Distancias que duelen: separarse de quienes quieres para protegerlos

Los abrazos que siempre han sanado heridas se han convertido en potenciales focos de transmisión del virus. [Foto: Getty Creative]

Todo ha sucedido tan rápido que nos cuesta asimilarlo. Parece un sueño. Un mal sueño. Las calles se fueron vaciando mientras la vida se replegaba en los hogares. Y a medida que nuestras puertas se cerraban, fuera quedaban otros. 

Así nos hemos visto envueltos en una situación paradójica en la que para proteger a quienes más amamos, hemos tenido que separarnos. Una situación en la que los abrazos que siempre han sanado heridas, se han convertido en potenciales focos de transmisión del virus.

Una situación en la que la cercanía emocional es más necesaria que nunca, pero la distancia física se impone por ley. En esa situación debemos reinventar la cercanía. Necesitamos buscar otros métodos para demostrar que, aunque no estemos físicamente, jamás habíamos estado tan cerca.

Y de repente dijeron: ¡Hágase la distancia!

Hay diferentes realidades unidas por un mismo hilo: la angustia por la distancia. [Foto: Getty Creative]

4,7 millones. Es el número de personas que pasarán la cuarentena solas en España. Aunque tengamos a nuestro lado a alguien, es probable que otras personas que amamos estén lejos.

Hay parejas que, por diferentes razones, están pasando este periodo de aislamiento separadas. Hay hijos lejos de sus padres ancianos, separados apenas por un puñado de kilómetros que ahora, más que nunca, parecen multiplicarse como si de repente el planeta se hubiera expandido. Abuelos que no pueden ver a sus nietos, privados de esa energía que les alegraba la vida.

También hay padres divorciados que no pueden llevarse a sus hijos pequeños a casa para disfrutar de esas horas que normalmente eran un bálsamo para el alma. Y hay personas que están pasando el covid-19 recluidas en su propia casa, en una especie de cuarentena dentro de la cuarentena. Aisladas en una habitación del resto de la familia, tan cerca y tan lejos.

Son muchas historias, diferentes realidades, pero todas tienen un hilo común: la angustia por la distancia.

Abstinencia de abrazos

“Necesitamos 4 abrazos al día para sobrevivir, 8 abrazos para mantenernos y 12 abrazos para crecer” - Virginia Satir [Foto: Getty Creative]

La vida en los tiempos de pandemia es difícil. Nos ha impuesto un reto complicado porque no solo ha cambiado completamente nuestras rutinas, sino que también nos ha separado de las personas que queremos. Nos ha arrebatado los besos y los abrazos - al menos momentáneamente - que siempre han tenido un poder curativo y tranquilizador.

La psicoterapeuta familiar Virginia Satir solía decir que “necesitamos 4 abrazos al día para sobrevivir, 8 abrazos para mantenernos y 12 abrazos para crecer”. Los abrazos son una de las formas más íntimas e intensas de expresar nuestras emociones. Son nuestra manera de hablar cuando las palabras no bastan para expresar lo que sentimos.

Los abrazos contribuyen a reducir los niveles de cortisol en sangre, la hormona del estrés, y aumentan la oxitocina, el neurotransmisor que estimula la empatía, la compasión y la confianza, como comprobó un estudio publicado en la revista Nature.

Por supuesto, no echamos de menos únicamente los abrazos, sino la cercanía física. Esa presencia reconfortante a nuestro lado que nos dice que, pase lo que pase, estará ahí para apoyarnos, ayudarnos y, si es necesario, curarnos. El contacto físico con una persona querida incluso nos ayuda a aliviar el dolor físico, como demostraron investigadores de la Universidad de Haifa.

Sin esa cercanía podemos llegar a sentirnos perdidos y mucho más vulnerables. Nuestra fuerza no es solo nuestra, a veces está apuntalada por la fuerza de quienes queremos. No recibir esas píldoras de apoyo - y no poder darlas – nos priva de una de las herramientas más potentes para luchar contra la ansiedad, el miedo y la angustia.

