1999 está considerado el mejor año del cine… pero hemos infravalorado el 2001

Pedro J. García
·8 min de lectura

No sé si lo habrás notado, pero el tiempo pasa cada vez más rápido. Desde antes, pero sobre todo desde que empezó la pandemia, los días de la semana se juntan y los meses vuelan. Las redes sociales se encargan de recordarnos a diario que vivimos a contrarreloj y que el pasado que creíamos más cercano ya está muy atrás. Todos los días algún aniversario nos hace ser conscientes de que algunas de nuestras películas favoritas tienen ya 20 o 30 años, a pesar de que parece que fue ayer cuando las vimos.

Este año se cumplen dos décadas de uno de los mejores años que vivimos en el cine moderno, 2001. Si bien es cierto que 1999 está considerado por muchos como el mejor año histórico del Séptimo Arte, y con razón, hoy me he propuesto reivindicar 2001 como serio competidor para el puesto, celebrando 12 meses de cine que me marcaron a mí y a toda una generación. Un años que sigue grabado en nuestra retina después de tanto tiempo.

Póster promocional de Mulholland Drive, El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo y Los otros (Vértigo, New Line Cinema, Warner Bros.)
Póster promocional de Mulholland Drive, El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo y Los otros (Vértigo, New Line Cinema, Warner Bros.)

¿Cuál es el mejor año del cine? Historiadores y cinéfilos no se ponen del todo de acuerdo, pero el año 1999 es un punto de encuentro entre ellos: todos coincidimos en que fue un año increíble para el celuloide, con películas inolvidables que marcaron un antes y un después en la industria, títulos revolucionarios que a día de hoy siguen ejerciendo una enorme influencia en los cineastas y a los que los amantes del cine, especialmente los millennial, regresan una y otra vez.

1999 fue el año del triunfo en los Óscar de American Beauty, una película que derribaba la fachada de la sociedad norteamericana y causaba sensación y controversia en todo el mundo con su provocador argumento y su estética emblema de finales de los 90. También fue el año en el que Paul Thomas Anderson se ganó para siempre a su público con la monumental obra maestra Magnolia y películas como Cómo ser John Malkovich, Las vírgenes suicidas o Election redefinieron el cine indie. Por no hablar de Almodóvar y su oscarizada Todo sobre mi madre, que avivó el interés por el cine español en todo el mundo y reafirmó el amor internacional por el realizador manchego.

En 1999 también pudimos ver la última película del maestro Stanley Kubrick, Eyes Wide Shut, asistimos al histórico regreso de Star Wars con el inicio de la trilogía de precuelas de George Lucas, pasamos miedo con El sexto sentido, de cuyo final seguimos hablando veinte años después, fuimos seducidos por la sensual El talento de Mr. Ripley, nos reímos con American Pie y nos reenamoramos de la comedia romántica con Notting Hill. Pero sobre todo, asistimos a la creación de fenómenos que reinventaron géneros como El club de la lucha, El proyecto de la bruja de Blair y Matrix, cintas que, cada una en su terreno, influenciaron profundamente al cine posterior.

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Después de este resumen, tenemos razones de peso para proclamar 1999 como el mejor año del cine moderno, de acuerdo. Pero ahora le toca el turno a 2001, y no me faltan precisamente los argumentos para presentarlo como candidato al mismo título. Empecemos.

Cuando Kubrick predijo el año 2001 en 1968 con su obra maestra 2001: Una odisea del espacio, imaginó viajes espaciales a Júpiter, civilizaciones extraterrestres y supercomputadoras con consciencia propia, pero no vaticinó que también sería un año decisivo para el cine. Ahora, el año 2001 representa el futuro imaginado por Kubrick y el pasado que vivimos los que aun seguimos en la Tierra recordando el ayer con nostalgia y viendo cómo el tiempo se nos escapa de las manos.

Este año, aquellas películas estrenadas en 2001 cumplen dos décadas y podría dedicarles un artículo a cada una de ellas, pero un resumen de las mejores y más influyentes servirá para subrayar su importancia y su legado en nuestros corazones cinéfilos.

En 2001 dieron comienzo dos de las sagas que delimitaron los parámetros del cine fantástico y épico, creando verdadera obsesión entre sus fans para convertirse en símbolos generacionales de los que actualmente se sigue hablando a diario en redes sociales. Estoy hablando por supuesto de El Señor de los Anillos y Harry Potter, que iniciaron sus universos en pantalla con sendas primeras películas que arrasaron en taquilla y pusieron en marcha dos de las franquicias más poderosas del cine moderno, caracterizado por las sagas, secuelas, spin-offs y universos compartidos.

