El Reino Unido se embarcará en una revolución agrícola tras el Brexit

Típico paisaje rural británico. (Imagen creative commons vista en pexels.com).

Ahora que por fin se acerca la fecha de salida de la UE para el Reino Unido, uno encuentra por doquier abundancia de artículos que anuncian la catástrofe económica que se avecina. El Brexit no sera solo una hecatombe para el Reino Unido (es innegable que el resto de la Unión Europea también acusará el golpe) pero sí, hay bastante consenso en que la peor parte se la llevarán los súbditos de su majestad la reina Isabel II.

Bien, pues yo os digo que nunca se debe subestimar a los británicos, un pueblo con gran tradición en eso de ganar incluso en las derrotas, como sucedió en la famosa evacuación de Dunkerke en 1940.

Es verdad, las mentiras del populismo y cierto sentido de superioridad moral (cuando no supremacismo) ha llevado al norte de Inglaterra, pobre y menos industrializado, a votar en masa contra las ideas aperturistas de la economía global, personificadas en el fontanero polaco y la enfermera española, pero en cierto modo el Reino Unido tendrá ahora libertad para intentar ideas imaginativas, ambiciosas y audaces sin la pesada losa de la burocracia de Bruselas. ¿De qué estoy hablando? Pues de agricultura y de calentamiento global, que aunque pueden parecer conceptos diferentes son dos caras de la misma moneda.

La semana pasada la revista Science publicó un artículo impactante en el que se anuncia una revolución agrícola inminente en el Reino Unido. En efecto, ahora que se acabará la marea de fondos de la unión europea que tradicionalmente han venido convirtiéndose en subsidios agrícolas, los británicos tendrán que repensar cómo invertir en su campo. Este ha sido un sector tradicionalmente “pequeño” porcentualmente respecto el PIB nacional, razón que por cierto llevó en los 80 a Thatcher a pedir el famoso “cheque británico”, que compensaba el desajuste entre el dineral que pagaban en concepto de PAC (política agraria común) y lo poco que recibían a cambio.

Para poner en marcha este giro radical en política agraria post-Brexitt, el gobierno de Johnson anunció la semana pasada una inversión de tres mil millones de libras al año, los cuales se invertirán conforme a un nuevo enfoque: deben redundar en beneficios para el clima, para los ecosistemas y para el público en general. No es de extrañar que el economista Dieter Helm de la Universidad de Oxford lo califique de “revolución agrícola”.

Si el proyecto gubernamental se acaba por convertir en ley dentro de unos meses, los agricultores no solo recibirán subsidios para cultivar las tierras (como hace actualmente la U.E.) sino para entregar bienes públicos, entre los que se incluyen el secuestro de carbono en forma de árboles, o bien enterrado en el suelo. Además, se les pagará por mejorar su hábitat cultivando especies amigables con los polinizadores y en general por mejorar el acceso al campo del público.

Obviamente un cambio así no puede llevarse a cabo de la noche a la mañana. Los agricultores están acostumbrados a hacer sus cuentas en base a los subsidios directos, y por ello se les dará un plazo de 7 años a partir de 2021 para que realicen una transición gradual hacia el sistema basado en pagos por servicios ambientales, que comenzarán a probarse en proyectos piloto.

Tras la Segunda Guerra Mundial, en toda Europa se establecieron aranceles destinados a la protección de los agricultores del continente contra la competencia extranjera. Los subsidios ayudaron a aumentar los rendimientos de producción, pero este era el único objetivo y no importaba lo que se le hiciera al medio ambiente para ello. Se destinaron nuevos terrenos para la siembra, aunque para ello hubiera que deforestar, o arrancar los setos que limitaban las parcelas de forma tradicional, lo cual aumentó la erosión. Además se emplearon fertilizantes industriales y pesticidas en exceso, lo cual contaminó el aire y el agua. Todo ello llevó a una pérdida de hábitat, y perjudicó a los polinizadores y otros animales salvajes.

Por si no fuera bastante peligroso perpetuar toda esta cadena de malas decisiones, que seguimos aplicando en nuestros campos, hay que añadir que su costo no es lo que se dice barato precisamente. A día de hoy la PAC maneja 59.000 millones de euros anuales, lo cual representa el 40% del gasto público en la Unión Europea.

¿Conseguirán los británicos rentabilizar su nuevo modelo agrario? Ciertamente algunos granjeros tendrán que hacer más ajustes que otros para obtener beneficios. Los productores escoceses de carne de vacuno y ovino por ejemplo, que dependen más de los subsidios que las granjas de productos lácteos y trigo, lo tendrán más complicado para sobrevivir. (¿Un nuevo acicate para la independencia de Escocia?)

La idea del nuevo proyecto es que puedan encontrar un salvavidas en el sistema de pagos por secuestro de carbono, destinando sus pastos poco accesibles a la plantación de árboles o recuperando las toberas. Por otro lado, las subvenciones para restaurar edificios pertenecientes al patrimonio, o mejorar la belleza del paisaje podrían impulsar el turismo rural.

Existen varias ideas posibles para adaptarse al cambio climático y reducir el impacto ambiental. Por ejemplo, se podrían destinar subsidios a equipos que inyecten estiércol en el suelo, lo cual reduciría tanto la contaminación del aire como la necesidad de usar fertilizantes industriales.

Sea como sea, en la Unión Europea, ya sin el socio británico (el segundo mayor contribuyente tras Alemania) los agricultores estarán muy atentos a lo que sucede en el Reino Unido. Apuesto a que si tienen éxito, los nuevos enfoques encontrarán un gran apoyo a este lado del canal de la Mancha, lo cual podría llevar a la anquilosada maquinaria comunitaria a actuar con más agilidad y diligencia. Después de todo, históricamente los británicos han demostrado ser muy eficientes en eso de vivir navegando a contra corriente.

Me enteré leyendo Science.

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