Alzar la voz cuando discutimos no es buena idea, esto es más eficaz

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“No es más fuerte la razón porque se diga a gritos” - Alejandro Casona [Foto: Getty Images]

 

 

No es más fuerte la razón porque se diga a gritos”, dijo el dramaturgo Alejandro Casona. Y, sin embargo, lo olvidamos demasiado a menudo. Enfrascados en la discusión, cegados por nuestra opinión y dejándonos llevar por las emociones del momento, es fácil alzar la voz. Primero un poco. Luego un poco más. Hasta que la conversación se convierte en un intercambio de gritos donde ya no importa cuál es el argumento más convincente sino quién tiene la voz más fuerte.

Todos somos culpables. A todos nos ha ocurrido en alguna ocasión. Sin embargo, gritar no es la vía más eficaz para construir puentes de diálogo, acercar posturas y llegar a acuerdos que nos permitan crecer y aprender del otro.

El explosivo cóctel psicológico que explica por qué gritamos

Los gritos son el resultado de la ilusión de superioridad mezclada con la ilusión de invisibilidad. [Foto: Getty Images]
Los gritos son el resultado de la ilusión de superioridad mezclada con la ilusión de invisibilidad. [Foto: Getty Images]

Gritar durante una discusión no solo socava la eficacia de nuestro mensaje, sino que también muestra una falta de confianza en nuestra capacidad para expresar las ideas de manera tranquila y persuasiva, dejando al descubierto nuestra imperiosa - y a menudo infantil - necesidad de tener razón.

Casi todos sufrimos un sesgo denominado “superioridad ilusoria” que nos empuja a sobreestimar nuestras cualidades y habilidades, haciéndonos creer que estamos por encima de la media. Esa creencia nos ayuda a proteger nuestra autoestima manteniendo una imagen positiva de nosotros, pero puede convertirse en un arma de doble filo en las discusiones.

Si creemos que somos más listos, estamos mejor informados o tenemos razón; intentaremos que nuestro punto de vista prevalezca. De hecho, se ha constatado que las personas que piensan que sus opiniones son superiores a las de los demás son más propensas a sobreestimar su conocimiento y cerrarse a la posibilidad de aprender más.

Sin embargo, esa sensación de superioridad no se extiende a nuestro poder persuasivo. En ese caso la tendencia se invierte: subestimamos nuestra capacidad para influir sobre los demás. Psicólogas de la Universidad de Cornell y Pensilvania idearon un experimento en el que preguntaron a la gente, antes de relacionarse con otra persona, cuál esperaba que fuera su impacto. Luego preguntaron a esa otra persona qué influencia habían tenido sobre ella.

Descubrieron que la mayoría de las personas minimizaban su impacto positivo y maximizan su influencia negativa. O sea, solemos pensar que los demás nos escuchan y prestan menos atención de lo que realmente hacen.

Como resultado, somos víctimas de lo que estas psicólogas llamaron “ilusión de la capa de invisibilidad”. Vamos por el mundo pensando que pasamos desapercibidos y que nuestra influencia sobre los demás es nula, cuando en realidad no es tan así.

Los gritos son el resultado de esa ilusión de superioridad con la ilusión de invisibilidad. Creemos tener razón y estar más informados, pero al mismo tiempo pensamos que no tenemos influencia suficiente sobre los demás y no podemos convencerlos, lo cual nos genera inseguridad y frustración. Entonces gritamos.

Los gritos son un mecanismo rudimentario al que recurrimos cuando necesitamos llamar la atención, reforzar nuestros argumentos o simplemente queremos que los demás nos escuchen de otra manera. Creemos que alzar la voz nos vuelve más persuasivos, consolida nuestro poder o nos permite enseñar lo que sabemos a los demás. No es así.

Cuanto más alcemos la voz, más sordo se volverá nuestro interlocutor

“Los hombres gritan para no oírse
“Los hombres gritan para no oírse" - Miguel de Unamuno [Foto: Getty Images]

A veces, es difícil no alzar la voz. Cuando discutimos con alguien posicionado al otro lado del espectro político, un vecino tremendamente irrespetuoso o un hijo que parece no escuchar, los decibelios parecen subir automáticamente.

