Aleix Porras: "Lo más duro de la cárcel es el tiempo perdido"

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Photo credit: Getty Images & Aleix Porras
Photo credit: Getty Images & Aleix Porras

El altruismo ha trasladado a muchos lugares diferentes a Aleix Porras en sus casi 23 años cumplidos. Como deportista ha participado en competiciones internacionales y se ha coronado campeón de España al aire libre en 400 metros con vallas. En contraste, el ciudadano Aleix Porras ha acudido a Nepal o la República Dominicana como voluntario. Y entre todas sus iniciativas el atleta también ha ayudado en el centro penitenciario de su ciudad desde los 18 años.

La experiencia de Aleix Porras en el la cárcel de Lérida es una mezcla de su voluntad, constancia y deseo de conjugar su pasión por ayudar a los demás con una localización más cercana que añadir a su experiencia con la Cruz Roja de la ciudad catalana. Mientras el calendario de entrenamientos lo ha permitido, un muchacho que estudia Administración de Empresas y se cuelga medallas nacionales ha compartido por iniciativa propia su tiempo en el patio de los reclusos.

No obstante, como en una carrera con vallas, el catalán debió saltar un par de obstáculos hasta entrar en un lugar del que a la mayoría le gustaría saltar sus altos muros para no estar encerrado. Para empezar, se apoyó en el contacto de una persona que ya había trabajado en la prisión y en una organización de carácter religioso para avanzar en una burocracia. Incluso con estas palancas, no pudo traspasar la puerta hasta seis meses después de recibir el apoyo de la directiva del entro penitenciario. "Cómo estoy entrando yo es muy difícil de manera individual", avisa el voluntario Aleix Porras al empezar a relatar su experiencia.

Una vez dentro, el joven pudo aportar su granito de arena para mejorar la vida de los encerrados. Un granito de arena fue el atletismo y otro su manera de ser. "Más o menos estaba relacionado con el atletismo, pero ha ido cambiando en función del momento. Básicamente les ayudaba en el entrenamiento personal en la hora que tenían para salir a lo que es el patio a la zona deportes", explica el vallista.

"Normalmente jugaban al fútbol, hacían gimnasio o correr. Yo estaba allí esa hora dos días a la semana para que contaran para lo que hiciera falta. A algunos le hacíamos un plan personalizado y cuando no lo pedía ninguno, estaba hablando con ellos y acompañando como técnico de deportes", señala Aleix Porras.

"Atletismo en sí es muy difícil porque no es un espacio muy grande y correr en una pista de 200 metros te destroza las rodillas. Por eso la mayoría hacen fútbol o pesas", aclara el ilerdense.

La mayor parte del tiempo dentro de los muros de la prisión fue "Aleix, el voluntario", no "Aleix Porras, el campeón de España y plusmarquista de Cataluña". "(Que era campeón nacional) se lo decían los técnicos para que hubiera una forma de respeto porque soy un chavalillo. Mucha gente no lo sabía. Dependía, quien estaba interesado más me preguntaba", recuerda el veinteañero anónimo que se encontraba en el patio del centro penitenciario de Lleida.

"Pero sí que pasó que justo cuando vieron los Juegos del Mediterráneo por Teledeporte uno me dijo que había un chico de atletismo de Lleida y me pregunta: '¿Lo conoces?'. 'Sí, soy yo', le contesté", rememora sobre un divertido momento con uno de los obligados a vivir entre rejas.

Estreno de Aleix Porras en un centro penitenciario con 18 años

La primera vez que Aleix Porras entró en la cárcel tenía 18 años. No había nadie cercano a su edad. Además, se encontraba con el respeto a un lugar del que no hay descripciones cariñosas. "Al principio estaba más asustado, pero al final lo miras con naturalidad", confiesa con la tranquilidad actual de haberse habituado al cambio de ambiente.

Precisamente lo que más destaca Aleix Porras de su experiencia es su evolución y la necesidad de no usar etiquetas y desprenderse de prejuicios. "El aprendizaje más grande que he tenido es el del estigma de la población reclusa. Hay todo tipo de delitos, hay todo tipo de gente", puntualiza.

