Alexandra Tolstoi: heroína y villana

·4 min de lectura
Photo credit: DEA / BIBLIOTECA AMBROSIANA
Photo credit: DEA / BIBLIOTECA AMBROSIANA

La situación de la familia Tolstoi durante la infancia de Alexandra, apodada Sasha, fue, por definirla de forma breve, compleja. Para 1884, cuando ella nació, Tolstoi ya había experimentado su crisis existencial e iniciado su transformación, que le llevó a replantearse toda su vida para seguir los principios morales que consideraba justos. Esto, siendo un aristócrata ruso del XIX, implicaba enormes contradicciones. Además, en su caso, se había propuesto renunciar a la escritura de novelas por considerarlas frívolas -no habría más Guerra y paz ni Anna Karenina; Resurrección sería una excepción-, y también al sexo y el matrimonio por ser distracciones burguesas alejadas de la perfección espiritual. Claro que mientras proclamaba todas estas ideas, seguía dejando embarazada a su esposa. Su deseo era acabar desprendiéndose de todas sus propiedades y derechos de autor para cederlos a los pobres o al mundo. Sofía, su esposa, se negaba considerando, con razón, que eso la dejaba a ella y a sus hijos sin sustento, aparte de que ella llevaba ya años encargándose de la administración de la finca de su marido, Yásnaia Poliana, en solitario.

Photo credit: ullstein bild Dtl.
Photo credit: ullstein bild Dtl.

Sasha fue la hija de Tolstói que de forma más decidida y enconada se puso de parte de su padre en la guerra civil que asoló a la familia. Aliada con Vladimir Chertkov, acólito de su de su padre, acabó ejerciendo de secretaria y confidente de Tolstoi. Compartía su visión humanista, el profundo deseo de cambio y regeneración social y personal, y consideraba a su madre un obstáculo en los nobles deseos paternos. La convivencia era un infierno en Yásnaia Poliana. Hubo intentos de suicidio, actos de locura, odio, intrigas y desconfianza. La reivindicación reciente de la figura de Sofía, la esposa de Tolstoi, ha mostrado en Sasha a una enemiga acérrima, intransigente y más papista que el papa, es decir, más tolstoiana que Tolstoi.

Cuando Tolstoi decidió fugarse de su casa en 1910, fueron Sasha y su médico los que le acompañaron en su huida, un periplo patético porque el escritor, de 82 años, estaba muy enfermo de neumonía. Falleció pocos días después, en la estación de Astápovo. Sasha, implacable, no permitió entrar a su madre en la habitación del jefe de estación en la que el genio agonizaba hasta que éste hubo perdido la conciencia.

Sofia sobrevivió a su esposo nueve años más, durante los cuales Sasha acabaría reconciliándose con ella. Para entonces, el huracán de la historia ya se había precipitado: con la primera guerra mundial, Sasha se implicó como enfermera y organizando hospitales para los soldados rusos heridos, llegó a sufrir los efectos de los ataques con armas químicas, por lo que fue condecorada por su valentía. Y en 1917, con la guerra aún candente, estalló la revolución y todo cambió para siempre.

Photo credit: Bettmann
Photo credit: Bettmann

Sasha fue arrestada cinco veces por permitir la reunión de rusos “blancos” en su casa, y condenada a prisión durante un año por los bolcheviques. Pese a esto, siguió ejerciendo como guardiana del archivo Tolstoi en Yásnaia Poliana y heredera de su espíritu, hasta que en 1929 dejó la Unión soviética con un permiso para estudiar en Japón durante seis meses. Ya no regresaría. Tras un año y medio en Japón, en el que sobrevivió dando clases de ruso y gracias a sus contactos con el mundo cultural, se trasladó a Estados Unidos. Allí, alzó su voz contra Stalin, las purgas, la persecución de la disidencia y la política que condenaba al hambre y a la miseria a la población de su país.

Convertida en un miembro activo de la disidencia rusa y del mundo cultural en el exilio, en 1939, junto a Tatiana Schaufuss, creó la Fundación Tolstoi, y pocos años después compró Reed Farm, al norte de Nueva York, una granja donde estableció un hogar para los refugiados que no dejaban de llegar con la Segunda Guerra Mundial. Entre las muchas personas -hasta 500.000- a las que ayudó a establecerse en el país está el escritor Vladimir Nabokov, el futuro autor de Lolita. Condesa por nacimiento, Alexandra trabajaba de forma incansable con los animales y en el huerto, en 1953 publicó una biografía de su padre y hasta el final de su vida ejerció como conferenciante y defensora de los derechos de los refugiados. Falleció en 1979, a los 96 años. Los que convivían con ella en la Reed farm la llamaban con cariño “Tía Sasha”.