"America first", sin América Latina: lo que puede esperar la región si Donald Trump es reelecto

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(AP Photo/Evan Vucci)
(AP Photo/Evan Vucci)

POR JOAQUIM UTSET-. Pocas cosas simbolizan mejor la actitud de la administración del presidente Donald Trump hacia Latinoamérica como la elección el pasado 12 de septiembre del cubanoamericano Mauricio Claver-Carone como presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

En primer lugar porque se quebró una tradición de seis décadas en las que el líder de la principal institución financiera multilateral del hemisferio ha sido un latinoamericano, una manera elegante de contribuir al equilibrio de la entidad, que tiene su sede en Washington y en la que Estados Unidos es, por obvias razones, la voz que más se hace oír.

En segundo lugar por la persona que eligió para el cargo, que hasta ahora había sido ocupado por candidatos con un perfil más técnico que político, con amplia experiencia en materia económica, para tratar de preservar la supuesta neutralidad con que se adoptan sus decisiones. Todo lo contrario de Claver-Carone, abogado de profesión y excabildero en Washington del ala dura del exilio cubano, quien hasta ahora era el director senior para el hemisferio occidental del Consejo de Seguridad Nacional, un cargo eminentemente político al que había sido nombrado por el presidente Trump. Un hombre de confianza, vamos.

Lo sucedido con la presidencia del BID se enmarca en esta especie de resurrección de la doctrina Monroe que ha supuesto la política latinoamericana de la Casa Blanca, que se caracteriza por un tono bronco, una escasa voluntad de consenso, una tendencia a la imposición y una relegación a un segundo plano de todo lo que no sea el más puro interés particular. Nada augura que cambie si en noviembre logra extender su mandato otros cuatro años. Al contrario.

Protesta de migrantes y activistas por los derechos humanos en el cruce fronterizo de San Ysidro, en Tijuana. (Photo by Guillermo Arias / AFP) (Photo by GUILLERMO ARIAS/AFP via Getty Images)
Protesta de migrantes y activistas por los derechos humanos en el cruce fronterizo de San Ysidro, en Tijuana. (Photo by Guillermo Arias / AFP) (Photo by GUILLERMO ARIAS/AFP via Getty Images)

Inmigración

Nada, ni de lejos, se ha acercado a la importancia de la problemática migratoria en la agenda de la administración Trump en relación a los vecinos del sur.

Desde el mismo momento en que presentó su candidatura en el vestíbulo del Trump Tower de Nueva York hace más de cinco años, la única auténtica prioridad del presidente en las relaciones con la región ha sido reducir el flujo de inmigrantes que cruzan la frontera de México, uno de los temas que más anima a su base de votantes.

Tras algunos rifirrafes verbales con el presidente Enrique Peña Nieto, Trump ha encontrado sorprendentemente un solícito colaborador en su sucesor, Andrés Manuel López Obrador. Si bien no ha pagado el famoso muro, sí ha cerrado el acceso a la frontera a quienes desean pedir asilo en EEUU. Enfrascado en su propia revolución doméstica, la Cuarta Transformación, el mandatario mexicano ha preferido evitar una confrontación con Trump, que llegó a amenazar con cerrar la frontera al paso de productos mexicanos, y ha hecho todo lo posible para mantener a la paz en la frontera norte, tan crucial para su economía.

Con esa misma fórmula de amenazas, en este caso de recortes a la ayuda financiera o la imposición de aranceles a las remesas, la administración también ha logrado que gobiernos como Guatemala, Honduras y El Salvador se plieguen a su demanda de contención de los flujos migratorios desde Centroamérica.

Migrantes hondureño que emprendieron rumbo a EEUU a inicios de octubre en una caravana que se disolvió antes de llegar a México. (AP Photo/Moises Castillo)
Migrantes hondureño que emprendieron rumbo a EEUU a inicios de octubre en una caravana que se disolvió antes de llegar a México. (AP Photo/Moises Castillo)

Juan Cruz, quien dirigió la política hacia la región en el Consejo de Seguridad Nacional con Trump, señaló recientemente en una charla auspiciada por el Centro Wilson de Washington que esperaba que en un segundo mandato se reforzara ese énfasis en la política migratoria, al tiempo que se le agregaba un mayor interés en el combate al narcotráfico.

