente nunca sabré si Claudia tuvo o no coronavirus. Pero me siento calmada porque tengo medicamentos para aliviar sus síntomas, agua para bajarle la fiebre con baños templados, luz y alimentos para subir sus defensas y su ánimo a punta de sopitas, e internet para que ella y mi hija menor se entretengan mientras yo trabajo. La caja de ibuprofeno de 30 comprimidos de 400 miligramos que me recetó su pediatra, en una consulta gratuita, me costó 82 céntimos de euro.

El acceso a los medicamentos y la posibilidad de acudir al enorme hospital que se ve desde mi ventana en un barrio a las afueras de Madrid, en el caso de una emergencia real, me da una tranquilidad que en Venezuela nunca tuve desde que me convertí en mamá en 2008.

Entretanto, en Caracas el gobierno asegura que no han registrado ningún contagio y persigue a los periodistas y médicos que se atreven a denunciarlo.

Temo por mis familiares y amigos que están expuestos a la total indefensión si se propaga el virus en Venezuela.

Aquí en España hay algo de confusión y algunas carencias por la magnitud de la crisis. Pero el sistema sanitario funciona.