La impotencia de no poder ayudar como desearíamos

No estamos encerrados en casa por miedo, sino por respeto y amor hacia quienes queremos. [Foto: Getty Creative]

Acabo de hablar con tu tío Cencio y me ha dicho que todavía tienes fiebre bastante alta, pero menos que ayer por la noche. Querido Giulio, me siento intranquila y nerviosa por no poder hacer todo lo que me dicta mi corazón […] Es doloroso saber que la persona amada está enferma y no poder verla […] No me permiten estar a tu lado en persona, pero estoy junto a ti con el pensamiento, que nunca te abandona”.

Estas palabras podrían ser perfectamente un mensaje enviado por Whatsapp ayer mismo, pero provienen del 31 de octubre de 1918. Narran la historia de Peppina De Simoni y Giulio Compagnoni, una pareja a la que primero separó la guerra y luego la terrible gripe española que azotó a Italia.

Más de un siglo ha pasado desde entonces, pero nuestras necesidades emocionales y angustias básicas siguen siendo las mismas. No poder cuidar a quienes queremos, no estar a su lado, no asistirles como desearíamos, sigue generando una enorme sensación de impotencia que muchas veces incluso se adereza con la culpa.

Nos sentimos impotentes porque a la imposibilidad de cargar con su sufrimiento físico se le suma la imposibilidad de aliviar el dolor emocional con nuestra presencia consoladora. Porque todos sabemos, en lo más profundo, que las sopas de nuestras madres curan más que una sopa de hospital. Que tener a alguien que nos prepare una infusión para la tos es reconfortante. Y que las preocupaciones, temores y dolores compartidos se sobrellevan mejor.

Sin embargo, también debemos evitar caer en las garras de las auto recriminaciones que más temprano que tarde terminarán rondándonos. Estamos viviendo momentos excepcionales que han demandado medidas excepcionales. Limitar los contactos es la mejor manera para evitar que el virus se propague.

Debemos recordar que no estamos encerrados en casa por miedo, sino por respeto y amor hacia quienes queremos. A menos que sea estrictamente necesario, para acudir a quienes no pueden valerse por sí mismos, el confinamiento es la mejor manera para proteger a quienes queremos. Nos separamos hoy, para mañana poder salir todos juntos.

La tecnología, un paliativo para acortar distancias

La tecnología - aunque insuficiente - es una manera para paliar los efectos de la distancia. [Foto: Getty Creative]

Las distancias siempre son difíciles, pero en tiempos de incertidumbre y peligro, son aún más complicadas. Somos hijos de una cultura bulliciosa y cercana, hecha de besos y abrazos, por lo que la separación se hace aún más complicada.

La tecnología - aunque insuficiente - es una manera para paliar los efectos de la distancia. Las videollamadas son providenciales en estos tiempos. Nos permiten hablar mirándonos a los ojos. Captar todas esas pequeñas señales que se nos escapan por el teléfono. Compartir, casi, el mismo espacio. Sentarnos, casi, a la mesa donde hemos comido tantos domingos. Estar, casi, en el salón donde tantas horas hemos pasado juntos. Tener la sensación de que, al menos, durante un pequeño lapso de tiempo, hemos estado juntos.

Con los niños incluso podemos jugar, cantar o dibujar en la distancia para intentar reproducir esos momentos de cotidianidad que tanto necesitamos. Las videollamadas son perfectas para arrancarle a este estado de excepción una ración de normalidad, la justa para no sentir que todo se ha venido abajo.

La clave, sin embargo, consiste en no convertir esos encuentros virtuales en un escenario para comentar las malas noticias del día. Es inevitable hablar del coronavirus. Recomendar a quienes queremos que no salgan. Que se cuiden. Que extremen las precauciones. Pero también tenemos que infundir tranquilidad, serenidad y normalidad desde la distancia.

Son tiempos complicados. Y las distancias emocionales no los facilitan. Pero de esto saldremos. Mientras tanto, nos quedan las redes sociales, las llamadas por teléfono e incluso esos aplausos desde los balcones en los que nos convertimos en uno solo, conscientes de que estamos lejos, pero nunca habíamos estado tan cerca.

 

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