Anya Phillips y Sylvia Reed, amigas y rivales en el Nueva York de los 70

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Photo credit: Eileen Polk
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Cuando la entrevistaron para el libro de culto sobre el punk Por favor, mátame, Sylvia evocaría cómo se conocieron, en la escuela americana de Taipéi, en Taiwán: “En el instituto éramos unos bichos raros, porque a Anya le interesaba mucho la moda, y yo era una especie de rata de biblioteca, muy intelectual. La gente no nos situaba. Formábamos una pareja extraña, y siempre estábamos juntas. Éramos inseparables”. Sin embargo, esta relación, según Sylvia, fue desde el principio desigual debido a la dominante personalidad de Anya y al carácter más pasivo de Sylvia: “Ella dijo de inmediato: “Está bien, vamos a ser las mejores amigas y vas a hacer esto, esto y esto”. Tenía una imagen en mente de cómo quería que fuera su vida y yo debía cumplir un papel como su confidente, mejor amiga y compañera de confianza, que básicamente haría lo que ella quisiera. Ella me impresionó mucho”.

Photo credit: Donna Santisi
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Tras graduarse, Anya y Sylvia, que entonces todavía se apellidaba Morales, se fueron a vivir a Hawaii con el padre de esta última, que había sido destinado allí como militar. Pronto dieron el salto a Nueva York, donde Anya obtuvo una beca para estudiar moda en la prestigiosa escuela Parsons. La echaron por indisciplinada pero no le importó; en aquellos años convulsos, Anya tenía la suficiente fe en sí misma como para creer que podría triunfar sin necesidad de una formación reglada. “Era una fantasía muy de chica Cosmo”, recordaría Sylvia. “Decía “me casaré con una estrella del rock, conoceré a todo el mundo, tendremos amigos famosos que grabarán discos, y yo diseñaré las portadas de los discos, iremos de gira, y yo diseñaré todo el espectáculo”. Aquel era su plan. Lo tenía todo pensado”.

No salió exactamente así, pero estuvo cerca. Mientras compartían piso, frecuentaban clubes como el CBGB y se volvieron caras habituales del mundillo musical underground. Conocieron a todo el mundo, sí: Los Ramones, los New York Dolls, Blondie… Pero era Anya la que siempre destacaba. “Era una mujer fascinante, medio china, medio inglesa, muy bella, que siempre se vestía de forma provocativa. Tenía múltiples talentos y facetas”, escribiría Debbie Harry sobre ella en sus memorias De cara 2. Se harían grandes amigas y Anya diseñaría el vestido rosa de la portada del disco de Blondie Plastic Letters. Al mismo tiempo, trabajaba de camarera en un bar de striptease y se convirtió en una solicitada dominatrix.

Pero en sus relaciones sentimentales no mostraba esa asertividad y seguridad en sí misma. Anya se enamoró hasta las trancas de Richard Hell, rutilante estrella de grupos como The Voidoids o Television. En Por favor, mátame, todos los testimonios señalan que Richard la ignoraba cuando le venía en gana, con lo que ella se obsesionaba cada vez más con él. Todo esto, sazonado con la heroína que ambos consumían a menudo juntos. En alguna ocasión Anya intentó suicidarse cortándose las venas; en otro momento, Sylvia tuvo que llevarla al hospital a que le hiciesen un lavado de estómago.

En aquel momento, en plena explosión punk, aquel estilo de vida autodestructivo era lo más moderno, sexy y atractivo. Anya trabajó un tiempo como manager de Lydia Lunch, abrió el Mudd club en 1978 junto a Diego Cortez y continuaba diseñando ropa, centrada en trabajar con la licra y cortar prendas para atarle nudos. Era una de esas personas capaces de poner de moda cosas simplemente porque ellos las usan. A su lado, Sylvia Morales parecía la eterna segundona, y así lo recuerda: “Anya quería que la gente la conociera. Solía vestir de manera delirante, se acercaba a los chicos y les decía, “¿qué opinas de mí?”. Yo intentaba emularla, pero no estaba a su altura”.

