'Aracnofobia', un clásico que sigue contagiando el mismo miedo a las arañas que hace 30 años

Valeria Martínez
·8 min de lectura

A veces no nos damos cuenta de la influencia que tiene el cine en nuestras vidas… ¿O no les pasa a menudo que una película de repente se cuela en vuestra memoria con una frase, momento u objeto en particular? Por ejemplo, el cine de terror hizo que pensemos dos veces antes de bajar a un sótano con la luz apagada, si nos topamos con una pila de rocas enseguida nos remontamos a La bruja de Blair, y ni decir si vemos un camión transportando hierros o largos trozos de madera que el déjà vu de Destino final nos invade enseguida. Al menos a mí me pasa. ¡Siempre! Si veo cuervos pienso en Los pájaros, una bañera con espuma me remonta a Pesadilla en Elm Street y si veo una araña mientras me estoy duchando¡pues sí, Aracnofobia!

Y de ella quería escribirles en este artículo. No de la araña, sino del clásico de 1990 y el impacto que tuvo hace 30 años sin que la recordemos lo suficiente. Porque esta comedia negra de terror fue única en su estilo, haciendo que más de un espectador desarrollara fobia a las arañas de la noche a la mañana.

Y sí, es lo que tiene la magia del cine…

Cartel de 'Aracnofobia'
Cartel de 'Aracnofobia'

Ver Aracnofobia ahora, 30 años después de su estreno, es como adentrarse en una cápsula del tiempo. Es una película muy de su época, con ese sabor spielbergiano que impregnó el cine de los 80s, prima lejana de producciones monstruosas de la era como Gremlins, La mosca y Critters. Es de esas cintas que no se tomaban muy en serio, con historias sencillas y protagonistas reales como la vida misma, que centraban sus esfuerzos meramente en ser un producto de entretenimiento.

Hace poco volví a verla de nuevo y les confieso que hacía tiempo que no me divertía tanto con un clásico del pasado. Si todavía no lo hicieron, se los recomiendo, porque para mí sorpresa me topé con una cinta que ha logrado superar el paso del tiempo mejor de lo que pensaba, logrando el mismo efecto que tuvo hace tres décadas de provocarme escalofríos y repelús al ver las patas peludas de una araña acercándose lentamente para cometer una picadura mortal.

Lo cierto es que pocos lo recuerdan pero Aracnofobia fue una producción de Walt Disney a través de un sello ya desaparecido. La compañía del ratón había fundado Hollywood Pictures en 1989 como un estudio que daría oportunidades a nuevos talentos con películas de tono más adulto, esas que jamás estrenarían bajo el sello original de Disney. Algo así como lo que habían conseguido años atrás con Touchstone Pictures. Si hacen memoria recordarán que Hollywood Pictures llevaba el logo de una esfinge, ese que vimos en muchas películas a lo largo de los 90s (La mano que mece la cuna fue una de ellas). Aracnofobia fue el primer estreno bajo este sello, dirigida por Frank Marshall, quien también servía como productor ejecutivo junto a su socio Steven Spielberg a través de su empresa Amblin Entertainment. El estreno más exitoso de Hollywood Pictures fue El sexto sentido, cerrando definitivamente en 2007 tras sumar más batacazos que taquillazos.

Marshall había pasado los 80s produciendo un éxito tras otro junto a su esposa Kathleen Kennedy (ahora jefa de Lucasfilm) y el rey Midas de Hollywood (como En busca del arca perdida, Poltergeist, Regreso al futuro o ¿Quien engañó a Roger Rabbit?, entre otras), cuando decidió probar suerte como director con esta historia arácnida. La idea original era una especie de homenaje a Los Pájaros de Alfred Hitchcock que pretendía asustar y divertir al mismo tiempo provocando la misma sensación que se vive en una montaña rusa. Y para ello crearon un género nuevo al que apodaron “thrill-omedy” -de ‘thrills’ (emociones) y ‘comedy’ (comedia)-. Suena fatal y afortunadamente desapareció tan rápido como llegó, aunque sí lo utilizaron como parte de la campaña promocional de la película.

Para conseguir dicho efecto contaron con tres elementos esenciales: monstruos cotidianos que nos rodean en nuestro día a día, un escenario realista con personajes reconocibles y un protagonista normalito, de miedos comunes y sin musculitos. Todo común y corriente para llevarnos por un terreno tan reconocible que podía pasarnos a nosotros mismos. Y en esta fórmula radica el impacto que tuvo, y sigue teniendo, en plasmar a las arañas como villanas letales que acechan en silencio. Y voilà… más de uno se quedó marcado de por vida desarrollando o acentuando su propia aracnofobia.

