30 Avenue Montaigne, la boutique de Dior por donde pasaron la princesa Margarita o Marlene Dietrich

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Photo credit: Fotos, cortesía de Dior
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En muchas ocasiones, el dónde es la clave del qué, o por lo menos una de ellas. A lo largo de la historia hemos visto cómo el espacio elegido para el nacimiento de un proyecto se convierte en una pieza fundamental del mismo. Lo fue, por ejemplo, el garaje en el que Apple cobro vida y, en el mundo de la moda, lo fue un número: el 30 de la Avenue Montaigne. Podía haber sido cualquier otro, pero ese fue el lugar justo del plano de París en el que monsieur Dior decidió, en 1946, establecer su centro de operaciones: el corazón de la maison Dior.

Photo credit: Eugene KAMMERMAN - Getty Images
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Photo credit: Cortesía de Dior
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Cuenta la historia que la decisión no fue tarea sencilla y que fue con la ayuda de su amiga Suzanne Luling como encontró el espacio perfecto para albergar su gran proyecto, una casa de modas que, en tiempo récord, se convirtió en el lugar más venerado de París entre las amantes de la moda. El flechazo fue casi instantáneo tras verlo y, en diciembre de 1946, abrió las puertas de su palacete. Sin embargo, aquel espacio era pequeño y cerrado por lo que en ese mismo momento, comenzaron unas obras de remodelación que se realizarían en paralelo a la colección que Dior presentaría en la gran puesta de largo de su atelier. Y claro, tratándose de Christian Dior, todo en el interior de aquel palacete debía estar a la altura. Grandes artistas de la época formaron parte de aquella intervención, como Christian Bérar, hijo del que fuera conocido como “el arquitecto de París” y que, pese a morir con tan solo 45 víctima de un derrame cerebral, en los años 40 vivía el punto álgido de su carrera artística.

Photo credit: Cortesía de Dior.
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Pero dos fueron los nombres que realmente marcaron aquel espacio único en el mundo: Victor Grandpierre y Georges Geffroy. Amigos de Christian Dior, en gran medida el nacimiento del New Look fue la conjunción de sus talentos artísticos. Y es que si Dior lo llevo a las prendas, a una nueva forma de entender la moda, los otros dos lo trasladaron al espacio en el que se exponían esas prendas. Contenedor y continente en perfecta sintonía. El interior del palacete irradiaba luz con sus paredes en gris y blanco perla, o con su impresionante escalinata con la barandilla negra de hierro forjado. Aquel espacio dejaba atrás la dureza de la guerra y la Gran Depresión para dar cabida al renacer del diseño en todas sus manifestaciones. La decoración fue, precisamente, un claro ejemplo de este aire de cambio que recorría el palacete. En sus salas convivían en perfecta armonía muebles lacados en blanco con sillas de Luis XVI, lámparas de araña, columnas enteladas, apliques de bronce o cortinas drapeadas austriacas, tal como detalla Maureen Footer en su libro Dior and His Decorators: Victor Grandpierre, Georges Geffroy and The New Look. Una decoración sublime y adelantada a la época pensada, sin embargo, para no “desviar la mirada de la colección”, tal como expresó el propio Dior.

Photo credit: Bettmann - Getty Images
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Photo credit: Cortesía de Dior
Photo credit: Cortesía de Dior
Photo credit: Cortesía de Dior
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Si este espacio disponía de una columna vertebral, esa fue su gran escalinata. Sentados en ella se inmortalizó a Jean Cocteau, en 1950, o a una Marlène Dietrich, cigarro en mano, en un desfile de Alta Costura en 1955. Porque estas escalinatas se convertían en la más elegante de las gradas del mundo y en ella se encajaban como podían las invitadas más sofisticadas de París. Literalmente, no cabía ni un alfiler en ellas en los días de desfile. También por allí pasaron en aquellos años la princesa Margarita, siempre interesada en los asuntos de la moda, Lauren Bacall y Humphrey Bogart o Carmel Snow, redactora Jefe de Harper's Bazaar de 1934 a 1958, y la fotógrafa de moda Louise Dahl Wolf. Un front row, que diríamos hoy, exquisito.

Photo credit: Reg Lancaster - Getty Images
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Photo credit: Eugene KAMMERMAN - Getty Images
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Aquella obra, sin embargo, no terminaría con la restauración del palacete ya que en solo siete años desde su apertura, la maison Dior ya ocupa 5 edificios entre oficinas, talleres y boutiques. Dato curioso y llamativo es que en 1948, 25.000 personas se desplazaban a París cada temporada para ver sus colecciones. De ahí que la expansión por los edificios colindantes fuera imprescindible.

El número 30 de la Avenue Montaigne, hoy

Hace solo un par de meses, aquel maravilloso espacio, testigo de los más singulares encuentros y guardián de los secretos de estilo de las grandes divas, volvió a abrir las puertas al público tras meses de reformas y obras. El diseñador Peter Marino ha sido el encargado esta vez de reconvertir el corazón de Dior en un espacio de ensueño, con tres plantas, en el que además de piezas icónicas del fundador, documentos inéditos, como los carteles publicitarios de la fábrica Dior, nos encontramos con obras de arte originales y espacios ajardinados a su alrededor, obra del paisajista Peter Wirtz. Eso sin olvidar la apertura del Dior Café and Restaurant del chef Jean Imbert.

Photo credit: Harper's Bazaar
Photo credit: Harper's Bazaar
Photo credit: Harper's Bazaar
Photo credit: Harper's Bazaar

Este espacio de 2.000 metros cuadrados ha sido concebido como un sofisticado museo en el que el visitante se sumerge en el universo creativo de Dior, desde las obras de su fundador a las colecciones de Maria Grazia Chiuri. Como antaño, la escalera sigue siendo la columna vertebral de este emblemático edificio y a su alrededor se pueden contemplar las prendas y accesorios más icónicos de maison. En total, más de 1.000 piezas de todas las épocas que convierten de nuevo a este palacete parisino en visita obligada.

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