Photo credit: Ron Galella
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Photo credit: Roberta Bayley
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Así hasta que una noche coincidieron con Lou Reed, una leyenda viva, en un bar de la calle 8. “Solo verle, Anya dijo “¡Es él! ¡Voy a conocer a Lou Reed!”, recuerda Sylvia. “Ante mi sorpresa, fue y se puso a hablar con él. Yo no presté demasiada atención, pero al cabo de un rato, Lou se fijó en mí y me llamaron. Pasamos la noche hablando y discutiendo”. El resultado fue que Lou Reed y Sylvia Morales iniciaron una relación de pareja estable y formal. “Lou Me dijo, “¿quieres venir a Montreal?”, que es mucho mejor que “Quieres que vayamos al cine?”. Después de aquello, ya no nos separamos”. Sylvia Morales y Lou Reed se casaron en 1980; él dejó el alcohol, la heroína, y durante los 10 años que duró su matrimonio, ella trabajó como su representante y directora artística. En cierto modo, Sylvia se saltó el plan y se quedó con el papel que Anya había deseado para sí misma, el de esposa de una gran estrella de rock. “Por eso se enfureció tanto cuando empecé a salir con Lou. Nunca llegó a superarlo. Rompió nuestra amistad”.

Tampoco ayudó a aquello la relación de Anya con el vitriólico James Chance, de los Contortions, que también llevaba una existencia intensísima marcada por el consumo desaforado de drogas. Según Sylvia, “cuando James entró en nuestra vida, imposibilitó que Anya y yo siguiéramos viéndonos. Se convirtió en una persona extremadamente imprevisible. Siempre que me la encontraba cuando él estaba con ella, la cosa acababa en pelea, pelea física, entre ella y alguien más, normalmente él”. Según James, él puso su vida en sus manos, la sentimental y la laboral, pues Anya se convirtió en su manager, y aunque mucha gente pensase que ella le animaba a desmadrarse todavía más, “siempre intentó tranquilizarme y pulir mis defectos”.

Si no tenemos testimonios de Anya sobre sí misma, es por un motivo trágico: contrajo leucemia. Para entonces, su relación con Sylvia ya estaba muy deteriorada: “Nos vimos muy poco después de mi boda con Lou, y por eso tardé un año y medio en darme cuenta de que no había aceptado la realidad de su enfermedad. No se cuidaba. No hacía nada por conseguir un seguro médico y abusaba de las drogas. Era una forma de no pensar en lo que estaba pasando”. Gracias a Debbie Harry y Chris Stein, Anya pudo ingresar en un hospital de Westchester, y según cuenta Sylvia, allí la visitaba a menudo. Pero cuando Anya le propuso irse juntas a Londres, su amiga se negó, preguntándole cautelosa si los médicos habían autorizado aquel viaje. Anya reaccionó con furia. Sería la última vez que se verían. Anya Phillips falleció en 1981, con solo 26 años.

El recuerdo agridulce y ambivalente de aquella relación entre ambas perseguiría a Sylvia durante mucho tiempo. En la reunión de amigos que se celebró tras su muerte, Sylvia recordaría lo mal que Lou y ella fueron recibidos. “Todo el mundo me preguntaba, ¿qué hacéis vosotros aquí? Entonces Roberta (Roberta Bayley, fotógrafa y empleada del CBGB) me contó que Anya había querido dar la impresión ante toda aquella gente de que yo la había abandonado. Supongo que era su manera de controlar a las personas, incluso desde la tumba… Yo la recuerdo como alguien increíblemente difícil, con mucho talento y con muchos problemas. Además era muy destructiva. Más tarde comprendí mi problema: creía que era mi amiga, cuando en realidad era una antienemiga. Afectaba a mi vida demasiado intensamente. La verdad es que su muerte fue como una liberación: me conocía más que nadie, excepto Lou, y siempre me manipulaba, siempre que pudo hacerlo lo hizo”.

Photo credit: Roberta Bayley
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Sylvia Reed eligió permanecer en un segundo plano durante todo lo que duró su matrimonio con Lou, y todavía más tras el divorcio. Con la muerte de su ex marido, ha aparecido en algunos homenajes, reivindicando su importancia cultural. Para ser una nota al pie de página del pasado, Anya Phillips sigue ejerciendo una curiosa y minoritaria fascinación. Existen páginas de homenaje a ella y de vez en cuando algún artículo desempolva su presencia. Curiosamente, el hermano de Anya, Fei Xiang, llegaría a ser un cantante de gran éxito en Asia. Debbie Harry habló siempre de ella en términos elogiosos, como “era una poderosa fuente de energía que ahora falta en la escena”. Y con el paso de los años, Sylvia hablaría de su amiga en términos más positivos a los que eligió para Por favor, mátame: “Era una personalidad hermosa e intrigante, desafiante, extremadamente talentosa; sabía dónde estar en cada momento. Nunca he conocido a otra persona como ella”.

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