“Creo que al contemplar lo logrado y establecer una base y unos cimientos robustos, la administración buscará la manera de sacarles partido y poner en primer plano los dos temas (inmigración y narcotráfico) que les interesa más en México”, observó. ¿Será un anticipo el reciente arresto del exsecretario de Defensa Nacional mexicano, el general Salvador Cienfuegos, bajo cargos relacionados con el narco?

Si bien Trump se ha concentrado en el problema migratorio, este fenómeno no es más que un síntoma, como la fiebre, de la enfermedad que aqueja a los países de donde proceden los inmigrantes. Sin embargo, no solo ha mostrado poco entusiasmo a la hora de abordar la dolencia, sino que ha reducido las dosis de medicina. En línea con sus recortes a la asistencia internacional, las ayudas a programas sociales, económicos y anticorrupción en Centroamérica han sufrido drásticas reducciones, que en ocasiones en Congreso ha logrado enmendar por su relevancia. Nada indica que en este apartado recupere la generosidad.

Pero más grave aún para los expertos, la administración permitió que los gobiernos de Honduras y Guatemala estrangularan a dos entidades independientes creadas con ayuda internacional para combatir la corrupción, que por lo visto estaban teniendo demasiado éxito para su propio bien.

En sus 13 años de existencia, por ejemplo, la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) logró identificar 60 organizaciones criminales con vínculos al aparato estatal y ayudó a imputar a 680 sospechosos, entre ellos el expresidente Otto Pérez Molina. Se estaban acercando al presidente Jimmy Morales cuando les bajaron la persiana. Su desaparición junto a la MACCIH hondureña -de más corta vida- en medio del silencio de la Casa Blanca tal vez explique la buena disposición de algunos gobernantes a colaborar con Trump en inmigración.

Simpatizantes de Trump en Orlando con pancartas que llaman a votar por el presidente en un acto de campaña del vicepresidente Mike Pence en Orlando. (Photo by Paul Hennessy/NurPhoto via Getty Images)
Simpatizantes de Trump en Orlando con pancartas que llaman a votar por el presidente en un acto de campaña del vicepresidente Mike Pence en Orlando. (Photo by Paul Hennessy/NurPhoto via Getty Images)

Cuba y Venezuela

Una de las líneas de actuación en asuntos exteriores que Trump marcó nada más llegar a la Casa Blanca fue que la preocupación por los derechos humanos pasaba a un segundo plano, muy por detrás de intereses puros y duros, como los comerciales. Véase el caso del periodista Jamal Khashoggi y Arabia Saudí, por ejemplo. Claro que hay llamativas excepciones como Irán o, en Latinoamérica, Cuba y Venezuela.

Con la bandera de los derechos humanos en la mano, la Casa Blanca dio marcha atrás a la reapertura con La Habana impulsada por Barack Obama para imponer de nuevo restricciones al comercio y los viajes a la isla. En cuanto a Venezuela, la tensión en un momento llevó a pensar a las mentes más calenturientas de la oposición que la intervención militar estaba a la vuelta de la esquina. Si le hacemos caso a John Bolton, su exasesor de seguridad nacional y uno de los halcones en la Casa Blanca respecto a Cuba y Venezuela, el presidente perdió rápidamente interés en el tema cuando el régimen de Caracas no dio señales de ceder a la presión.

Por el momento y a pesar de que la pandemia ha exacerbado aún más el desastre económico perpetuo en que viven ambos países, sus regímenes no parecen tambalearse, apuntalados desde hace largos años por un eficaz aparato represivo.

En su charla con el Centro Wilson, Cruz apuntó como un éxito que el endurecimiento de la política hacia Cuba haya puesto “a la defensiva” a su gobierno, mientras que celebró que la actual posición de Washington hacia Caracas haya despejado cualquier sospecha de “apaciguamiento”. “No es que se cante victoria, porque no se ha llegado a ese punto aún, pero estamos en el camino correcto”, agregó.

Un camino del que el presidente Trump no tiene intención de desviarse si permanece en la Casa Blanca, a juzgar por sus mensajes contra el “castrochavismo” que ha dedicado a sus seguidores en el sur de la Florida. Como apuntaba el semanario The Economist, todos los presidentes gestionan su política exterior con un ojo puesto en sus intereses políticos domésticos, pero nunca de una manera tan evidente como en el caso del actual mandatario cuando visita Miami. Aunque su negativa a darle la protección del TPS a los inmigrantes venezolanos que escapan del régimen madurista o el interés por hacer negocios con La Habana hace solo unos años, antes de entrar en política, siembran dudas sobre la profundidad de sus convicciones.

