Partidos amañados en La Liga y la punta de un gran iceberg

Photo by Juan Manuel Serrano Arce/Getty Images

El 2 de mayo de 2014, después de perder 0-2 en casa frente al Celta de Vigo, el Osasuna se dio cuenta de que se había metido en un lío muy gordo. Tras el triunfo del Valladolid y el Almería, rivales en su lucha por evitar el descenso, y el sorprendente empate del Getafe en el Camp Nou -un empate que le costaría al Barcelona la liga aquel año-, los navarros quedaban en penúltima posición de la liga a solo dos jornadas del final del campeonato. Necesitaban ganar esos dos partidos, sí, pero no era tan fácil. Alguien en los despachos pensó que había que hacer algo.

Según la sentencia que emitió recientemente la Audiencia Provincial de Navarra -y que es recurrible, por supuesto-, la directiva encabezada por el presidente Miguel Archanco decidió facilitar las cosas cogiendo el camino más corto hacia el triunfo: el amaño. En ese sentido, el Betis parecía una pieza fácil: el equipo sevillano ya estaba descendido después de un año horroroso, no se jugaban absolutamente nada, y aún tenían dos partidos que para el Osasuna eran clave: el Betis recibía al Valladolid en casa la jornada siguiente y después visitaba el Reyno de Navarra para acabar la liga.

Lo normal en un equipo sin objetivos es que se deje llevar en las últimas jornadas. Eso venía bien para el último partido pero era inaceptable para el penúltimo, es decir, el Osasuna necesitaba ganarle al Betis… pero a la vez necesitaba que el Betis le ganara al Valladolid como fuera. Siempre según el relato de la acusación, confirmado en primera instancia por el juez, los directivos de Osasuna se pusieron en contacto con dos jugadores del Betis -Xavi Torres y Antonio Amaya- y les ofrecieron 650.000 euros por el “pack” completo: victoria en el Villamarín y derrota en Pamplona.

Los jugadores aceptaron… pero una cosa es aceptar un amaño y otra cosa es conseguirlo. Primero, por mucho que tú digas que le vas a ganar a alguien, ese alguien también juega. Para ganar a un Valladolid al borde del precipicio haría falta una intensidad y una motivación a prueba de balas. Hasta tres veces se adelantaron los de Pucela en aquel partido… y aún señalaba el marcador un empate a tres cuando Juanfran definió la victoria bética con un gol en el minuto 89. Primer objetivo cumplido. El segundo, el más fácil, se logró una semana después: a los 14 minutos, el Osasuna ya ganaba 2-0. El 2-1 final sirvió para dar una impresión de igualdad que no levantara sospechas.

Para lo que no sirvió fue para salvar a Osasuna… que de paso se llevó al Valladolid por delante. Si los pamplonicas hubieran ganado en Montjuïc frente al Espanyol, entrenado además por el mítico ex entrenador y ex jugador rojillo Javier Aguirre, se habrían salvado en detrimento del Almería… pero no pudo ser. Todo esto para esto.

En cualquier caso, no es la primera vez que a un equipo o a unos directivos se les acusa de amañar un partido, especialmente en jornadas decisivas. Otra cosa es que haya podido probarse. Esta es la primera vez. ¿Pasa eso solamente en la liga española y por intereses deportivos? Lamentablemente, no. Declan Hill es un periodista británico que ya en 2008 explicó al mundo hasta qué punto los amaños formaban parte del fútbol profesional, empezando por las ligas menores de Asía, controladas por mafias locales, y acabando en Europa o incluso en la Copa del Mundo.

Por supuesto, a estas mafias les da igual si el Osasuna baja o no. Lo que quieren es ganar dinero con las apuestas. El libro de Hill –“The fix”, traducido al castellano como “Juego sucio”- establecía determinados patrones: lo primero, el portero tenía que estar en el ajo; a ser posible, el capitán o líder del vestuario también. El entrenador… solo si había mucha confianza con él; si no, mejor dejarle aparte. Y la pieza clave era el delantero centro. El delantero podía arruinar cualquier jugada de ataque cayendo inocentemente en fuera de juego, podía marrar oportunidades por centímetros y podía dar la sensación de estar teniendo un mal día sin que sus errores fueran tan garrafales como para llamar la atención. Incluso, si todo iba bien y el partido estaba sentenciado, podía marcar un gol que impidiera cualquier sospecha.

El desarrollo del partido también era importante: si aceptas perder el partido, nada de esperar a los últimos quince minutos. Primero, puede que la pifies. Segundo, llama mucho la atención. El método más conveniente es el del Osasuna-Betis: salida en tromba, uno o dos goles rápidos, partido sentenciado, nadie sospecha nada. Hablamos de los tiempos anteriores a las casas de apuestas online, cuando el juego era algo más bien subterráneo, ilegal en la mayoría de los países y simplemente alegal en muchos otros.

El libro de Hill es de los que quitan la fe en el ser humano y en el deporte, así que no sé si muchos querrán leerlo. Como último ejemplo, uno de sus contactos invita al periodista a presenciar cómo una selección se deja ganar en el campeonato del mundo. El apostador sabe de antemano quién va a ganar y por cuánta diferencia. Nadie va a sospechar porque además el equipo comprado no va de favorito. Eso ayuda mucho. Amañar un partido comprando al favorito suele llamar la atención. Mejor jugar sobre seguro. Por supuesto, todo salió según lo previsto. Hill alertó a la FIFA pero en estos catorce años no da la sensación de que se haya avanzado mucho.

Si los amaños siguen, son indetectables. Nadie quiere mover ese avispero. ¿Cambiará esto en el futuro? No tiene ninguna pinta. Con todo, y por dolorosa que sea, la sentencia del “caso Osasuna” puede ser un pequeño paso hacia adelante en un tema que nunca ha olido demasiado bien.

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