Sin embargo, por muy tentador que sea gritar, es una estrategia totalmente contraproducente. Los gritos son la forma menos efectiva para persuadir a los demás porque desencadenan una serie de cambios a nivel fisiológico que se convierten en una barrera prácticamente infranqueable para el diálogo.

A eso se refería Miguel de Unamuno cuando dijo que “los hombres gritan para no oírse”. Como regla general, cuanto más alcemos la voz, más sordo se volverá nuestro interlocutor y más fuerza perderán nuestros argumentos.

Nuestro cerebro percibe los gritos como un ataque. No hay medias tintas ni espacio para la interpretación. Percibimos que la persona que nos grita está enfadada o frustrada, lo cual activa nuestra amígdala, que es la zona del cerebro encargada de procesar las emociones y dar la voz de alarma cuando detecta un peligro. Entonces se liberan una serie de neurotransmisores, como el cortisol y la adrenalina, que nos ponen a la defensiva.

Sin embargo, los niveles elevados de cortisol se han vinculado a un desempeño peor en pruebas de memoria, planificación, percepción y atención. Eso significa que cuando nos gritan nuestra capacidad para razonar disminuye. Reaccionamos como si nos estuvieran atacando y es fácil que la discusión suba de tono.

Dejar de gritar y empezar a comunicar

Disentir sin gritar es una habilidad que vale la pena aprender porque la usaremos mucho en la vida. [Foto: Getty Images]
Disentir sin gritar es una habilidad que vale la pena aprender porque la usaremos mucho en la vida. [Foto: Getty Images]

1. Dejar de ver al otro como un enemigo a batir. Cuando nos involucramos en una discusión, sobre todo si versa sobre un tema delicado o importante para nosotros, es fácil ver a quien disiente como un enemigo a batir. Solo pensamos en ganar. Sin embargo, en una discusión a gritos nadie gana. Es mejor comprender que no estamos en un campo de batalla y que el entendimiento es el único camino para que todos ganemos. Mostrarnos abiertos a debatir las ideas de nuestro interlocutor contribuirá a que este baje la guardia para poder encontrar puntos comunes.

2. Dominar el arte de hacer preguntas. Cuando nos ciega el deseo de ganar una discusión nos vamos a los extremos. Nuestro discurso se polariza en un intento de resaltar nuestro punto de vista. Sin embargo, la clave para persuadir no se encuentra en nuestros argumentos sino en la capacidad para hacer reflexionar a la otra persona. Podemos lograr más con la pregunta adecuada que con afirmaciones contundentes. Podemos gritar nuestros argumentos hasta que nos quedemos sin voz, pero de poco servirá si la otra persona no nos escucha. En cambio, podemos lograr que reflexione haciéndole preguntas que le animen a analizar sus propios argumentos.

3. Parar y volver a empezar. Alzar la voz es fácil. Bajarla, no tanto. No todas las discusiones a gritos se desactivan fácilmente, pero vale la pena intentarlo. Cuando notemos que estamos gritando, debemos dar un paso atrás, apagar el megáfono y comenzar de nuevo. No importa quién alzó la voz primero, lo importante es comprender que así no llegaremos a ninguna parte. Cuando somos capaces de decir “alto”, recuperar la calma y bajar la voz, comprendemos que la verdadera fuerza o el poder no radica en los gritos sino en ser capaces de gestionar asertivamente nuestras emociones para reencauzar la conversación.

Disentir sin gritar es una habilidad que vale la pena aprender porque la usaremos muchas veces a lo largo de la vida. Alzar la voz no nos volverá más persuasivos, solo generará tensión, ira y frustración. Por tanto, si creemos que existe la posibilidad de mantener un intercambio beneficioso y maduro con la persona que tenemos delante, deberíamos asumir un enfoque más suave, comprensivo y amable. Todos saldremos ganando.

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