Coronavirus: la psicología que explica el caos irracional en los supermercados y cómo evitarlo

Estantes vacíos en un supermercado de Washington, DC, Estados Unidos el 11 de marzo de 2020. (Foto: Eric BARADAT/AFP vía Getty Images)

22 de octubre de 1962. El presidente John F. Kennedy se dirigió a la nación para decir que los soviéticos estaban colocando misiles nucleares en Cuba. Su anuncio dejó en shock a los estadounidenses y desencadenó el pánico. La gente corrió a las tiendas y compró provisiones, según cuenta el historiador Sheldon Stern.

9 de marzo de 2020. Madrid cierra colegios, institutos y universidades para detener la propagación del coronavirus. El anuncio desata el pánico. Las personas abarrotan los supermercados e hipermercados para comprar lo que sea, dejando una imagen de estantes vacíos y largas colas.

La respuesta de los madrileños ante el coronavirus no es un caso aislado. Se han producido compras de pánico en otras ciudades de la geografía española, así como en Los Ángeles, Hong Kong, Roma y una larga lista de urbes en todo el mundo. ¿Por qué ante situaciones amenazantes respondemos asaltando supermercados en busca de provisiones?

El intento de reencontrar la seguridad perdida

Personas haciendo cola delante de un Lidl en Turín, Italia, el 10 de marzo de 2020. (Foto: Nicolò Campo/LightRocket vía Getty Images)

Las compras de pánico son una respuesta irracional ante situaciones potencialmente amenazantes que no podemos predecir y escapan de nuestro control. No tener control sobre eventos importantes que pueden ser decisivos en nuestras vidas genera sentimientos de impotencia e indefensión, pero sobre todo una gran angustia, como comprobó un estudio sobre nuestras reacciones ante epidemias.

Entonces se pone en marcha un mecanismo de compensación. Como no podemos controlar el escenario global, intentamos aliviar la angustia centrándonos en controlar lo que podamos en nuestro pequeño radio de acción.

Acaparar provisiones se convierte en una medida de autodefensa que nos tranquiliza porque nos brinda la falsa percepción de que hemos retomado el control, aunque en realidad salir corriendo de casa, cubrirse la cabeza con bolsas de plástico y comprar lo que encontremos en el supermercado es una señal inequívoca de que nos hemos descontrolado por completo.

Nuestra tendencia catastrofista tampoco ayuda. Imaginar que mañana todo podría ser peor genera tantas dudas e incertidumbre que nuestro cerebro no es capaz de gestionarlas y se desconecta, literalmente. El sistema límbico, el encargado de evaluar las situaciones de peligro, declara un “estado de emergencia” y recluta todos los recursos disponibles, desconectando la corteza prefrontal, que es la encargada de evaluar las situaciones racionalmente.

Las respuestas límbicas son rápidas y en algunos casos pueden llegar a salvarnos la vida, pero también son muy básicas y limitadas, por lo que en la mayoría de los casos nos hacen tomar precauciones que podrían ser excesivas, inapropiadas y/o prematuras.

En definitiva, pensamos que circunstancias excepcionales demandan precauciones excepcionales. Pero no reflexionamos sobre cuáles deberían ser esas precauciones, sino que nos dejamos contagiar por el miedo colectivo.

Efecto contagio: El pánico se difunde como un virus

El pánico se contagia más rápido que el virus. (Foto: Nicolò Campo/LightRocket vía Getty Images)

Las emociones negativas se transmiten rápidamente siguiendo un patrón bastante similar al de un virus, como comprobaron investigadores de la Universidad de Harvard. Dado que el miedo es una emoción esencial para nuestra supervivencia, se contagia con extraordinaria celeridad.

Somos seres sociales y prestamos mucha atención a las respuestas de los demás, sobre todo en situaciones de emergencia ya que estas pueden darnos pistas para reaccionar. Pensamos que, si muchas personas hacen algo, debe ser lo más correcto o sensato. Con nuestro cerebro racional apagado o funcionando a media capacidad, sucumbimos a la presión social y nos dejamos llevar por el rebaño.

Llegar al supermercado y encontrar a muchas personas en sus marcas, con los carritos preparados cual armas de guerra, esperando el pistoletazo de salida para comprar lo que encuentren a su paso solo refuerza esa sensación de urgencia y peligro.

