AMLO y la hipocresía de criticar a la UNAM solo cuando le conviene

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AMLO durante una conferencia de prensa. (REUTERS/Daniel Becerril)
AMLO durante una conferencia de prensa. (REUTERS/Daniel Becerril)

AMLO solamente critica lo que le conviene de la UNAM. Como en cada tema abordado por el presidente, su mirada es selectiva. El día de hoy ha reabierto el frente contra la Máxima Casa de Estudios. En sintonía con sus dichos de octubre pasado, López Obrador reprochó a la Universidad su “derechización”. En voz del mandatario, el profesorado unamita era “aplaudidor del régimen de corrupción”.

Dice verdad López Obrador cuando habla de la “burocracia dorada” que anida en la Universidad Nacional. Como lo demostraron las investigaciones de las revistas Contralínea y Emeequis, hay un grupo de burócratas que recibe sueldos altísimos (incluso ganan más que el presidente) y además hacen de la opacidad un mantra innegociable, pues ni siquiera tienen la amabilidad —están obligados a rendir cuentas— de hacer público el millonario pago de unas lujosas oficinas en la Torre de Tlatelolco.

Los 178 mil pesos mensuales que gana un directivo universitario de altos vuelos distan mucho de los 400 pesos por hora que ingresa un profesor de asignatura. Y eso por no hablar de las “vacas sagradas”. En general, los profesores-investigadores, son muy valorados en la UNAM, aunque muchos de ellos viven de un prestigio labrado en blanco y negro. Da igual, porque su aura de dioses olímpicos les permite ausentarse a clases cuando se les da la gana y poner al ayudante en su lugar.

Eso pasa y está bien decirlo. Como también es verdad que muchos profesores lopezobradoristas inundan las clases con sus ideas y asumen el papel de gendarmes del gobierno. ¿Por qué no habla en voz alta de los radicales que lo defienden a toda costa en las mismas aulas que él considera neoliberales? Y muchos de esos radicales, los revolucionarios de pupitre, también pertenecen a la realeza universitaria y, obviamente, no facturan 400 pesos por hora. ¿Ellos no son inmorales por ganar más que un profesor de a pie?

Al presidente se le olvida que en la UNAM, institución que lo formó y tituló como politólogo, se encuentran muchas de sus bases. Y no, no hablo de los líderes estudiantiles que únicamente buscan un hueso inmediato ni de los políticos infiltrados ni de los citados catedráticos de bolsillos amplios, sino de aquellos estudiantes y profesores que votaron por Morena y que genuinamente respaldaron a López Obrador con la esperanza de experimentar aquello del “cambio verdadero”.

Curiosamente, en ese sentido, tampoco le parece digno de crítica al presidente que los líderes de movimientos estudiantiles hayan encontrado, en cada etapa histórica, acomodo en los partidos de “izquierda” (antes el PRD y ahora Morena). Si lo que quiere de la UNAM es apoyo incondicional, es claro que nunca lo va a tener en términos absolutos, pero sus partidarios que forman parte de la vida universitaria son muchos y muy ruidosos.

Torre de Rectoría de la UNAM. (Medios y Media/Getty Images)
Torre de Rectoría de la UNAM. (Medios y Media/Getty Images)

Tan solo en el último gran movimiento estudiantil, las protestas multitudinarias por los ataques porriles en Rectoría, el fenómeno de siempre fue todavía más evidente: los voceros que asumían protagonismo total y teñían los reclamos de tintes partidistas están hoy bien acomodados en grupos afines al gobierno o fungen como voceros del lopezobradorismo en medios de comunicación. La lógica ha sido esa y el presidente la conoce: estudiantes avispados y oportunistas que tergiversan reclamos justos para ganarse la bendición del hueso institucional.

Pero a AMLO no le importa mucho hablar de eso. Al parecer, su verdadero enemigo es la libertad de cátedra. Y es que todo lo bueno y malo de la Universidad deviene de esa facultad que tendría que ser intocable: que los profesores y alumnos creen y recreen todas las ideas que quieran, porque para eso son libres y para eso existe la universidad pública. López Obrador y su corte lo tienen muy presente, y por eso quieren fidelidad absoluta por parte de la UNAM. Jamás la encontrarán, pero el esfuerzo lo están haciendo. Y tendría que ser preocupante.

La universidad, que teóricamente debería ser el espacio perfecto para intercambiar ideas, se ha convertido en un campo minado desde 2018 a la fecha. En las aulas y pasillos se puede respirar el mismo ambiente que en el resto del país: está a favor o en contra y que nadie se atreva a tener una opinión propia.

¿Por qué no crítica el presidente el secuestro del Auditorio Justo Sierra a manos de un puñado de anarquistas que despojaron a los estudiantes de un espacio que tendría que pertenecerle a la comunidad y ahora es propiedad de ese grupúsculo de encapuchados? ¿Por qué los estudiantes de la Universidad Nacional, el semillero de talentos más grande del país, no tiene becas dignas que favorezcan su desarrollo o para disuadirlos de abandonar los estudios? ¿Necesitan estudiar en una universidad creada por AMLO?

Mucho de esto se explica a través de la autonomía, pero precisamente en ese concepto viene envuelta la mayor prueba de hipocresía: el presidente respeta a la UNAM en asuntos que le convienen, pero la señala con el dedo flamígero cuando sus intereses políticos o propagandísticos están de por medio. Por fortuna, la libertad de cátedra, ese intangible del todos hablamos, está a salvo del fanatismo. Todavía.

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