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Con esas dos películas (o más que películas, estilos de vida), una generación entera ya tendría argumentos suficientes para proclamar vencedor a 2001. Pero hay más. Baz Luhrmann deslumbró al mundo entero y Nicole Kidman y Ewan McGregor levantaron suspiros con uno de los musicales más excéntricos, energéticos y originales de la historia, Moulin Rouge! Alejandro Amenábar seguía los pasos de Almodóvar triunfando en el terror con la gótica Los otros (también con Kidman, que vivió un gran año). Ocean’s Eleven hacía entrar al cine de atracos en una nueva era de esplendor y nos entregábamos al cine de tacitas con Gosford Park. La atrevida y sexual Y tu mamá también daba muchísimo que hablar y se colaba en la carrera de premios. La pianista provocaba desmayos en los cines. Y Steven Spielberg retomaba un proyecto de Kubrick para realizar una de sus obras de ciencia ficción más arrebatadoras, pero también divisivas e infravaloradas, A.I. Inteligencia Artificial.

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El cine de animación también merece mención especial. Aquel fue el primer año en el que la Academia de Hollywood introdujo la categoría de mejor película de animación, premio que fue a parar a la fundacional y revolucionaria (sí, en serio) Shrek, parodia de los cuentos de hadas que plantó cara a Disney y Pixar representando un incontestable punto de inflexión en la animación, hasta ese momento dominada por Disney. El tiempo no ha hecho más que reafirmarla como una de las cintas animadas favoritas de todo el mundo y cada día en redes sociales se deja constancia del amor que los fans sienten por ella.

Por otro lado, Disney estrenó uno de los últimos vestigios de su cine de animación tradicional, Atlantis: El imperio perdido, una película que no causó mucho impacto en su estreno, pero que el tiempo ha convertido en un clásico de culto. Mientras, Pixar triunfaba y enamoraba al mundo entero con su cuarta película, Monstruos S.A., y aunque la animación por ordenador se imponía al 2D, el cine dibujado a mano seguía resistiendo desde Japón con Millennium Actress, Metrópolis y sobre todo el fenómeno El viaje de Chihiro, una de las grandes joyas de Hayao Miyazaki, que convertía a Ghibli en uno de los estudios de cine más queridos en todo el mundo.

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En 2001 también se estrenaron varias comedias que pasaron a la historia, como Princesa por sorpresa, con Anne Hathaway, Una rubia muy legal, con Reese Witherspoon o Zoolander con Ben Stiller, films que muchos no tomaron en serio en su día y veinte años después son venerados por miles de fans de sus propuestas ligeras y divertidas. Sin olvidar la nueva ola de cine paródico que continuaba la tronchante y absurda secuela de Scary Movie, aunque suene a broma, una de las películas más influyentes del cambio de milenio.

El cine indie o de autor también nos dio muchas alegrías hace veinte años. La francesa Amélie se convertía en un fenómeno mundial y creaba tendencia en el cine, la cultura y la estética en general. Curiosamente, el tiempo hizo que le salieran muchos detractores, pero no se puede negar el enorme impacto que tuvo en su día. Desde el Reino Unido llegaba la entrañable y conmovedora Billy Elliot, un soplo de aire fresco que conquistó la taquilla -derivando más adelante en musical de éxito- y cuyo inspirador mensaje sigue muy vigente dos décadas más tarde. Y en Estados Unidos surgía una remesa de títulos independientes a cada cual más icónico: Los Tenenbaums, Hedwig and the Angry Inch, Ghost World o Donnie Darko. Si viviste tu adolescencia en aquella época, es muy probable que en algún momento te refirieras a alguna de ellas como tu película favorita.

Para el final me he dejado intencionadamente la que muchos consideran la mejor película del cine moderno, Mulholland Drive. La obra maestra del genio del misterio surrealista David Lynch causó conmoción cinéfila, recibió una nominación al Óscar a mejor director (premio que se llevó en Cannes) y fue nombrada en 2016 como la mejor película del siglo XXI en una encuesta realizada por BBC. La impresión que generó en el cine es innegable. Para muchos supuso el punto de entrada al idiosincrásico e inclasificable universo de Lynch, convirtiendo a miles y miles de espectadores en nuevos devotos del creador de Terciopelo azul, Twin Peaks o Carretera perdida.

Con su enmarañado misterio onírico, su viaje inmersivo y sus inolvidables imágenes, Mulholland Drive sigue merodeando en el subconsciente de los que la vimos y revisitamos una y otra vez para asumir el reto imposible de intentar entenderla en su totalidad. Para celebrar su vigésimo aniversario, el film vuelve a los cines españoles de la mano de Avalon en junio, una oportunidad perfecta para revivir aquella experiencia transformadora en la oscuridad de una sala de cine.

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Y hasta aquí mi presentación. No cabe duda de que 1999 es uno de los mejores años del cine, y de hecho hay bastante unanimidad a la hora de colocarlo en el primer puesto, pero ahora que se cumplen 20 años de 2001, deberíamos hablar más de la increíble cosecha cinematográfica de ese año y lo mucho que nos definió a los millennials como espectadores y amantes del cine. Doce meses en los que muchos sentimos que habíamos encontrado nuestra nueva película favorita… en más de una ocasión. Y que no se han vuelto a repetir desde entonces. En este debate, yo rompo una lanza a favor de 2001. ¿Quién se une?

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