De esta manera, el acto que debía tranquilizarnos y devolvernos el control se convierte en un boomerang. Ver cómo se van vaciando los estantes aumenta nuestra ansiedad, pensamos que los productos se van a agotar y compramos mucho más de lo que necesitamos, por si las moscas.

Ese “por si las moscas” termina generando una profecía que se autocumple. Los productos se agotan momentáneamente por el incremento exagerado de la demanda, no porque exista un desabastecimiento. Y así se cierra un círculo vicioso del cual solo podemos salir recurriendo a la sensatez.

El pánico no es solo una reacción personal, también depende de la gestión de la crisis

La desconfianza en las instituciones agrava el pánico. (Foto: Getty Creative)

Sería injusto apuntar el dedo acusatorio exclusivamente sobre cada una de las personas porque el pánico no es una reacción exclusivamente personal, sino que depende en gran medida de lo que percibamos en nuestro entorno. Psicólogos de la Universidad de Xi'an Jiaotong y la Universidad de Oklahoma detectaron los principales factores que desatan las compras de pánico:

  1. Extensión del daño

Cuanto más grande sea el riesgo que percibimos y más difundido esté el peligro, más miedo experimentaremos y más propensos seremos a adoptar precauciones extremas. Las personas en las zonas rojas experimentarán más ansiedad y angustia que aquellas que están más alejadas de los focos de infección.

  1. Grado de difusión de la información

La escasez de información, los datos contradictorios y las noticias alarmistas exacerban la sensación de incertidumbre y nuestro instinto de supervivencia. Es lógico que quienes estén al tanto de las cuarentenas masivas que se están aplicando en diferentes países quieran prepararse para afrontar escenarios similares.

  1. Credibilidad y confianza en las instituciones de poder y gestión de la crisis

Si no confiamos en la capacidad del gobierno para gestionar la crisis porque estos no brindan una línea de acción clara y pecan de falta de transparencia, nuestra mente se dispara y comienza a imaginar los peores escenarios posibles. La percepción de que las instituciones que deben gestionar la crisis o la sociedad en su conjunto no ayudarán dispara nuestra necesidad de protegernos.

¿Cómo frenar el impulso de comprar?

Las compras de pánico deben convertirse en compras planificadas. (Foto: Getty Creative)

Ante todo, debemos recordar que para frenar la pandemia y prevenir el contagio, necesitamos evitar los lugares cerrados donde se produzcan aglomeraciones de personas, como los centros comerciales y supermercados. Por tanto, lanzarse a realizar compras impulsivas guiados por el pánico no es la mejor medida para protegernos.

Necesitamos comprender que este tipo de compras son un intento de calmar nuestra ansiedad y recuperar el control, pero el nivel de funcionamiento psicológico óptimo se produce cuando superamos esta fase y entramos en la etapa de ajuste, en la cual recuperamos la sensatez.

No tiene sentido comprar lo que encontremos, solo por el miedo, porque de esta manera estaremos sembrando más pánico y provocaremos realmente un desabastecimiento, dejando desamparadas a las personas más necesitadas y con menos recursos.

Eso no significa que no debemos comprar, sino que necesitamos pasar de la compra de pánico a la compra razonada. Debemos estimar el tiempo que podríamos pasar en casa y planificar las provisiones que necesitaremos. Así no terminaremos comprando productos que no consumiremos y que terminarán en la basura. También debemos tener en cuenta que existe la posibilidad de comprar online, es probable que la mayoría de los supermercados comiencen a reestructurarse para fortalecer este servicio.

Se trata de no caer en la histeria colectiva. Recordemos que el pánico se propaga mucho más rápido que el coronavirus y que para enfrentar a un enemigo así necesitamos mucha lucidez y sentido común. “Una situación externa excepcionalmente difícil da al hombre la oportunidad de crecer espiritualmente más allá de sí mismo”, escribió Viktor Frankl.

Este no es momento para el pánico sino de actuar con inteligencia, tranquilidad, responsabilidad y solidaridad. Hoy más que nunca nuestras acciones individuales cuentan. Todos podemos enfermar, pero entre todos también podemos detener su avance.

 

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