De izquierda a derecha, el secretario de Hacienda y Crédito Público de México, Arturo Herrera; la viceprimera ministra de Canadá, Chrystia Freeland; el presidente de México Andrés Manuel López Obrador; Jesús Seade, negociador mexicano y Robert Lighthizer, el representante comercial de EEUU tras firmar el T-MEC, el acuerdo de libre comercio entre los tres países en el Palacio Nacional de la Ciudad de México, el martes 10 de diciembre de 2019. (AP Foto/Marco Ugarte)
De izquierda a derecha, el secretario de Hacienda y Crédito Público de México, Arturo Herrera; la viceprimera ministra de Canadá, Chrystia Freeland; el presidente de México Andrés Manuel López Obrador; Jesús Seade, negociador mexicano y Robert Lighthizer, el representante comercial de EEUU tras firmar el T-MEC, el acuerdo de libre comercio entre los tres países en el Palacio Nacional de la Ciudad de México, el martes 10 de diciembre de 2019. (AP Foto/Marco Ugarte)

Economía

Junto a la lucha contra la inmigración, el proteccionismo fue el otro gran tema que impulsó la plataforma utranacionalista que llevó a Trump al poder hace cuatro años.

China y México fueron los dos grandes señalados por el republicano, que cuatro años después sigue enzarzado en una guerra comercial con el gigante asiático, pero logró llegar a un acuerdo con el país vecino. La firma del nuevo tratado de libre comercio con México y Canadá a principios de año fue uno de los acontecimientos que la Casa Blanca colocó en su columna de aciertos. El T-MEC representa una mejora respecto al viejo TLCAN, hasta el punto de que demócratas y sindicatos le dieron su bendición cuando llegó al Congreso tras agregarle un mayor contenido a sus cláusulas sobre los derechos laborales.

Ahora bien, esas mejoras no representan el cambio trascendental que Trump prometía bajo el lema Make America Great Again: no hay un milagroso regreso de los puestos de trabajo industriales estadounidenses que se mudaron al sur de la frontera.

El análisis de la Comisión de Comercio Internacional de Estados Unidos calculó que el T-MEC agregaría un 0.35% al PNB estadounidense para su sexto año de existencia y aumentaría en un 0.12% el empleo, al tiempo que el aumento de los aranceles que incluye costaría al consumidor estadounidense unos 820,000 dólares por cada nuevo trabajo creado. Unos resultados modestos como el nuevo acuerdo firmado por Washington con el Brasil de Jair Bolsonaro, que no supone un gran salto en las relaciones comerciales. Aunque probablemente lo más importante en ese caso, y aún más en el de México, es que los nuevos tratados han pacificado uno de los frentes de la guerra comercial desatada por Trump, lo cual no es poca cosa en tiempos de tanta incertidumbre.

Eso y la buena relación personal con AMLO explica que los empresarios mexicanos expresaran en un sondeo reciente la convicción, por una ligera mayoría, de que la reelección de Trump era lo más conveniente para su país, una opinión que se disparaba entre quienes trabajan en el sector exportador y en las empresas de estados fronterizos.

Claro, que nada garantiza que ese status quo no se vea alterado si tenemos en cuenta la volatilidad de la actual administración, dada a imponer tarifas y sanciones con notable alegría, si las circunstancias económicas o políticas domésticas de un Estados Unidos en recuperación de la crisis de la pandemia invita a un repliegue hacia el interior siguiendo el lema de America First.

Otra variable que introduce cierto grado de incertidumbre es la no resuelta guerra comercial con China, que es uno de los mercados más importantes para las economías latinoamericanas y cada vez tiene una mayor presencia en la región. Si bien la intención de Washington de depender menos del país asiático en favor de socios más cercanos beneficia a Latinoamérica, el recrudecimiento del conflicto entre las dos potencias puede causar graves daños colaterales en países que los tienen a ambos como grandes socios.

Como dijo a la agencia EFE la secretaria ejecutiva de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), Alicia Bárcena, al final Washington actuará en función de sus intereses no importa quién ocupe la Casa Blanca. “En ambos casos [Trump y Biden] hay un interés en mantener las ventajas de Estados Unidos en materia política, económica y militar”, señaló.

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