Aracnofobia nos cuenta la travesía que vive un pueblo al recibir la inesperada visita de una especie de araña desconocida que viaja en un ataúd tras haber picado, y aniquilado al instante, a un fotógrafo en una expedición científica en Venezuela. De la funeraria llega a un establo donde crea una nueva especie al mezclarse con una araña diferente. Las arañitas enseguida comienzan a deambular por el pueblo haciendo que el policía, médico, exterminador, un científico especializado en arañas (culpable en cierto modo de la llegada de esta especie) y un nuevo doctor recién llegado unan sus fuerzas para detenerlas. Pero, para colmo de males, el doctor protagonista interpretado por Jeff Daniels tiene fobia a las arañas. El miedo lo paraliza y, en el camino, protagoniza los momentos de mayor suspense de la trama.

Cabe destacar que Jeff Daniels consiguió crear un personaje tan mundano que logra traspasar ese miedo irracional pero real a las arañas, mientras John Goodman se robaba el espectáculo como un exterminador engreído que aporta la mejor dosis de humor negro que podía tener esta historia. Y les aseguro que 30 años después todavía funciona.

La película consigue en todo momento su propósito: divertir y asustar. Aquí no hay más intenciones que esas y el impacto que tuvo en el público fue tan poderoso que hoy en día muchos la seguimos recordando cuando vemos arañas grandes o, en mi caso, cada vez que veo una araña en una esquina de la ducha.

No sufro de aracnofobia y en teoría no tendría motivos para sentir escalofríos si no fuera por la dichosa escena que se quedó grabada en mi memoria. Esa que muestra a una araña bajando por el cuerpo desnudo de una chica mientras se ducha pero no se percata de la presencia peluda hasta el final. Cada vez que me ducho en un camping o gimnasio con alguna araña observándome desde una esquina, el déjà vu es instantáneo. Y el miedo también, desembocando en duchas exprés.

Es más, creía que la escena me resultaría antuicuada y borraría ese miedo de mi memoria al ver la película de nuevo. Pero no. Me provocó el mismo repelús que hace tantos años atrás cuando la vi por primera vez en una de mis maratones de cine de terror como adolescente y cinéfila en ciernes.

La producción contó con 374 arañas reales de la especie “Delena canderides”, más conocida como araña cazadora plana. Se trata de una araña originaria de Nueva Zelanda que fue escogida por su tamaño, por no hacer daño al humano y ser curiosamente sociable; mientras que para representar a la “reina” y al “general” -las dos arañas más grandes y peligrosas de la historia- recurrieron a modelos mecánicos, pero también a una especie de tarántula enorme a la que llamaron ‘Big Bob’ en honor al amigo de Marshall y Spielberg, el director de Regreso al futuro, Robert Zemeckis.

En el set contaban con un especialista que ayudaba a manipular las arañas con el uso de frío y calor, haciendo que se movieran en diferentes direcciones, así como platos especiales diminutos de acero guiados con electroimanes. Aunque esta técnica no siempre funcionaba. Fueron tan cuidadosos que para ilustrar el momento en que John Goodman aplasta a una de ellas, crearon un zapato especial con un hueco en la suela.

Recordarán que el encuentro definitivo entre Jeff Daniels y Bob ocurre en el final -que en este caso usaron la versión mecánica de la araña-. Fue la última secuencia filmada que llevó dos semanas de trabajo con jornadas de 13 horas. Eso significa que el actor pasó todo ese tiempo luchando contra la araña en cuestión, en un sótano, arrojando botellas de vino al animalito robótico. Solo que debía tener mucho cuidado cada vez que arrojaba una de ellas porque el modelo era tan costoso de construir que no podían arriesgarse a arruinarlo. En una ocasión lo salpicó con vino, retrasando el rodaje durante horas.

Por todo esto es que Aracnofobia funcionó y sigue funcionando, porque centró sus esfuerzos en provocar pavor sin abusar de los efectos especiales, contando una trama cercana y un miedo acompañado de suspense con criaturas de la vida cotidiana como monstruos de turno.

Aracnofobia no es perfecta, pero es mucho más entretenida de lo que recordaba. Una producción que cómodamente pervive como un clásico del cine B de su era, de esas películas que nos hacían reír y asustar al mismo tiempo. Todo un clásico.

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