'Todo agua': la columna de María Dueñas

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Photo credit: borchee - Getty Images
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Escribo esta página frente al Mediterráneo, con el agua del mar al fondo mientras tecleo. A mi lado tengo un vaso de agua con gas, ya a medias. Hace unos días he visto 'Aguas profundas', la última película de Ana de Armas y Ben Affleck (que, por cierto, no me ha terminado de gustar). La semana pasada, un chaparrón imprevisto volcó tal cantidad de agua que casi me destroza los mocasines de ante que acababa de estrenar. Mañana cojo un avión otra vez a Tánger y, como me pasa siempre, un hormigueo me recorrerá el estómago cuando volemos sobre el agua del Estrecho. Esta noche, antes de acostarme, abriré el grifo para lavarme los dientes y me limpiaré la cara con agua micelar.

Desde la ducha que nos damos por la mañana, al chorro que sale de la manguera del jardinero al que vemos regar las plantas de un parque. Desde la que se utiliza cuando ponemos la lavadora o el lavavajillas, a la que se añade a la cazuela para hacer una pasta, un guiso o un arroz. En todas las esquinas de nuestra vida está presente el agua. A todas horas. Todos los días.

Cubre tres cuartas partes del planeta y compone dos tercios de nuestro organismo. Puede ser fuente de vida y también puede arrastrarnos a las desgracias más atroces. Las mujeres traemos hijos al mundo rompiendo aguas, y entre aguas acaban ahogados montones de migrantes que sueñan con un futuro en otra orilla. Nos reconforta cuando apaga nuestra sed, reverdece los campos o nos recibe para refrescarnos en una playa o una piscina. Nos machaca cuando arrasa campos de cultivos, rompe cañerías o, a modo de tormenta inclemente, nos fastidia un viaje o incluso una fiesta.

No sólo es necesaria; también inspiradora. En la literatura ha estado siempre, dejando títulos inolvidables como 'Moby Dick', de Herman Melville; 'El viejo y el mar', de Ernest Hemingway, o 'Como agua para chocolate', de Laura Esquivel. En la música, muchas crecimos cantando "Que llueva, que llueva, la Virgen de la Cueva..." y de ahí pasamos casi sin enterarnos a Simon & Garfunkel con su 'Puente sobre aguas turbulentas'. Reconozco que se me van las palmas cada vez que escucho a Camarón cantando 'Como el agua'. Y sólo en YouTube, el vídeo 'Agua' de Jarabe de Palo nos devuelve por un instante al añorado Pau Donés con millones de visualizaciones. El cine igualmente nos ha llenado las pantallas de agua. Desde la clásica 'Cantando bajo la lluvia', al tsunami aterrador de 'Lo imposible', de Juan Antonio Bayona. De 'Erin Brockovich' y su heroica campaña por compensar a los damnificados por aguas contaminadas, a Icíar Bollaín y su 'También la lluvia'.

Photo credit: Moyo Studio - Getty Images
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Los dichos populares referidos al agua borbotean asimismo en nuestra lengua. "Agua pasada no mueve molino". "Nunca digas de este agua no beberé". "Agua que no has de beber, déjala correr". "Algo tendrá el agua cuando la bendicen". "Cuando el río suena, agua lleva". "Como agua de mayo". "Volver las aguas a su cauce". "Parecerse como dos gotas de agua". Y así, hasta varios centenares de refranes y expresiones.

Hay algo, sin embargo, que no deberíamos olvidar en nuestro mundo privilegiado, repleto de agua en todos sus formatos y manifestaciones. Según datos de OXFAM Intermón, 844 millones de personas carecen en el planeta de agua potable. A causa de consumirla contaminada, millones sufren enfermedades, llegando a producirse más de 500.000 muertes al año sólo por diarrea. Y para el cercano 2025, se calcula que más de la mitad de la población vivirá en zonas con escasez.

Quizá convendría que cada uno de nosotros tuviésemos todo esto en cuenta cada vez que nos pongamos un 'trench' ideal porque el día apunta a nublado.

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