De hecho, el deportista pudo tratar de manera equitativa a cualquiera porque no conocía ni los nombres de los presos ni sus delitos. Únicamente sabía sus motes y apodos para dirigirse a ellos, salvo que se lo revelaran específicamente en alguna conversación. Esto permitió a Aleix Porras mirar una manera más limpia y desarrollar empatía para entender a quien se encontraba.

"Muchas veces el tipo de persona que eres no tiene que ver con el tipo de delito que has cometido. Allí hay gente buena que tiene una escala de moral diferente pero es gente honrada. No digo que todos, pero hay gente con bondad que se preocupaba por su gente y simplemente han nacido en un círculo en que han entendido, por ejemplo, que robar bancos está bien. Pero en lo personal se preocupan por ti, son honrados, son buenos", aclara el deportista voluntario.

Después de muchas horas entre la población reclusa, también ha entendido un parte de cómo es la situación en las cárceles. De hecho, apunta que en las conversaciones ha descubierto un castigo colateral con el encierro. "Lo que yo he entendido que es lo más duro de estar en la cárcel no es tanto la libertad o no poder estar fuera sino lo que se pierde el tiempo", resume Aleix Porras.

"Porque es un tiempo que vas a perder de tu vida. Por mucho que te quieran vender que se puede estudiar, aprender idiomas, se pierde el tiempo y no hay desarrollo de persona de ningún tipo. El que entra con 22 y sale con 27 sale igual; ha perdido el tiempo durante cinco años, no ha aprendido nada", expone basado en su experiencia.

Desgraciadamente para Aleix Porras, sus incursiones en el centro penitenciario de Lleida van a vivir un paréntesis. No porque el joven no tenga voluntad de mantener su compromiso, sino que por su evolución como deportista le ha llevado a cambiar su residencia al Centro de Alto Rendimiento de San Cugat en la provincia de Barcelona. Allí tendrá que concentrarse más en su faceta como vallista y con un calendario y una distancia que le impedirán desplazarse a la cárcel como antes.

No obstante, el deportista no piensa renunciar a volver ni olvidar a quienes siguen en prisión. "Me gustaría mucho volver porque me lo he pasado muy bien. No sé si la palabra amigos sea correcta porque no les conozco más que allí, pero hay gente con la que he conectado, con la que he aprendido cosas y me voy a preocupar de saber cómo están y cuándo van estar fuera. Saber que están en libertad me daría más libertad", afirma con empatía.

El difícil equilibrio entre pose e inspiración

Otra faceta del voluntariado es el encaje a veces difícil entre lo que se puede mostrar y no. Porque su ejemplo puede animar a otros a ayudar de manera desinteresada al prójimo pero también sabe del poder de las redes sociales. "Cuando la gente hace cosas de ayudar se les critica por si lo hacen para quedar bien o postureo. Pero dentro de unos límites está bien porque me ha pasado que venga un chico y me diga que se ha apuntado porque me ha visto a mí", defiende Aleix Porras. En su caso, escasean sus imágenes en las redes sociales sobre sus labores de voluntariado aunque no las oculta.

En cualquier caso, el vallista se congratula porque de su estela ha visto despertar más vocaciones. "Hay gente que me ha preguntado, algún amigo o alguien por Instagram, especialmente en pandemia, que se apuntaban a algún voluntariado y me mandaban alguna foto. Me gusta pensar que si alguien se va a animar es un éxito del voluntariado", defiende Aleix Porras.

Por último, Aleix Porras aprovecha su experiencia para dar un consejo a quienes quieren seguir su ejemplo. En primer lugar, la ayuda dentro de prisión es de las más complicadas de manera individual porque se necesitan varios permisos, tiempo y contactos. Pero hay otras opciones y lo principal es saber escoger la adecuada.

"Hay muchos internos que les gusta explicar historias y batallitas y a mí eso me gusta. Es algo importante de los voluntariados porque hay que hacer cosas que te gusten, porque si no te gustan no vas a seguir haciendo voluntariados. A mí, un voluntariado en un supermercado recogiendo comida, estar cuatro horas cargando no me gusta. Lo he hecho y lo volveré a hacer, pero no me gusta. Me gusta estar con los internos y aprender de ellos", avisa al mismo tiempo que recuerda sus particulares cinco años acudiendo a la cárcel de Lérida.